El verano y el invierno

El fin de semana pasado estaba manejando por el centro de la ciudad a las horas del anochecer, cuando esta gran ciudad toma una gran transformación, convirtiéndose en un lugar completamente distinto del que es cuando el sol brilla y baña las avenidas, edificios y calles sin discriminación.

Al caer la noche, la Ciudad de México muestra todo aquello que esconde durante el día, como lo es su gran concierto de luces de todos tamaños y colores, que le hacen parecer el universo con sus miles de constelaciones, luciéndolas como cinturones labrados por el autor del cielo.

Durante el horario de verano, la noche en la Ciudad de México se esconde por largo tiempo y otorga al sol algunas de sus horas para crear y dibujar tonos en los cielos y sombras orquestadas en las calles, filtradas por la gracia de los arboles expertos en darle al mundo luz, reciclada en tonos más tenues como las olas del mar, otorga a la arena un resumen simplificado de los pensamientos y las pasiones del océano.

Durante el horario de verano, la noche descansa y duerme largas horas, en las cuales sueña con su gloria, que ha de venir de nuevo cuando la  simetría terrestre sea honorada por el constante baile de la Tierra, que le da a todos su justicia y aquello que le corresponde a cada lugar de su inmenso cuerpo.

Durante el horario de verano, la noche llega tarde y débil, ya que su largo sueño, compuesto de un sin fin de siestas, debilita su frío esplendor y le da una calidez en sus obscuras vestimentas que le hace poco sentido a la madre e institutriz de todas las sombras, quien se rejuvenece en el frío de los meses pálidos que ella sabe que han de venir tan solo se cumplan lo ciclos de la justicia.

Con el horario de verano,  los hombres y mujeres de la ciudad irradian con cargas enérgicas características a la estación de luz, cuando un cuerpo es muy poca masa para contener los mensajes y los pensamientos del sol, cuya creatividad es más intensa que los cambios naturales de aquellos planetas y cuerpos quienes le rodean.

Sin embargo, todos entienden que la eternidad no dura ni un segundo, debido a que ésta no existe y todo lo que sube forzosamente tiene que bajar, de la misma manera que toda el agua que cae de los cielos habrá siempre de subir de nueva cuenta tras su ciclo, para formar nuevas nubes que produzcan el mismo efecto.

Siendo así el cauce natural de las cosas, el horario de verano se marcha y arriba el frío y sabio invierno, quien con él trae perlas de sabiduría y serenidad a un mundo demasiado agitado por la intensa mirada del sol.

Al estar manejando hace unos días, me di cuenta cuan hermosa es esta ciudad al caer el invierno, al alargarse la noche y al llegar la navidad, con su rostro de estrellas que regala bondadosos deseos a los hijos e hijas del mundo.

Definitivamente, los arreglos de navidad en la Ciudad de México son de los más hermosos del mundo.

[ssba]