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BEATRIZ VELÁSQUEZ INCLÁN
Cronista de Topilejo
mariposari@msn.com

Remontarnos al pasado de San Miguel Topilejo implica analizar cómo se vivía en los pueblos rurales de la capital del país y su forma de convivir sobre todo con la naturaleza representada entre otros elementos, por las grandes extensiones de tierras de cultivo, los bosques y los cerros que albergaban infinidad de flora y fauna. Evocar el ayer es traer a la mente a los campesinos, hombres y mujeres que siguiendo las enseñanzas ancestrales de sus antepasados preparaban la tierra de sus milpas con solemnidad y respeto. Se dice que los pueblos del Distrito Federal ya han dejado de ser rurales para convertirse cada vez más en urbanos, que ya no se trabaja la tierra porque es una labor poco rentable y, en parte, eso es cierto. En Topilejo, por ejemplo, un pueblo enclavado en las faldas del cerro Tetequilo —“cerro cortado”— aún encontramos campesinos, pocos tal vez, pero no por ello menos importantes, quienes luchan cada año por no dejar caer la siembra de uno de sus productos principales: el maíz..

Tristemente muchos campesinos de Topilejo dejaron de sembrar porque su comercialización es difícil, ya que los grandes latifundios del rubro se han apoderado del mercado y los pequeños comerciantes se ven sin posibilidad para colocarlo a buen precio; ahora sólo lo siembran para satisfacer las necesidades familiares y la venta local al menudeo primordialmente para la elaboración de tortillas hechas a mano que se venden en el mercado del pueblo. Para los que viven en Topilejo como para los visitantes, es un placer comer cada año elotes cosechados en las parcelas ejidales, en los terrenitos particulares o más aún, en la misma cima del cerro Tetequilo. Lugar ideal para observar a lo lejos la Parroquia de San Miguel Arcángel; el kiosco; la primera escuela  primaria del pueblo, que tiene por nombre “Salvador Trejo Escobedo”; viejo edificio que se utilizó en algún tiempo como cine  o salón de baile; el mercado; el Hospital Materno Infantil; un tramo de la autopista México- Cuernavaca; el viejo Camino Real a Cuernavaca; el Jardín de Niños “Topilli” o la Primaria “Mauritania”; la Escuela Secundaria Técnica No. 56; el Deportivo “Guadalupe Martínez”; la carretera a Xochimilco; el Panteón “Dolores”; el establo de don Rafael Amescua, único en su género dentro del pueblo; la Escuela Preparatoria “Otilio Montaño”; el cerro “Oyamello” -su cima está cubierta de pinos de oyamel-; el volcán “Chichinautzin” o las innumerables colonias que ahora son parte del poblado y que ocuparon lo que un día fueron parte de las tierras de siembra que dieron fama a Topilejo como un excelente productor de maíz, fríjol, hortalizas y forrajes.

En la actualidad muchos de los rituales relacionados con la tierra han desaparecido de la memoria campesina, por ejemplo: ya no se ofrenda a la naturaleza para que propicie buenas lluvias y permita que la siembra se desarrolle sin problemas, ni se rezan las oraciones para agradecer los favores que de las milpas se obtienen, traducidos en abundantes cosechas. La naturaleza también es determinante, ya que los muchos cambios climáticos que actualmente se viven, amenazan aún más con contribuir a la desaparición de una labor que enaltecía a los hombres y mujeres de los pueblos, misma que empezó a menospreciarse después de la Conquista de México. En Topilejo la vida del campesino en épocas pasadas iniciaba al alba: los hombres preparaban sus mulas cargándolas con las herramientas de trabajo, además de su morral, sombrero y agua para beber. La mujer del campesino se levantaba de madrugada, pues había que preparar el café para que el marido pudiera desayunar antes de irse a trabajar, si había un tamalito eso complementaba el desayuno, de lo contrario unas “gorditas” de masa con manteca (memelas) o unos “tlacoyitos” de fríjol. Así lo narra la señora Dominga: Hace muchos años cuando yo me junté con mi viejito él era campesino, yo estaba muy jovencita, pero como mi papacito había sido campesino ya sabía yo todo lo que tenía que hacer a diario. Me levantaba antes de que amaneciera, yo creo que como a las cinco de la mañana, cuando apenas los gallos empezaban a cantar, ponía a calentar el café en el tlecuil y si tenía “memelas” hechas de la noche anterior eso le calentaba a mi marido,  cuando no teníamos más, le servía su cafecito bien cargado. Apenas se había ido mi viejo a la milpa y empezaban las labores para mí, me apuraba a poner el nixtamal y la olla de los frijoles pa’ que con calma se fueran cociendo, mientras doblaba las cobijas y sacudía bien el petate, po’s nosotros nos dormíamos antes en el suelo sobre un petate y con varias cobijas porque en Topilejo casi siempre hace mucho frío. Cuando el nixtamal estaba bien cocido lo escurría para que se pudiera martajar bien en el metate ya a media mañana empezaba a echar las tortillas en el comal, las hacia a mano sin máquina, y así se pasaba toda la mañana. También guisaba frijoles negros con su manteca de puerco, cebolla y epazote, hacia yo una salsa de molcajete  picosita con muchos chiles serranos y cuando tenía yo gallinas que estaban poniendo huevos, preparaba unos nopalitos, ejotitos o chicharitos con huevo como guisado para acompañar los frijoles. Ya como a las doce del día me encaminaba a llevarle la comida a mi viejo a la milpa, mientras no tuve hijos me acompañaba con otras señoras por el camino, cuando ya empecé a tener chamacos y crecieron, las mujercitas me ayudaban y los niños se iban con su papá a la labor del campo. Eran otros tiempos: de mucha pobreza y con apenas lo necesario, pero éramos felices porque no había delincuencia, ni maldad, ni nada que perturbara nuestra vida diaria. Topilejo era un pueblo chiquito po’s todos nos conocíamos: que si los Martínez, Olmos, Pérez, Velázquez, López, Madrigal, Flores, Betancourt, García, y otros que ya no recuerdo, pero todos unidos y conocidos. Ser esposa de campesino era difícil pero no nos quejábamos.

Las siembras en Topilejo eran de temporal, esto quiere decir que se sigue el ciclo agrícola de los antepasados para aprovechar cada estación del año: el tiempo seco, los aires y las lluvias, pues cada época aporta los beneficios necesarios a cada fase de la siembra. El inicio de la preparación de la tierra puede variar dependiendo de las costumbres o estilos de cada campesino, sin embargo son sólo días la diferencia entre una siembra y otra, al igual que las cosechas; así lo narra don Pancho, campesino de toda la vida: Yo empiezo en el mes de febrero a preparar mi milpa, el barbecho es el primer beneficio que se le da a la parcela, antes lo hacíamos con yunta que era jalada por una mula, ahora se hace con tractor, pero tiempo antes del barbecho ya le habíamos estado echando abono de animal a la tierra; es la majada de los caballos, mulas, burros o vacas, la de los marranos no sirve es muy fría y perjudica la tierra. Una vez barbechado dejo reposar la tierra un mes para que agarre humedad. En el mes de marzo inicio el trabajo para hacer los surcos, antes también lo hacia con yunta ahora es con tractor, después de que la parcela ya está lista inicio la siembra; yo todavía utilizo la coa como buen campesino, sé que en algunos lugares ya lo hace un tractor especial; aquí en Topilejo tratamos de hacerlo de la manera que nos enseñaron nuestros padres o abuelos. Con la coa en mano se abre un hoyo en la tierra, ya uno sabe bien de qué tamaño y a qué distancia uno de otro, eso se aprendió de niño y como que lo tiene uno grabado en la cabeza y en las manos; se colocan cuatro semillas en cada hoyo y se cubren muy bien con tierra que uno le hecha con la ayuda del pie derecho, colocar bien las semillas en cantidad y en distancia es el principio de una buena siembra. Después de un mes de haber colocado las semillas, la planta revienta y como tal recibe su primer beneficio que es otra abonada, ahora ya se utilizan abonos químicos pero antes era solo el excremento de los animales. Pasados quince días de nuevo la faena de abonar y a cajonear: echarle tierra alrededor de cada plantita para afianzarla más a la tierra pues los vientos de Topilejo son muy fuertes y pueden lastimarla. Eso lo hacemos dos veces: una cuando la planta empieza a crecer y otra cuando ya tiene una altura regular, después de esto se descansa un poco y a esperar las lluvias que son las que completan el milagro de que nuestra siembra prenda, crezca y se pueda cosechar. Las lluvias en Topilejo inician hacia el mes de mayo, en ocasiones se atrasan pero merito el día 8 de mayo cae la primera y es el día que celebramos nuestra fiesta patronal chica. Hace mucho tiempo cuando la lluvia no llegaba a nuestro pueblo se sacaba en peregrinación la imagen chica de San Miguelito, caminábamos por las principales calles y pedíamos que lloviera, nunca nuestro santo patrono nos ha abandonado, las lluvias se atrasan un poco pero siempre llegan. Hay una leyenda entre nosotros los campesinos: decían los abuelos que cuando las lluvias estaban acompañadas por rayos y truenos se avecinaba una gran tormenta, cuando andábamos en la milpa no debíamos guarecernos del agua debajo de un árbol, eso era malo ya que los árboles atraen rayos, si encontrábamos una cueva o una peña de piedras ahí nos quedábamos, de lo contrario en medio del aguacero caminábamos, nos cubría nuestro sombrero o zarape, pero se cuenta que muchos murieron porque un rayo les cayó en el cuerpo o muy cerquita de donde caminaban y los aventaba a gran distancia y les quemaba el cuerpo, a muchos no los mató el rayo, se cuenta que a don Agustín Velázquez Alvarado un rayo le atravesó el cuerpo y no murió, nadie sabe si el señor Agustín fue granicero, tiempero o temporalero, que son aquellos hombres a los que les cae un rayo y cuando sobreviven la naturaleza les da un don: ayudan a que llueva o deje de llover. Se sabe de otros que les pasó el mismo accidente y si fueron graniceros, como el señor Vicente Peña quien murió hace poco tiempo, cuando había cumplido noventa y nueve años, dicen que platicaba con el cielo, atraía las nubes y oraba para que lloviera, pero también cuando se veía el cielo enojado y a punto de caer una tormenta don Vicente se enojaba y regañaba a las nubes, po’s si dejaban caer la tormenta las plantas del maíz podían sufrir daño, él alejaba el granizo aunque mucha gente no lo crea. Para nosotros los campesinos el sembrar es un ritual a la naturaleza, un proceso que lleva pasos, que lleva tiempos, que requiere del trabajo de toda la familia... bueno eso era antes, po’s ahora ya se alquilan peones que hacen el trabajo pesado, pero en mi caso yo trabajo mi parcela con la ayuda de mis hijos; mi viejita ya no lleva la comida a la milpa porque ya está cansada, ahora lo hace una de mis nueras.

Muchas de las costumbres en Topilejo se heredan a los hijos y a los nietos; los campesinos no sólo enseñaban a sembrar y a cosechar a sus hijos varones, las mujeres también aprendían de sus madres y en la actualidad muchas recuerdan aquella vida de manera nostálgica y triste, como lo narra la señora  Carmelita: Me cuesta trabajo creer que los campesinos se están muriendo, que cada día que pasa ya la tierra se trabaja menos, los hijos ya no siguen esta tradición de la siembra porque dicen que es muy pesada y ya no deja mucho dinero. Yo le digo a mi marido, que si Dios nos sigue dando vida, seguiremos labrando la tierra porque de ella comemos; no me gustan las costumbres de ahora, la comida ya no sabe como antes, se olvidó que la tierra hermanada con la lluvia nos daba buenos frutos y buen sustento. La siembra de temporal en San Miguel Topilejo es sólo por un tiempo: mientras las lluvias duren, después nos dedicamos a otras cosas, pero la parcela no la desatendemos porque da para sembrar otros alimentos como haba, zanahoria o calabaza, eso sí, la que más satisfacciones nos regala es la cosecha del elote tierno, y cuando podemos también levantamos maíz, aunque sea para el gasto de la casa, para las tortillas a mano, porque esa costumbre aquí en su pobre casa no se ha muerto. Es triste ver que ahora todo lo que comemos ya está contaminado con químicos y todo eso, antes los abuelos comían cosas sanas del campo, de la milpa, del cerro, el pulque no faltaba o un buen pedazo de carne de conejo o de venado cola blanca; son estos recuerdos los que mi viejo y yo tenemos, siempre que nos sentamos a comer unos frijoles con salsa de molcajete y tortillas de maíz azul o un guiso con hongos silvestres, quelites, pápalo, verdolagas, espinacas o unas quesadillas de flor de calabaza. Qué Topilejo no tiene campesinos, nosotros no lo creemos: hay familias que aún en la actualidad como nosotros se dedican a sembrar su milpita y nos resistimos a venderla, hasta que no muera el último campesino, Topilejo no dejará de ser rural. Yo les digo a mis hijos que la mujer es sin duda la pareja fiel del campesino, sí, ya sea madre, hermana o esposa, las que desde muy temprano nos damos a la tarea de preparar el café caliente con cocoles o memelas bien cocidas en el comal. Hace muchos años cocíamos el nixtamal en leña prendida, se martajaba en el metate la masa y hacíamos las tortillas a mano, este es el alimento principal de todos nosotros, ahora ya no se muele en metate, llevamos el maíz cocido al molino y con menos trabajo sale una masa más firme y menos martajada que antes, las tortillas se hacen con máquinas manuales, el comal ya no utiliza leña, sino gas. En platos ordinarios servíamos de comer, eran bonitos, de barro y sin adorno alguno; en los tecomates se les llevaba el agua, de vez en cuando su pulque sobre todo cuando el tiempo daba para raspar los magueyes y obtener el aguamiel, pero era sólo un poco y después de la faena. Decían los abuelitos que antes no porque el calor del día podía hacer que se fermentara dentro de uno y andar después bien mareados; mi papacito decía que sólo se tomaba un poquito entre la jornada para aguantar el trabajo pesado, pero nada más porque luego ya se hacía borrachera, lo bueno era que ellos sabían cuándo debían tomarlo y cuándo no. Ahora ya es muy diferente, el agua se lleva en envases de plástico y el pulque pues ya no se toma, porque casi nadie se quiere dedicar a esa labor en la actualidad y magueyes casi ya no hay. Ser esposa o madre de un campesino es difícil, porque además de atender a los hijos, lavar y planchar, tenemos que ayudar en la faena, antes era cargar en la espalda y con la ayuda del rebozo las ollas con la comida, el chiquihuite con las tortillas o el chilpayate, pues no teníamos con quién dejarlo encargado. Todos los días eran iguales, mientras duraba la siembra, las visitas a la parcela se hacían lo más normal, ya sea que estuviera lejos o cerca, de todos modos cargábamos con la comida para el padre, hermanos o marido, eso si cuando los elotes se cosechaban nos dábamos el gusto de hacer unos tlaxcales, o sea, unas gordas con forma de triángulo hechas con granos de elote tierno y no es por presumir pero a mí me siguen quedando muy ricos, ya casi nadie los sabe hacer, las abuelas son las que nos enseñaron y así debíamos enseñar a las hijas y a las nietas, pero como ahora ya las mujeres estudian y trabajan, qué les va a interesar aprender a cocinar las gordas o los tamales; eso también se va a perder con el tiempo, ya sólo nos quedan recuerdos, sólo recuerdos y nada más.

Después de los meses de espera y sin descuidar la parcela mientras la planta crece y da sus frutos, los campesinos inician la labor de cosechar. La pizca inicia en el mes de septiembre, los campesinos se preparan con sus ayates para ir recolectando los elotes tiernos, ellos saben cuáles se deben cortar y cuáles tienen que esperar unos días más, pues no siempre la cosecha se da pareja, de tal manera que en cada surco se eligen los que ya están listos. La cosecha es una labor que requiere de mucho trabajo físico, hay que cargar en el ayate una buena cantidad de elotes y depositarlos en el lugar donde se acomodarán en costales. La siembra de temporal en San Miguel Topilejo es una labor agrícola que hace referencia a sus orígenes prehispánicos, por ejemplo, aún en la actualidad se pueden encontrar terrazas de siembra, es decir, terrenos elevados que requieren de una cerca de piedras que contiene la tierra, mismas que ya se utilizaban desde épocas precolombinas.

San Miguel Topilejo sigue ofreciendo sus elotes tiernos y es uno de los pocos pueblos de la Ciudad de México que hoy en día cuenta con parcelas ejidales, es decir, grandes extensiones de tierra de cultivo que en muchos casos son rentadas a extraños, pues los originarios del pueblo y dueños de las mismas han perdido el gusto por sembrarlas, argumentando que ser campesino requiere de mucho trabajo sin obtener mayores ganancias monetarias. La siembra de temporal es un ritual entre el campesino y la naturaleza. En Topilejo los pocos campesinos que se dedican a esta noble labor se sienten muy orgullosos de tener un terrenito para sembrar y cosechar, porque dicen, es una bendición del cielo.

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BEATRIZ VELÁSQUEZ INCLÁN
Cronista de Topilejo
mariposari@msn.com

En principio, para dar una mirada a la mujer revolucionaria tenemos que viajar varios años antes de 1910.  La investigación historiográfica, hemerográfica y de archivo hizo posible conformar un panorama inicial sobre la participación de las mujeres en la Revolución mexicana y estructurarlo atendiendo a un periodo de entre 1880-1920, que nos permite visualizar el papel desempeñado por las mujeres, así como el significado  de las acciones que realizaron como integrantes en las diversas facciones revolucionarias: soldaderas, empleadas, obreras, periodistas, maestras, profesionistas; y en la lucha feminista que ya desde el porfiriato cuestionaba el papel subordinado de la mujer, y que en el periodo revolucionario cobra importancia.
Si bien,  la historia hace mención de que el proceso de industrialización iniciado en el porfiriato, abrió a muchas mujeres la posibilidad de desempeñarse dentro de fabricas, talleres, comercios y oficinas públicas entre otras,  ya sea como obreras, dependientes, encargadas, etc. no menciona la vida de las campesinas del centro del país, mujeres que desconociendo el progreso estaban sujetas a los usos y costumbres de sus comunidades, costumbres que nulificaban sus derechos. Un ejemplo de la desigualdad que vivían las mujeres, es sin duda la  creación de la Escuela Normal de Profesoras en 1888, la profesión de maestra cobró una importancia que hasta entonces no tenía, y sin embargo, la mujer campesina no tenía derecho a la educación elemental. Contrastes que nos muestras dos panoramas distintos de la mujer antes de la Revolución Mexicana.

Lejos de los pueblos campesinos, de aquellos que tomaron las armas  para defender la tierra, un grupo de mujeres constituyeron en 1904, la primera organización feminista denominada Sociedad Protectora de la Mujer, integrada por María Sandoval de Zarco (la primera abogada graduada en México en 1889) y por otras mujeres profesionistas preocupadas "por lograr el perfeccionamiento físico, intelectual y moral de la mujer, el cultivo de las ciencias, las bellas artes y la industria".  Movimiento que se enfocaba a las clases medias y altas de la ahora Ciudad de México, pero de ninguna manera figuraba la mujer de campo, ignorante, sumisa, abnegada y  sujeta a las decisiones, ordenes, gustos y leyes de los hombres.

El movimiento Revolucionario de 1910, es evocado frecuentemente con la memorable frase de Don Emiliano Zapata “Tierra y Libertad”, frase que en muy poco beneficio a la mujer  campesina de los pueblos originarios de la capital del país. Se ha escrito sobre soldaderas, adelitas, coronelas, magonistas, maderistas, pero muy poco sobre la vida antes, durante y después de la Revolución Mexicana  de  mujeres  campesinas, las que en muchos casos fueron objeto de vejaciones, atropellos, burlas y demás atrocidades por parte de grupos armados. Son sin duda las historias de vida, que nos dan un panorama mas claro de cómo la Revolución dejo marcadas a mujeres como Doña Susana, oriunda  del pueblo de San Lucas Xochimanca en la Delegación Xochimilco, que con 103 años de vida recuerda como vivió su familia lo que ella llama la pena negra en aquel movimiento armado. Historias que vale la pena conocer y reflexionar, pues el centenario de nuestra Revolución Mexicana, merece dar una mirada a la mujer campesina, que después de cien años sigue dando la lucha, para un día poder visualizar la libertad proclamada.

La pena negra

Causa una profunda admiración verla sentada ahí en su sillón, con su chalecito de lana, su mandil azul y su cabecita casi blanca, pero conservando mechones aun de cabello brillante y negro. Su rostro denota un sin fin de pliegues, sus manos aun fuertes tiemblan al mencionarnos que ella estuvo en la Revolución Mexicana de 1910, época dice en la que niños y mujeres sufrieron la pena negra. Es la señora Susana Meléndez viuda de Chávez, (Becerril es su apellido materno) y solo pide se le hable fuerte pues está perdiendo el sentido del oído, aunque no completamente. A sus 103 años, Doña Susanita, “La tía” como todos le dicen en su pueblo natal, es independiente, camina ayudándose con un bastón, pero no para que la sostenga, ella dice que es para no tropezar con algo y caerse.

Con la tranquilidad que dan los años, inicia su relato. Antes de la Revolución Mexicana, mis papacitos, que en paz descansen, Don Cesáreo Meléndez y Doña Bernardina Becerril, vivían tranquilamente en una casita de chinamil y zacate en el pueblo de San Lucas Xochimanca, muy cerca del centro de Xochimilco. Cuando inicio la Revolución, huyeron para el monte, pues los carrancistas, los yanquis, los zapatistas y todos los demás grupos armados venían haciendo desmanes por donde pasaban y pues aquí, en San Lucas luego corrió la voz: “Ya vienen los Revolucionarios” y todos a esconderse. Mis papacitos cargaron con sus hijos, entre ellos yo que tenía apenas  cuatro años; nos internamos en el monte y fuimos a dar hasta Yautepec, en el Estado de Morelos, caminamos  por los cerros y sin provisiones para alimentarnos en el camino. Me contaba mi madrecita que mi padre me puso en un chiquihuite grande, y con la ayuda de su rebozo mi madre se lo coloco en la espalda, así me llevaron todo el camino, para que no me cansara y dejara de llorar. Mi madre para calmar nuestra hambre, hacia unas tortillas de salvado, pero en lugar de tortilla quedaban unas bolas que era difícil comer, pero como no había nada más todos las remojaban en agua para hacer más fácil masticarlas, eso fue el alimento por muchos días. Poco antes de que saliéramos de San Lucas, llego un grupo pequeño de hombres armados al pueblo, buscando decían,  mujeres jóvenes para que pudieran atenderlos. Yo me acuerdo que a mi hermana que estaba jovencita se la querían llevar, pero mi mamacita que la embarra de tizne en la cara y el cuerpo, la tendió en un petate y le dijo: “Te quejas cuando ellos vengan”, y así lo hizo, mi madrecita les dijo que no se la llevaran porque estaba muy enferma y le creyeron, esa idea de mi madre salvo a mi hermana de caer en las manos de los revolucionarios, que sin miramientos se llevaban a las mujeres jóvenes para atenderlos en sus necesidades. Después de un tiempo, cuando ya la Revolución  se había calmado, regresamos a nuestro pueblo. En el camino encontramos familias que habían salido de sus pueblos por las mismas razones que nosotros; mi padre cortó una vara larga y le coloco en la punta un trapo blanco, pues para que los que nos vieran se dieran cuenta que éramos gente pacifica. Esos primeros años de mi infancia me dejaron marcada, pues cuando era la fiesta de mi pueblo y se escuchaban los cuetes, corría a esconderme porque sentía eran los disparos de las armas de aquellos tiempos revolucionarios. Para mí esos tiempos fueron la pena negra, pues muchos de nuestros paisanos del pueblo de San Lucas o de pueblos cercanos ya no regresaron, seguramente se quedaron a vivir en otros lugares, o a lo mejor los mataron en el camino. Mi madre decía que la vida antes de la Revolución era difícil pero tranquila, se tenia una parcela para sembrar y cosechar maíz, fríjol, verduras y forrajes, se criaban gallinas para tener huevos y carne, pero después de la revolución fueron tiempos muy difíciles, las chozas fueron quemadas, las herramientas de trabajo se las robaron, los animales que teníamos ya no estaban, nuestras pocas pertenencias desaparecieron. Mi padre empezó de nuevo a construir una choza, mi madre se encaminaba a las milpas para buscar quelites, papalo, tabaquillo, hongos silvestres o lo que  encontrara para poder preparar algún alimento, esto mientras se pudo conseguir semilla para sembrar y esperar la época de cosechar. Mi madrecita decía que la mujer campesina fue muy importante en la Revolución Mexicana,  que los revolucionarios se las llevaban porque sabían que nos les faltaría alimento diario, pues ellas no solo cocinaban, en muchas ocasiones  buscaban los alimentos y el agua que se necesitaba. Una de las cosas que nunca perdimos las mujeres de Xochimilco ni antes ni después de la Revolución Mexicana fue utilizar el rebozo. Mi madre decía que no solo era parte de la indumentaria, era una herramienta de trabajo, indispensable para la vida diaria. Yo me recuerdo desde mi primera infancia con un rebocito en los hombros o en la cabeza, cuando tenia como diez años mi mamacita me compro  uno ya no de niña, ella decía que era un rebozo para jovencita, Hoy a mis 103 años, sigo pensando que la Revolución no a terminado, los campesinos seguimos amolados y siendo los mas pobres del país,  las mujeres  como hace cien años luchamos cada día por mantener unida a la familia, por trabajar para ayudar al marido, y luchamos diario por sobrevivir.

La historia de Doña Susana es solo un ejemplo de la vida precaria y llena de carencias que las mujeres campesinas tenían,  antes y después de la Revolución Mexicana. Sin duda la participación de muchas mujeres en el movimiento armado fue fundamental, su tenacidad y obediencia  ayudaron a los grupos armados, sin embargo, la historia de México solo menciona a cada uno de los líderes revolucionarios, a muchos de ellos como héroes de la gesta, a las mujeres poco se les recuerda.      

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BEATRIZ VELÁSQUEZ INCLÁN
Cronista de Topilejo
mariposari@msn.com

Autopista México-Cuernavaca en el tramo Topilejo.
La construcción de dicho tramo, se realizo en el año 1948-1949
Una vía de comunicación que dividió al pueblo en dos.
Archivo de la familia Velásquez Molina.

Los pueblos de México con diversidad, historia, costumbres y tradiciones de siglos se fundieron con culturas que llegaron de otros lugares, tan diferentes que, en ocasiones, impusieron sus modos de vida y, en otras respetaron a los locales.

En la capital del país los pueblos son un mosaico de culturas con sus particularidades, aunque pertenezcan a tierras muy cercanas. El progreso llegó a los pueblos de la montaña de la Cuenca de México mucho más tarde que a los pueblos del centro. En los primeros, la vida en los años cuarenta aún era de pobreza, humildad y posiblemente de  muchas carencias; sin embargo, se vivía tranquilamente, sin lujos y con lo necesario. Por desgracia o por fortuna al pueblo de San Miguel Topilejo, (enclavado más allá de la sierra del Ajusco), después de más de cincuenta años llegó el progreso, no así la “modernidad”.

Empecemos por revisar el principio de los tiempos para entender mejor la evolución de una comunidad. Hasta el siglo XXl se empieza  a investigar a fondo la realidad histórico-política-religiosa de San Miguel Topilejo,  delegación Tlalpan, Distrito Federal.

En los últimos 25 años, algunos estudiantes de universidades han realizado su tesis sobre el pueblo, sin embargo, se llevaron la información. En la actualidad es necesario saber más sobre el lugar,  ¿en qué momento Topilejo dejó de ser un pueblo rural para convertirse en un gigante urbano que crece día a día? no sólo porque reclama servicios públicos y seguridad, sino porque su identidad misma está en riesgo de ser reemplazada por la “modernidad” que llegará tarde o temprano.

Ante la  escasa información arqueológica e histórica es difícil determinar cómo y cuándo surgen los primeros asentamientos dentro del territorio actual de Topilejo, sin embargo, se puede deducir que tras un largo proceso evolutivo la población prehispánica de Topilejo alcanzó las características propias de una comunidad, gracias a un estudio realizado por la arqueóloga María Teresa Cabrera quien nos indica que los restos encontrados no van más allá del año 1100 d. C.

Es probable que existieran asentamientos dispersos, antes de la presencia de los xochimilcas, pero con su llegada se consolida como pueblo, dependiendo del centro mayor Xochimilca, que a su vez mandaba los productos que recibía de los pueblos circunvecinos a Tenochtitlán.

En 1525, vivían en Topilejo numerosas familias, cuando llegó al lugar fray Martín de Valencia, misionero franciscano que inició su obra evangelizadora en Xochimilco, posteriormente se estableció en lo que más tarde se llamó Guarda Topilejo. Bajo la dirección del fraile se construyó una ermita, alrededor fueron trazadas las calles y reacomodadas las casas, quedando así fundada la comunidad de San Miguel Topilejo.

Los siglos no modificaron mucho al pueblo; se vivía de sembrar la tierra, que era extensa y muy fértil. La siembra en terrazas (piedra apilada para contener la tierra en lugares elevados) era de mucha utilidad. Los grandes sembradíos de fríjol, maíz criollo, hortalizas, brindaban al pueblo alimento, completando su dieta con carne de cerdo o aves de corral: gallinas, guajolotes.  Muchos tenían en sus casas vacas y aprovechaban la leche.  La caza del venado cola blanca y del conejo teporingo les proporcionaba proteínas animales. Estas actividades mantenían al pueblo activo y sin problemas de alimentación. También se realizaba el trueque para obtener sal a cambio de: carbón, maíz o fríjol.

En la década de 1940 llegó una noticia que sorprendió a los lugareños: a un lado del centro de San Miguel Topilejo, pasaría una carretera. La población no entendía bien el por qué de la obra; ya se tenía un camino real a Cuernavaca y decían los abuelos que  tenía más años de los que se pudiera uno imaginar. Miedo y protestas de los que vivían en los terrenos que se iban a expropiar a cambio de una indemnización muy pequeña por parte del gobierno, se iniciaron los preparativos para dejar pasar a la “modernidad”. En el año de 1947, llegaron: la maquinaria pesada, los trabajadores fuereños y la oportunidad de puestos vacantes para la mano de obra pesada.

Las herramientas y poderosos explosivos (dinamita) fueron descargados, pues los grandes tecuates (formas rocosas difíciles de quebrar) abundaban en este lugar. Las jornadas no eran nada fáciles; de repente se escuchaba a lo lejos el grito: “¡cúbranse todos que va a tronar el cuete!” y la gente corría a las contadas casas de concreto, allí se resguardaba de los fragmentos de piedra que salían disparados por doquier y que perforaban los techos de lamina de la mayoría de casas de esa zona.

También llegaron los accidentes. En una ocasión, la dinamita almacenada en una casa particular estalló, mató a un joven que cuidaba los materiales y que era originario del lugar.

El pueblo tenía más actividad que de costumbre, en las mañanas el ruido de la maquinaria y por la tarde el grito de los trabajadores fuereños que se tomaban su alcohol preparado con ocoxochil o prodigiosa, y los hacia cantar de gusto o provocar peleas con los naturales, ya fuera por una muchacha bonita o por sentirse más valientes.

La tristeza embargó a muchas familias; algunos modificaron su rutina, la vida cambio en muchos aspectos, porque esta carretera desunió al pueblo, lo dividió en dos partes y de igual manera acabó con el camino real a Cuernavaca que se fracturó en varios tramos, quedando ya inútil para lo que había sido trazado: el tránsito hasta Cuernavaca de: gente,  caballos y carretas. La parroquia se quedó en el centro del pueblo, el pedregal y la colonia ya quedaban lejos, se tenía que atravesar por la peligrosa carretera o pasar por los puentes subterráneos que se construyeron.

La moderna vía de comunicación México–Cuernavaca provocó cambios importantes de mencionar: Algunas jovencitas se enamoraron de trabajadores fuereños, se casaron con ellos y dejaron su vida de mujeres campesinas convirtiéndose en señoras de los hombres de la ciudad que les brindaron una vida más cómoda.  De ahí que perdieron su identidad como mujeres de pueblo y visitaban a sus familias ya sin rebozo.

Las costumbres y tradiciones se fueron modificando. Con el paso del tiempo los de la parte de arriba se desligaron de los de la parte de abajo; se formaron dos grupos para las fiestas patronales, lo que provocó discordia. La colonia se quedó sin templo y muchos años más tarde decidieron hacer su capilla, la Santa Cruz, que llegó a ser parte del Pedregal de Topilejo. En la actualidad ya no se prepara una fiesta patronal en conjunto y armonía. La capilla de la Santa Cruz compite en  arreglos, bandas, juegos y castillos con la parroquia principal del pueblo.

Se dice que la carretera está planeada como vía rápida y ahora es la continuación o el principio como se quiera ver de la México-Acapulco. Lo que no se mencionó en su momento es la forma de diseñarla, el tramo que cruza por el pueblo es, sin lugar a dudas, uno de los más peligrosos, hay curvas tan pronunciadas que dice la gente “solita jala a los vehículos”;  en ellas han dejado la vida a lo largo de más de cincuenta años, infinidad de conductores y familias completas; autobuses de pasajeros han chocado con lo que queda de estas peñas de piedra y cuando llueve el asfalto es más peligroso. Aquí cada año, cada mes y a cada rato se escuchan los autos derrapar; la señal es cuando los perros ladran, todos los que viven cerca saben que en la carretera algo está pasando. Cuando las contenciones que dividen los sentidos de la autopista aún no estaban reforzados, la gente del pueblo moría atropellada, sólo por ganarle al tiempo unos minutos y no utilizar los puentes peatonales. Se recuerda con tristeza al niño que murió atropellado, porque su casa quedó a orillas de la autopista. Un día su pelota fue a dar a la carretera y sin medir el peligro brinco a buscarla; fue cosa de instantes, un automóvil que circulaba a gran velocidad le quitó la vida. Pronto se escuchó decir a los más ancianos del pueblo que esta carretera sólo había traído desgracia a la vida tranquila de Topilejo. El gobierno no se preocupó por trazar un camino que no afectara a los lugareños, la “modernidad” debía darle mayor proyección al país, aún a costa de perder la identidad y tranquilidad del lugar.

¿Qué beneficio trajo la autopista? Eventualmente, trabajo para algunos, marido para otras, transporte rápido aunque más caro para llegar a Cuernavaca o a Taxqueña, la mayoría toma la antigua carretera:. Federal a Cuernavaca, pues en Topilejo no se ha logrado que pongan una caseta de entrada y salida en este lugar, así tendríamos más flujo de automóviles, mayor migración, pues hoy es un pequeño centro de unas cuantas manzanas, el pedregal y la vieja colonia, cincuenta y siete asentamientos irregulares (que se encuentran en zonas de reserva ecológica) un pueblo lleno de taxis tolerados o piratas, con un mercado insuficiente para tanta población, con terrenos de siembra vendidos para casas habitación, con muchas corrientes religiosas, con gente desconocida que en muchos casos se refieren a los naturales en forma despectiva.

Los caminos de Topilejo han crecido, se han modificado y algunos ya no existen; todos son recorridos por personas diversas que corriendo tratan de ganarle tiempo al tiempo, la gente con rebozo y con sombrero ya casi no se ve, los utensilios de barro sólo son ornamento, las costumbres y tradiciones se durmieron un rato o amenazan con desaparecer, poniendo en peligro la identidad de Topilejo.

En este México de contrastes gana el concreto, la “modernidad” y el progreso. Cuando el agua bajaba en grandes cantidades de los lugares altos de la cuenca, las comunidades brindaban sus productos, la siembra del maíz proporcionaba grandes cantidades de este grano que consumía la ciudad.

Los gobiernos no pensaron nunca que, al destruir los sencillos caminos de Topilejo, estaban creando un gigante que ahora se da el lujo de cerrar la autopista cuando no quieren voltear a mirarle, no importando dañar los tiempos de otras personas, dicen los abuelos que al gobierno no le importó modificar nuestra vida, así que con el tiempo la vida misma ha cobrado vidas inocentes por las muertes que provoca esta vía.

Los caminos de Topilejo conducen con rapidez a diferentes lugares, sin embargo, la tranquilidad que tenía le fue arrebatada con su bandera de “modernidad”. Los habitantes del lugar se preguntan ¿qué es “modernidad”?, ¿vivir mejor y tener más?, si es así, dicen que mejor se quedan con lo poco que aún queda de aquel pueblo rural.

Pensar en acortar tiempos está muy bien, para la vida apresurada en estos tiempos difíciles, aunque ello traiga otros males: la inseguridad, la muerte por la velocidad, sustitución de la naturaleza por obras de concreto, preferir al automovilista sobre el peatón, pero a veces al construir vías rápidas fracturan pueblos como Topilejo.

De ninguna manera estamos en contra de mejoras, es parte del crecimiento de todo lugar, es parte de vivir con los cambios en el tiempo, sólo que muchos de los naturales que se indignaron al ver su vida modificada, se preguntan por qué si había tanto espacio la carretera tenía que dividir en dos a la comunidad. Cada día los caminos se asfaltan y se acomodan de tal manera que no se dañen las llantas de los automóviles, cada día nos enteramos que en la ciudad, se construyen segundos pisos, y las señoras se santiguan y comentan muy quedito: “que bueno que aquí todavía no llega eso, porque entonces si que la poca vida de pueblo se perdería, seriamos los pobres de la ciudad viviendo debajo del concreto”.
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BEATRIZ VELÁSQUEZ INCLÁN
Cronista de Topilejo
mariposari@msn.com

Mujeres, niñez y nacimientos en Topilejo.
Fotografía: Archivo familia Mendoza Ramírez
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En San Miguel Topilejo hace muchos años era costumbre que las mujeres parieran en sus casas, debido principalmente a la falta de un médico para atender las necesidades del lugar. El nacimiento de un recién nacido era muy diferente dependiendo si era varón o mujer. Cuando nacía un hombrecito se celebraba el acontecimiento, cuando era una mujer la recién nacida no tenía mayor importancia.

En el caso de las mujeres primerizas se realizaba una fiesta cuando se celebraba el primer baño de la madre y el niño.

Una de las parteras más conocida del pueblo de Topilejo fue la Señora Macaria García Vega, mujer que ahora cuenta con 77 años de edad y que narra así su experiencia:

Yo nací en una familia muy pobre de San Miguel Topilejo, mi padre fue Don Roberto García Fernández y mi madre Doña Lina Vega Amaya quienes tuvieron 11 hijas y un hijo varón. El pueblo hace 70 años era de familias pobres, no había luz, nos alumbrábamos con ocotes o si se tenía dinero se compraban velas.

Todos andábamos descalzos o con huaraches. Topilejo era un lugar muy bonito y toda la gente se conocía. En tiempos de lluvias la barranca se convertía en un río de agua cristalina y se hacían enormes pozas que nos servían para nadar,  bañarnos o también para lavar la ropa.


Cuando crecí una de mis hermanas me ayudó a entrar en un hospital como oyente, más adelante tuve la oportunidad de tomar un curso de enfermería y empezar a trabajar en una maternidad en Churubusco. Pasado el tiempo logré conseguir trabajo en el Hospital General y aprendí a asistir partos. En una ocasión, me tocó atender de emergencia al famoso boxeador El Ratón Macías, hasta en un periódico salió mi fotografía junto al él.

En Topilejo mi labor de partera inicio por casualidad hace más de cuarenta años, una señora estaba muy delicada de parto, sus familiares fueron a buscar un médico a Xochimilco y no lo encontraron, se regresaron al pueblo, visitaron a Doña Reyna, una señora que en esa época inyectaba, le pidieron que hiciera algo, pero al ver la gravedad de la mujer se negó, recomendándoles a los familiares que me buscaran, pues yo era enfermera y podía atender a la señora. Atendí a la parturienta, el niño y ella lograron salvarse, desde entonces la gente del pueblo empezó a buscarme para atender los partos. Me di cuenta de las costumbres que tenían en el pueblo en torno al nacimiento de una criatura.

Cuando atendía un parto, los familiares, amigas o vecinas inmediatamente le ceñían la cintura a la parturienta con un rebozo y le daban a tomar un atole de masa con piloncillo para que tuviera leche en abundancia para alimentar a su bebé. En esos tiempos la costumbre en algunas familias del pueblo era que la mujer después de parir debía quedarse acostada sobre un petate y en posición  fetal, durante quince días o más, pues se decía que así el vientre recobraría más rápido su forma natural.

En una época cobré 25 pesos por parto e incluía inyecciones, suero, baño del recién nacido y visita de revisión por cuatro días a la madre y al niño.

Si la mujer era primeriza, se festejaba el nacimiento (fuera hombre o mujer) con una comida después del primer baño en el temascal mas cercano, invitando a los familiares y amigos. La parturienta era acompañada por todosl, como no se le permitía caminar era cargada por varios hombres de la familia sobre una cobija o carretilla y en ella se le transportaba con el bebé.

El temascal se debía adornar con festón y un ramo de flores, si era niña flores blancas y si eran niño flores de muchos coloresí, cuando un niño nacía el padre brincaba de gusto, cuando nacía una niña en muchos casos el padre se refería al acontecimiento con frases como: es una vieja,  y  no manifestaba contento..

Varias mujeres ayudaban a bañar a la madre y al recién nacido con una infusión de yerbas del campo. Otra costumbre era la de untarle en vientre y  cara una mezcla de huevo con alcohol, decían las señoras mayores que ayudaba a fortalecer los músculos del vientre y a desaparecer las manchas del rostro  que normalmente aparecen durante el embarazo.

Recuerdo que en algunas familias cuando el parto se prolongaba, las mujeres mayores de la casa tostaban maíz azul en un comal de barro y lo repartían entre todos los asistentes, se decía que eso apresuraba el parto.

En muchas ocasiones me pagaron el doble de lo que yo cobraba, pues me decían los señores:: Macaria si es niño te pago más, si es niña igual y ni te pago. Por fortuna siempre me pagaron, pero me entristecía que cuando nacía una mujercita se viera de manera diferente que cuando era un varón.

Doña Macaria García dejó de atender partos hace varios años, y sin embargo, sigue en la mente de mucha gente originaria del poblado que un día solicitó sus servicios. Posiblemente los conocimientos de Doña Maco como partera del pueblo los aprendió en aquellos hospitales en los cuales laboró, pero también puede ser que le fueron heredados por su abuela paterna, Doña Clara Fernández Ibarra, mujer originaria de San Mateo Xalpa, que fue partera en Topilejo muchos años antes de que su nieta lo hiciera.

En la actualidad Doña Macaría se enorgullece de haber dado vida a la primera médico del pueblo de San Miguel Topilejo: Lina Valadés García, mujer orgullosa de su pueblo que recuerda su infancia y esos juegos infantiles que ya desaparecieron con nostalgia y cariño. Lina a base de muchos esfuerzos y apoyada por su madre logró cursar la carrera universitaria en tiempos en los cuales las mujeres del pueblo estaban relegadas a las labores del hogar.

En San Miguel Topilejo a lo largo de su historia, han existido hombres y mujeres que dejaron un legado de ayuda comunitaria, labor social o ejemplo de superación personal.

Doña Lina Valadés García es un ejemplo de que con esfuerzo y perseverancia se pueden cumplir los sueños. Ella comenta que cuando era niña el observar a su madre pendiente de la mujer y el niño, la hacia sentir muy orgullosa de ser hija de la partera del pueblo.Ser partera en San Miguel Topilejo en otros tiempos era una labor muy apreciada, si bien es cierto que el pueblo era muy pequeño, los nacimientos de niños se sucedían constantemente, pues las mujeres al casarse ya sabían que debían dar a su marido los hijos que “Dios mandara”; en ese tiempo las mujeres tenían un mínimo de cinco hijos. El caso de Doña Macaria es sólo un ejemplo, pues a lo largo de la historia del pueblo han sido muchas las parteras que ha tenido San Miguel Topilejo.
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Beatriz Velásquez Inclán.
Cronista de San Miguel Topilejo.
mariposari@msn.com

Muchas consejas nos dan la pauta para investigar,

la Historia Oral marca caminos para investigar,pero de igual manera refleja el sentir de la gente en la comunidad.

Todo pueblo para sobrevivir a través del tiempo necesita: conocer, proteger y difundir su patrimonio cultural como una forma de defensa de su identidad.

Las costumbres, tradiciones, fiestas y, sobre todo, su historia es lo que da inmortalidad a un lugar, por ello es de suma importancia la investigación antropológica e histórica, sino que además son muy importantes los testimonios orales que son el alma del pueblo. San Miguel Topilejo es uno de los pueblos originarios de la delegación Tlalpan que tiene raíces prehispánicas, costumbres y fiestas. Hermosas  leyendas, su emblemático cerro Tetequilo, su volcán Chichinahutzin o su iglesia colonial.

La parroquia es uno de los monumentos que dan honor a este pueblo, se encuentra en la plaza principal y el día 12 de mayo de 1932 fue declarado Monumento Histórico de la República Mexicana. Se empezó a construir en 1560, a mediados del siglo XVIII se reformó la cúpula y la torre se terminó en 1812. Su atrio se levanta en lo que pudiera se una plataforma prehispánica. La evangelización del pueblo estuvo a cargo de frailes franciscanos y esto marco en gran parte los usos y costumbres del lugar.

No es la intención de este trabajo hablar del templo como inmueble, más bien tomarlo como referencia de los cambios que a través del tiempo se han dado en la vida cotidiana de la comunidad, un recuento de las formas de vida que se desarrollaron y se están dando a partir de la religión.

La parroquia de San Miguel Topilejo encierra historias dignas de contarse, desde las relaciones sociales, fiestas, tradiciones, costumbres, vida y muerte en este ya no tan pequeño pueblo, un lugar con más de ochocientos años de haberse fundado y discriminado por su lejanía con la ciudad de México, un lugar que ofrece al visitante sabores y colores de provincia, paseos impregnados de naturaleza, historias y leyendas que se dieron en sus tierras, el pueblo tiene una riqueza enorme en sabiduría que desafortunadamente está en inminente peligro de perderse; la identidad misma del lugar está en  riesgo y  es necesario defenderla para que las generaciones jóvenes sepan de la grandeza de su pasado.

El pueblo es sin duda una comunidad pequeña y lejana con un patrimonio grande, digno de ser preservado y darlo a conocer, si bien lo estamos convirtiendo en un gigante de urbanidad, se está luchando por salvarle, no en vano a sobrevivido a tantos cambios en estos más de ocho siglos de lucha constante.
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ANTONIO ESPINOSA HERNANDEZ
Cronista de Tlalpan, El Barrio de La Fama
Barrio La Fama Montañesa

                                                                       “Son Las Fuentes Brotantes
                                                                                 arroyitos de ensueño
                                                                                que le dan a mi barrio
                                                                                       frescura de vida
                                                                                 y una cita de amor.”

(Fragmento de la canción “Es mi Barrio…La Fama”  del Ingeniero Antonio Espinosa Hernández)

Al suroeste del Centro Histórico de la Delegación de Tlalpan, se localiza un hermoso lugar conocido como “Las Fuentes Brotantes.” Al fondo de la barranca del Tochihuitl* brota el prodigioso líquido de un ojo de agua, que junto con los de Peña Pobre, Coscomate y Tlapixca, le han dado a Tlalpan una característica muy peculiar. Del manantial de “Las Fuentes”, nosotros los “Tlalpeños” junto con muchos de los avecindados que ya tienen algunos años de vivir aquí y otros que, no siendo de Tlalpan, nos visitan con relativa frecuencia, guardamos en la memoria un bello recuerdo y de alguna manera cierto cariño por el singular manantial.

Los que nacimos en el barrio de La Fama creíamos que sólo eran nuestras. Primero porque “Las Fuentes” le dieron vida a la fábrica y ésta al establecerse en 1831 crea el barrio, y claro, están tan cerca de nosotros, que dispusimos de ellas.

¿Quién se atrevería, una vez que las conoce, a no dedicar largas y hermosas horas en su contemplación y deleite?

Y quién no citó al amor de sus amores en ese apacible lugar, para comprometerse y así llegar al matrimonio.

¿Cuántos “tlalpeños” que presintiendo el final de su peregrinar por este mundo, piden que los lleven, aunque sea por última vez a las “Fuentes” y que les den un jarro de agua del “bitoque” o llave de la Plazuela de La Fama, porque de ahí mana el agua pura, fresca y sabrosa del multicitado manantial.

Hubo músicos que le cantaron, otros le hicieron poemas, pintores que recreándose en sus recónditos lugares plasmaron cuadros inmortales que en la actualidad nos muestran su belleza legendaria, como el campechano Joaquín Clausell y escritores que describieron el lugar con mucha solemnidad y vehemencia, como el novelista Julio Sesto.

Para dar un ejemplo de lo que estoy  hablando  me voy permitir leerles algunos fragmentos de la novela mexicana “La Tórtola del Ajusco” del escritor ya mencionado, obra que se dio a conocer a principios del siglo XX. Describe el autor:

“En las estribaciones del Ajusco, al sur-oeste de la señorial y odorífica villa de Tlalpan, hay un plácido lugar denominado…”Las Fuentes Brotantes”. Es una hondonada que afecta la forma aproximada de tres ochos eslabonados. Al llegar a ese lugar los ojos se extravían por el concurso de esplendideces acumuladas en aquel sitio por la mano de Dios y por la mano del hombre.

No se sabe allí para donde mirar y sobrecoge el ánimo se sobre coge frente a la pomposa naturaleza, en medio de la soledad augusta y la paz de ese hierático paraíso. Del abismo del barranco nacieron y allí crecen  a porfía con el altísimo tajo a plomo unos alcanforados eucaliptos rectos, delgados, de polícromas y restallantes crústulas; las copas de estos árboles enormes pueden tocarse con la mano desde la abrupta cornisa del precipicio, con sólo asomarse a él”

Comentario:  Yo me pregunto, ¿ Qué tan largo y tan estremecedor sería el alarido de la Llorona Tlalpeña al desbarrancarse en ese precipicio, tal y como lo narra el cronista Salvador Padilla Aguilar en su libro, Leyendas del viejo San Agustín de las Cuevas y cuentos para el atardecer.”

Volviendo nuevamente a  Julio  Sesto :

“Adonde acababan los ochos eslabonados, allí donde nace la fuente, hay una cuesta empedrada y estrecha que, por entre peñascales, conduce al encantado y misterioso recinto que guarda la acromática fuente, madre moduladora de aquellas claridades que saltan y que bullen.

Aquella fuente es única. Arroja su caudal de agua a través de una reja que hay en la entrada de una presa anchurosa, profunda, quieta, azul en la que mojan sus verdes cabelleras  los sauces llorones que la circundan.

¡Oh el encanto de aquella fuente, santificado por la quietud y por la sombra!

¡El manantial recóndito y puro!”

¿Cómo es aquella fuente? ¿Acaso puede describirse? Será descriptible el contorno, el encanto de allí: no es transmisible.

Es una gruta en la entraña del Ajusco, formada como por dólmenes que al ocaso configuran arcos conopiales y caprichosos, cuyas claves festonan verdinegras matas de helecho. La cueva es grisácea, en resquebrajados ángulos inexplicables. De las lajas, del arenisco lecho de la caverna, brota el agua muda. La fuente es una puñalada de cíclope en el vientre duro de la montaña; la fuente es el lagrimal rocalloso por donde el monte llora en silencio.

El agua al salir de la madre montaña, no chista; pero al despeñarse en la primera catarata, a pocos metros de donde nace, ya en contacto con el aire de la vida, pone el grito en el cielo como los niños recién nacidos.”

ES UNA SOLA FUENTE  LA  QUE LA QUE ORIGINA  ESE CRISTALINO CAUDAL.

 La razón es la siguiente, de esta gran presa se desbordaba una multitud de arroyos chicos y grandes que pasan por el lado derecho e izquierdo de la barranca, y por abajo escurre uno  más. Como   ustedes se podrán imaginar, de esta profundidad surge una multitud de murmullos provocados por el continuo paso del agua por las piedrecillas rojizas (características de este lugar), sonido peculiar que unido a los trinos, gorjeos y aletear de las aves, a los susurros del viento al mover los enormes y alcanforados eucaliptos, a los suspiros de los hombres y demás evocaciones, todo esto reunido da al lugar una sensación hermosa del tranquilo vivir de los “tlalpeños”.

Uno de estos arroyos, el que corría por el lado poniente, arriba de la barranca, formaba cerca de la barda sur de la fábrica, una gran atarjea y ésta a su  vez  alojaba el volumen de agua  necesario para que por medio de canales subterráneos, se proyectara en caída  y  con la fuerza necesaria para poder hacer girar la enorme rueda (22m. de diametro) que le daba movimiento a la fábrica de hilados y tejidos la Fama Montañesa, motivo por el cual fue imprescindible la instalación de la textilera en dicho lugar.

EL VIEJO MOLINO DE OZTOTOME (Construcción antigua del siglo XVI)

Sigue describiéndonos el lugar Julio Sesto:

“En la parte más honda de la cañada, hay un molino en ruinas. Allí están aún, medio enterradas, las ruedas del mismo, que hacen pensar en que no muelen el grano, pero muelen el tiempo que silenciosamente pasa por ellas…”.

El historiador Manuel Rivera Cambas nos informa que en 1561 un emprendedor español de nombre Pedro Pablo de Abarca Arias y Balleza, obtuvo el predio por merced del Virrey Don Luis de Velasco, así como el uso del agua que fuera necesaria para el abastecimiento de dicho molino, manifiesta que la real audiencia en el año de 1612 otorga el uso del agua al nuevo dueño del molino, Don Jerónimo Herrera, que sería utilizada como fuerza motriz para el mismo (Estudio e informe respectivo de los títulos que amparan tales derechos, cuyo origen data del año 1612  en el que con fecha 27 de Octubre, la real audiencia concedió a Jerónimo Herrera el uso de esas aguas).

Este molino es parte de lo que es la fábrica La Fama Montañesa. (Francisco Celso García al secretario de estado. Despacho de fomento, 22 de junio de 1912. AHA FAS. Caja 289. ex. 6935f (26)). Efectivamente lo es, porque en 1832 los empresarios que instalan la factoría lo compran para aprovechar su estructura.

En la actualidad este viejo molino es conocido por los habitantes del barrio de la Fama como “El Castillo de Rolando el  Rabioso”, inspirados en la revista que se leía en los años cuarenta del siglo pasado. De la misma manera, el edificio se encuentra completamente habitado por familias descendientes de obreros de La Fama. Y a su alrededor ya casi lo cubren las construcciones aledañas modernas. 

LOS DÍAS DE CAMPO  (La tórtola del Ajusco)

“Era allí donde antaño, cuando aquel paraíso no estaba vedado, se congregaban livianas evas y displicentes adanes en torno del ágape suculento, comiendo, bebiendo y cantando al compás de las guitarras y las orquestas criollas, en los típicos días de campo…

Bajo aquellas frondosas arboledas se despertó el atrevimiento que hizo estallar a los besos, cuyo onomatopéyico chis-chis se confundía en los sonidos de la fronda con el piar de los pájaros nuevos…

¡Qué paisajes habrá en el mundo  tan bellos como el de las Fuentes Brotantes y sus alrededores, en la señorial y odorífica Villa de Tlalpan”.

EL DIA DE SAN JUAN BAUTISTA
Por ser ese día tan señalado, el 24 de junio de cada año, la gente tomaba el rumbo de “Las Fuentes”, y aunque de por sí el agua es muy fría, imagínense ustedes a las cuatro de la mañana. Sin embargo todos regresaban muy bañados, distinguiéndose las muchachas y señoras que adornaban sus largas y hermosas cabelleras con las flores del campo.

Un Cronista de San Fernando, de nombre Gonzalo Herrera Romero, comenta: “ Como recuerdo los días de San Juan, el 24 de junio, aquí en nuestro barrio, nos juntábamos todos con nuestras “Jefas” y a las cuatro de la mañana… ¡ Al baño, en Las Fuentes Brotantes¡ Como yo tenia una marimba chica, mi hermano Antonio una batería, Pablo Serrano y Cuco Martínez guitarras y Lupe Alvis las maracas, ahí nos juntábamos, cada quien con su instrumento nos poníamos de acuerdo y a darle que’s mole de olla. Nuestras mamás llevaban tamales, café y hojas de naranjo, y nosotros…pues, una “botellita”; pura alegría, muchas familias de Tlalpan ahí se reunían, pero… ¡Qué hermosas eran” Las Fuentes’ en aquella época! recién que llegamos mis tíos y nosotros a esta bella  Delegación; imagínense el 17 de agosto de 1927.

Los domingos nos íbamos a comer y cuántas familias de la capital visitaban este hermoso lugar.”

Sr. Jesús Reséndiz Durán, músico, obrero de la Fama y de Peña Pobre se inspiró en este hermoso paraje para componer el “Vals Clementina” y dedicárselo a su hija, después compuso el “Paseo de las Fuentes Brotantes” un paso doble, de ambos existen grabaciones caseras.

Sr. Agustín Reséndiz Banda obrero de la Fama nos narra con verdadera vehemencia el exorcismo que tuvo lugar en las inmediaciones de las Fuentes, acto en el que él participó como acólito del sacerdote del Espíritu Santo Félix de Jesús Rugiere en el año de 1926; Don Agustín contaba con seis años.

El Señor Fernando Sánchez Luna, excelente tejedor, maestro de varias generaciones de aprendices, llegó a ocupar el puesto de mayor jerarquía en el departamento de telares: el de correitero (mecánico de telares), decía: “Aunque no me llamo Juan, prefiero festejar mi cumpleaños el 24 de junio porque se ponen muy alegres “Las Fuentes”.

Igualmente el tejedor Don Pedro Tovar nos platicaba que antes de entrar a la fábrica corría hacia la presa, nadaba un rato y regresaba a tiempo para entrar a laborar a las seis de la mañana, (el Sr. Tovar vivía en Camisetas), y vivió muchos años gozando de cabal salud, pudiendo adjudicarse ese fenómeno a “las milagrosas aguas de “Las Fuentes Brotantes”.
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Beatriz Velásquez Inclán
Cronista de Topilejo
mariposari@msn.com

LAS CUEVAS DEL CHICHINAUTZIN
Fotografía proporcionada por
Beatriz Velásquez Inclán.

En muchos pueblos de la ciudad de México, los que tienen raíces, historia, costumbres  y tradiciones, hay una muy particular forma de pedir sanación para los enfermos, lluvia para las siembras y algunos favores especiales.

Este ritual se hace desde hace muchos siglos y es nada menos que ofrendar a las cuevas, que la actividad volcánica dejó hace miles de años en diferentes lugares de la zona montañosa del Distrito Federal.

Cuando niño, nos cuenta un señor de 72 años en el Pueblo de Topilejo, veíamos como la gente llevaba canastas con mucha fruta, jarras de barro con pulque, tamales y todo de la mejor calidad. En ocasiones dejaban también ahí un muñequito de trapo vestido de charrito y una muñeca que vestían como de china poblana. Los cigarros eran otra de las cosas que no podían faltar, todo ello se colocaba en un lugar especial de la cueva, se oraba ahí dentro y se pedía por los favores que se necesitaba, ya sea de sanar alguna enfermedad ya para que la lluvia llegara y no se dañaran las cosechas.”

Se cuentan muchas leyendas de asaltantes que las utilizaban para guardar el botín de sus robos; pero también de cuevas que están protegidas por fuerzas malignas y otras que tienen “buena vibra”. Lo que muchos no sabemos es que ahí se inician los granìceros.

“Si a un hombre le cae un rayo en el cuerpo y sobrevive, al recuperarse del susto, tiene que buscar a un granìcero Mayor para que lo ayude a iniciarse, pues el ser sobreviviente de un hecho así confiere poderes a los hombres. Una vez iniciado será quien pueda hacer ritual dentro de alguna cueva y haga llover, aun cuando el cielo pudiera estar despejado y sin rastros de nubes. Pero sí quien sobrevive es una mujer deberá convertirse en partera. Ellos, los que recibieron rayo y no murieron, serán gente con poderes en la tierra; pero sí alguno se niega a tomar ese poder, entonces tarde que temprano y antes de tiempo, morirá”

El culto a las cuevas es un tema muy extenso y de mucho respeto que tiene raíces prehispánicas y actualmente muchos no entendemos. Las cuevas encierran muchos misterios, un sin fin de historias se quedan impregnadas en ellas, muchos rituales vinculados a las cuevas aún hoy en día se siguen conservando, otros por desgracia e ignorancia de las raíces de nuestras pueblos, se están perdiendo. Así por ejemplo de las cuevas de Gonzáles, en el volcán Chichinautzin, dice la leyenda que encierra un tesoro de oro y piedras preciosas de verdad. Por fortuna nadie conoce el paradero del lugar, pues lo único que nosotros los hombres hacemos, sin esfuerzo alguno, es depredar.
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