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MARÍA BUSTAMANTE HARFUSH
Cronista de la Delegación Miguel Hidalgo
maria_tau@prodigy.net.mx

En 1997 visitéel edificio del Ex Arzobispado enTacubaya –ubicado sobre Av. Observatorio-, la Mapoteca Orozco y Berra en el mismo sitio y el Restaurante Casa Merlos que está a la vuelta de la manzana sobre lacalle Victoriano Zepeda ysimplemente recorriendo y observando las casas y las fachadas me sorprendióleer en una placa negra con letras doradas “Estación Sismológica de Tacubaya” UNAM. No imaginaba lo queencontraría detrás de un simple portón de herrería negra.

El Sr. Alonso Trejo Ibarra abrió la puerta,al sitio y a sus recuerdos. Sin conocerme, me invitó a tomar un café con lechey pan dulce delicioso en compañía de su esposa.Deinmediato comenzó a contar la historia del lugar que por décadas había estadocuidando y de la maravillosa historia de la Estación Sismológica que había registrado todos los Sismos de la Ciudadde México y del País desde 1910 hasta el terremoto de 1985, cuando seconstruyeron nuevas instalaciones en la UNAM.

Lamaquinaria alemana, los documentos históricos y la singular arquitectura seguiríanintactos, resguardados y protegidos por él hasta su muerte, algunos años mástarde.Él mismome platicó entre otras cosas, de las ‘banquetaspara enamorados’ en Tacubaya, dondesólo cabía la pareja abrazada, y del lecherodejando los garrafones de vidrio en el escalón de la puerta sin que nadie losrobara de ahí.

A sumuerte, quedó el sitio en total abandono y pensé que era una lástima que ningúnciudadano lo conociera y que estuviera de puertas cerradas al público general.Siempredecía que era un lugar que debía de convertirse en Museo de Sitio y que sus puertas debieran de estar abiertas.
Hoy, el recinto está completamente restauradopor la UNAM, y se ha realizado una museografía especial para mostrar todaslas maravillas del sitio y de la profesión.
Este 5 de septiembre de 2010, se abren al públicogeneral nuevamente sus puertas para celebrar sus primeros 100 años.

Tengoel gusto de compartir con ustedes un escrito que realizó el Dr. Manuel Mena –gran conocedor delsitio e impulsor de su rescate con quien estuve en contacto a raíz de suinminente restauración-; escrito que estoy segura ampliará su interés porconocer el Museo.      


LA ESTACIÓN SISMOLÓGICA CENTRAL DE TACUBAYA: 100 AñOS
Museo de Desastres Geofísicos y Geológicos  

MANUEL MENA JARA
Instituto de Geofísica, UNAM
mena@geofisica.unam.mx  

La Estación Sismológica Central de Tacubayaes parte importante del patrimonio histórico y científico del país. Seencuentra enclavada en una zona de gran trascendencia para la historia deMéxico, ubicado entre el edifico colonial del ex arzobispado, el edificio delobservatorio meteorológico, el museo cartográfico y la Preparatoria 4.  

Antecedentes
El primero de abril de1904 se reunieron en Francia representantes de dieciocho países, entre ellosMéxico, con el fin de crear la Asociación Sismológica Internacional y mejorarla instrumentación sísmica a nivel mundial. Para cumplir con los compromisos adquiridosen esa reunión, el Gobierno mexicano decretó, en ese mismo año, la fundacióndel Servicio Sismológico Nacional(SSN).

Comoprimer paso se planteó la instalación de la Estación Sismológica Central de Tacubaya, la cual se empezó aconstruir a partir de septiembre de 1908, en el extremo noreste delObservatorio Astronómico Nacional y fueinaugurada como parte de las fiestas del Centenario el 5 de septiembre de 1910
Para suconstrucción se tomaron en cuenta las principales características de losobservatorios sismológicos más adelantados de su época y se le dotó deinstrumental de punta en el campo de la sismología de principios del siglo XX. 

Laestación de Tacubaya consta de: eledificio que servía como oficina, que en sí mismo constituye un monumentoporfiriano que vale la pena conservar, y dos pabellones construidos exprofesopara albergar una colección de sismógrafos. De hecho, siete de estos todavía están en operación y constituyen probablemente el sistema másantiguo de América, que ha operado por mayor tiempo y de forma continua. Como ejemplo, basta mencionar el sismógrafo “Wichert”,de fabricación alemana, con una masa de 17 toneladas, que hasta donde sabemossólo quedan dos en el mundo

Toda esta red, incluyendo la Estación Centralde Tacubaya, quedó a cargo del InstitutoGeológico Nacional, dependiente de la Secretaríade Minería y Fomento, y en 1929 pasó a ser parte de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), quedando adscritaal Instituto de Geofísica a partirde 1948
Al ser la sede del SSN, en el aspectoinstrumental, administrativo y de investigación, en las instalaciones dela estación se encontraba depositado, además del instrumental citado, todo el acervo de sismogramas existente enel país, lo que constituye lahistoria sismológica de los últimos 100 años.

Actualmente estos documentosse encuentran debidamente resguardados en la Biblioteca de Ciencias de la Tierra en Ciudad Universitaria de la UNAM.

REMODELACIÓN DE LA ESTACIÓN SISMOLÓGICA DE TACUBAYA 
Como semencionó anteriormente, es indudable que la Estación Sismológica de Tacubayaconstituye un elemento valioso de la ciudad, de la Universidad y de la historiade la ciencia en México; su rescate y puesta a disposición de los universitariosen particular y de la sociedad en general debe inscribirse dentro del rescatepatrimonial y cultural de la ciudad y del país.  

A partir de ello hemos transformado la antiguaestación sismológica en un espacio cultural y de usos múltiples, en el cualpuedan coexistir tanto un “museo vivo” como salas de exposición y cursos oconferencias
. Esto último significa convertir este centro en un espacio en el que podamos recordar, deuna manera interesante, la vulnerabilidad de esta ciudad y del país a fenómenosde tipo sísmico, volcánico o geológico

Finalmente,la ubicación de la estación, al poniente de la Ciudad de México, abre unamagnífica oportunidad para formar uncomplejo cultural en esta parte de la ciudad, avocado a las ciencias de latierra, con la inclusión de la EstaciónSismológica de Tacubaya, la unidad temática entre el Museo de Cartografía, el ObservatorioMeteorológico Nacional y las facilidades del Instituto Panamericano deGeografía e Historia

Asimismose proporciona a los expertos un lugar ideal para organizar: diplomados, congresos o una plataforma parael intercambio de opiniones sobre la naturaleza de los desastres y las técnicasde mitigación de los mismos
Paraconmemorar el centenario de la EstaciónSismológica Central de Tacubaya, el Institutode Geofísica de la UNAM, inaugura la exposiciónde Instrumento Geofísicos 1910-2010
5 de septiembre del presente año a las 12:00 del día.
CalleVictoriano Zepeda Núm. 53,
Col.Observatorio
Del. MiguelHidalgo[Atrás dela prepa 4]       

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MARÍA BUSTAMANTE HARFUSH
Cronista de la Delegación Miguel Hidalgo
maria_tau@prodigy.net.mx

Our Cities Ourselves [Nuestra ciudad, Nosotros mismos] es una exposición que muestra la visión de 10 fascinantes ciudades vistas desde el punto de vista de 10 arquitectos líderes en el mundo. Ciudades que han dado pauta en cuanto a transporte sustentable y que son un terreno fértil para futuras transformaciones.

Son además ciudades donde el Instituto de Políticas del Transporte y del Desarrollo [www.itdp.org.mx] trabaja actualmente, en países como Argentina, Colombia, Estados Unidos, India, Sudáfrica, etcétera, las cuales tienen el potencial de crear una transformación urbana que les es necesaria. Ciudades en desarrollo y con una expectativa de gran crecimiento urbano para los próximos 20 años, que tienen hoy la oportunidad de evitar los errores cometidos por ciudades ya desarrolladas, como la dependencia al auto que se da en las ciudades de Estados Unidos.  

Se eligió un despacho para cada ciudad que tuviera un conocimiento cercano de la ciudad y que plantearan una propuesta innovadora de diseño urbano, haciendo énfasis en el transporte sustentable. Los resultados combinaron creatividad y pragmatismo y mostraron que es posible diseñar una ciudad para nosotros mismos.  

En el caso de México, el proyecto lo desarrolló desde hace varios meses el grupo arquitectura 911sc [www.arq911.com], quienes me contactaron en Febrero de 2010 para saber más de la zona de Tacubaya, sitio elegido para elaborar una propuesta visionaria, donde a partir de retomar aspectos importantes de su historia, urbanismo, arquitectura y medio ambiente, pudieran generar un proyecto donde con elementos puntuales que pudieran aplicarse actualmente, signifiquen un cambio positivo para la zona hacia el 2030.  


Tacubaya, con su grandiosa historia e importancia durante siglos, es quizás el poblado mas  avasallado por el crecimiento de la ciudad de México. A pesar de ser considerado un sitio paradisiaco, donde se construyeron hermosas casas de campo durante el siglo XVIII, XIX y XX; a partir de 1950 comienza una acelerada decadencia y destrucción de su centro principal.
La construcción de la Línea 1 del Metro Tacubaya que fue como una bomba que destrozó la traza urbana original, la plaza y el portal de Cartagena; la tala de los fresnos sobre la Calle Real, hoy Avenida Jalisco y la ampliación de la Calzada Tacubaya y del Calvario, hoy Vasconcelos y Revolución; los pasos a desnivel en Av. Observatorio, Constituyentes, Parque Lira; el desorden -latente desde hace décadas- del paradero de autobuses, taxis y metro; el transcurrir diario de más de 100 mil personas por ese nodo caótico; el ambulantaje y el mercado; el entubamiento de los ríos Becerra y Tacubaya -hoy Viaducto-, nos dan idea de la gran transformación que sufrió esta zona que se debate entre ser la residencia oficial del Presidente del país y a la vez una de las colonias más conflictivas e inseguras de la ciudad.

La propuesta busca resolver ésta problemática al realizar una gran plaza sobre las principales vialidades y las salidas del Metro Tacubaya. Con ello se busca revitalizar las calles, creando espacios adecuados para peatones, ciclistas, autobuses y metrobuses. Se propone edificar también una estación multimodal que concentre los distintos medios de transporte alrededor del Metro Tacubaya, generando a su alrededor espacios para caminar, plazas para estar y líneas de rodamiento para bicicletas.

A través de estas vistas digitales, podrán apreciar algunas de las ideas planteadas como el reverdecimiento de algunas calles, el ordenamiento peatonal y vial –autos, bicicletas y metrobuses-, la colocación de bolardos para la conformación de plazas y pasos peatonales claramente definidos y señalizados, la construcción de equipamientos adecuados que den vida y seguridad a la zona circundante a la gran plaza planteada, mobiliario urbano ordenado y limpio, entre otros.

Créditos: Agradezco la facilitación de la información aquí mostrada a José Castillo, Akemi Sato y Xavier Treviño de arquitectura 911sc e ITDP México. Our Cities Ourselves 
Esta expuesta de Junio 24 a Septiembre 11, 2010 Center for Architecture
536 LaGuardia Place, NY, NY 10012
(212) 683-0023
Lunes a Viernes: 9am a 8pm
Sabado: 11am a 5pm http://www.ourcitiesourselves.org/index.php/exhibition/city/mexico_city/  

     
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MARÍA BUSTAMANTE HARFUSH
Cronista de la Delegación Miguel Hidalgo
maria_tau@prodigy.net.mx

Breviario: Giselle Leyva Petit me contactó para solicitarme alguna información que pudiera orientarla en la investigación que ha estado realizando al editar las memorias de su bisabuela –Doña Carlota Morales del Río-.

El libro se titula “El Eco de Mi Vida: Mirada de una Dama Porfiriana a la Transición Revolucionaria”. Doña Carlota, se casó a finales del siglo XIX con un reconocido médico de Tacubaya, el Dr. Fernando Ortega, y contaba que “le llamaban el San Rafael de Tacubaya porque en su botica recibía de manera gratuita a ‘los pobres’ de Tacubaya y les regalaba las medicinas. Él murió en la primera década del XX y miles de personas vinieron a su funeral con el corazón entristecido”. Si el que lee estas líneas sabe algo más al respecto que pueda serle de utilidad, no deje de escribirle a su correo electrónico adjunto.
 
Quiero agradecerle a Giselle el interés que tiene de compartir a través de éste medio su conocimiento y las anécdotas familiares a través de un extracto del libro, el cual como podrán apreciar va construyendo la micro historia que todos queremos saber de Tacubaya.
                                                          Atentamente  María Bustamante Harfush

GISELLE LEYVA PETIT
Invitada Especial
gisleyva@bgc.com.mx


Carlota Morales del Río [1873-1967] y su marido, el Dr. Fernando Ortega Muñíz



“…En otras palabras, había madurado, había sufrido y ansiaba orientar a otras mujeres indefensas a salir avante ante las vicisitudes de la vida, con sus propios méritos. Llevada por este sentimiento y con el apoyo amplísimo de Fernando,[1] trabajé incansablemente para que el Congreso de Madres -al que pertenecía y que estaba formado por un grupo de damas de la sociedad de Tacubaya-, tuviera un completo éxito.
 
Expuse un proyecto a las mencionadas damas y éstas me prestaron su apoyo para recaudar fondos y crear un “asilo” diurno para los hijos de los obreros, a fin de que pudieran dejar a éstos bien cuidados durante las horas de trabajo.
Secundado mi proyecto por la mayoría de las señoras del Congreso, se formó una especie de Comité Local, encargado de organizar una kermés con fines benéficos que resultó -por lo animada y lo novedoso de sus puestos-, lucidísima y, además, muy productiva para nuestros fines.

Puedo decir, sin jactancia alguna, que sin darme cuenta, fui la precursora, con mi idea, de las “guarderías” infantiles que hoy en día, gracias a Dios, funcionan en la mayoría de las dependencias gubernamentales e instituciones privadas.
 
El hermoso parque[2] donde tuvo efecto la fiesta se llenó por completo de numerosa y brillante concurrencia, deseosa de divertirse y de contribuir a la vez con su óbolo al éxito de la benéfica institución a la que se destinaba. Virginia Fábregas fue invitada por nuestro Comité, con objeto de que representase una obra que atrajera más público y en el salón teatro que se instaló, se verificó la actuación de tan eximia actriz.

Lució su talento y conquistó grandes aplausos por haber tomado parte, de modo tan noble, en la benéfica kermés. Llamó mucho la atención del público la novedosa idea de que la ornamentación de los puestos de confeti era de acuerdo con el color de los papelitos que se vendían….
 
…Días más tarde, fuimos un grupo de señoras a darle las gracias a Doña Carmelita Romero Rubio de Díaz,[3] Fundadora del Congreso de Madres de la Casa de la Obrera, que no pudo asistir a la kermesse pero envío su óbolo, habiéndome correspondido a mí el honor de tomar la palabra a nombre de la Sociedad de Madres, para explicarle los fines a que se destinaría dicho evento.

Mis palabras fueron publicadas en la Revista “Arte y Letras”, con halagadores conceptos.”
 
[1] Se refiere al doctor en cirugía Fernando Ortega y  Muñíz, quien se casó con Carlota cuando ella quedó viuda a los 28 años con 6 hijas. De ese segundo matrimonio nace la abuela Chabela, quien redactó las notas que le fue dictando su madre para hacer este libro y que ahora Giselle Leyva Petit ha transcrito e ilustrado.
[2] Pudiera referirse a la Alameda de Tacubaya y a los hijos de los obreros de la zona, como un primer proyecto.
[3] Esposa de Don Porfirio Díaz.

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MARÍA BUSTAMANTE HARFUSH
Cronista de la Delegación Miguel Hidalgo
maria_tau@prodigy.net.mx



Esta mañana han desfilado ante mis ojos cientos, miles de Niños Dios vestidos de inimaginables maneras.  Es 2 de febrero y el atrio del Convento de Santo Domingo en Tacubaya se ha convertido en una pasarela de los más bellos y antiguos Niños Dios de la ciudad. Sobre sus baldosas de piedra van y vienen mujeres y hombres buscando la bendición para su Niño Dios en la Iglesia de la Candelaria.   Ésta tradición ha permanecido admirablemente por siglos, de generación en generación.  Me tocó ver el caso de una pequeña niña cargando su propio e individual Niño Dios de cartón vestido como soldadito, una joven con el suyo de plástico con pañal y telas blancas, la madre portaba uno de pasta envuelto en un rico ropaje de seda color azul brillante y el de la abuela tenía más de 125 años en su familia, era el más pequeño, de madera y estaba vestido suavemente con franela de color verde pastel.  
Los hay de todos tipos: tradicionales, vestidos como bebés recién nacidos, los hay futbolistas, apaches y con telas desde colores amarillos, verdes, rosas y blancos con lentejuelas.   He retratado los más bellos rostros.  Algunos, recobran vida en su propia perfección.  Hubo una persona que me contó que el suyo hacía travesuras.  Cuando llega a casa “se quita sus zapatitos y se acurruca en un lugar que le gusta”.  Era verdaderamente el niño Dios más vivo que vi.  Su rostro dormido, fácilmente puede ser confundido con un niño real recién nacido.  

Aunque se celebra en otras zonas de la ciudad, es aquí en donde la tradición se convierte en ritual.  Todas las personas que llevan Niños Dios, los cuidan con esmero, los cargan de manera sagrada y con un dejo de familiaridad.  Pareciera en todos los casos que llevan bebes recién nacidos y que como tales requieren de ese cuidado.  Algunos los acurrucan en sus brazos, los tapan y luego los descubren para que los demás veamos su bello rostro.   Todos sin excepción están orgullosos de tenerlos y de seguir la tradición.  Se preparan para esta visita.  Algunos llegan caminando, son del barrio, de las colonias aledañas, pero otros llegan en Metro y en Taxi de zonas lejanas.   Si uno se detiene un poco, podrá observar cómo la zona se llena de Niños Dios.  Los ves cruzando las calles, la Avenida Revolución, saliendo de un auto, sentado en alguna banca, acostado sobre alguna barra, andando por la banqueta.   Al final, se congregan en pequeños grupos alrededor de la Virgen de la Candelaria, la cual está profusamente decorada alrededor con flores alegres.  El Padre de vez en cuando los une como ramos y les lanza agua bendita a todos, purificando el acto, es entonces cuando todos los Niños Dios son levantados para alcanzar una gota. 

La celebración ha culminado, unos se van y otros siguen llegando.   Es día de fiesta y ahí, a un costado de avenida Revolución se nota.  Hay inmensos puestos con flores frescas de alelí, blancas, violetas, moradas, para entregar a la Virgen.  También hay puestos de pan de pueblo recién elaborado, un puesto de tamales oaxaqueños, atole de arroz y buñuelos grandes con miel o azúcar y uno se olvida de que está en la Ciudad de México, a un lado de una transitada y ruidosa avenida y simplemente se deja llevar por la música de banda que es tocada bellamente por invidentes en el claustro del Convento Dominico del siglo XVI más hermoso que existe.   Es día de celebración.  El pueblo y Dios están unidos.  Es día de La Candelaria en Tacubaya.

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MARÍA BUSTAMANTE HARFUSH
Cronista de la Delegación Miguel Hidalgo
maria_tau@prodigy.net.mx


                                “Levanto mis ojos hacia Ti y te veo dulce y risueño;      
              convidándome a abrirte mi corazón y a contarte todas mis amarguras.
              ¿Me oyes querido Niño? El corazón me dice que sí.

El Santo Niño de las Suertes, duerme apacible junto a la ruidosa avenida de Tacubaya: Observatorio. En el número 72 se encuentra el Convento del Dulce Nombre de María y Bernardo, y ahí en una pequeña y acogedora capilla se alza al centro un nicho de madera perfectamente iluminado; el fondo de terciopelo rojo está forrado con cientos de milagritos dorados: medallas, espadas, corazones, brazos, piernas, niños, santos y vírgenes, obsequiados por los agradecidos destellan su luz al Santo Niño. La cama donde descansa el Santo Niño está perfectamente tendida.  Se trata del modelo a escala de una antigua cama de latón y su colcha, hermosamente bordada con encajes. Él reposa su cabeza de manera un tanto incómoda sobre sus manos, las cuales están apoyadas sobre un cráneo humano que nos observa.

El Niño duerme, pero escucha. O al menos eso parece, le hablan niños, padres, jóvenes y ancianos. Le rezan, lo besan, tocan el vidrio que lo protege en señal de súplica y de agradecimiento. Dice la gente que es milagroso, a decir por todos los regalos que le dejan: pelotas de plástico, carritos, globos, todo para que un niño juegue y sea feliz.
El Santo Niño está por cumplir el primer domingo de enero 204 años y sería un buen momento para que te acerques a conocerlo en su fiesta.

Cuenta la historia que en 1806, cerca del poblado de Tlalpan, iban dos misioneros cuando escucharon en medio de la nada el llanto de un pequeño. Cuál fue su sorpresa al darse cuenta que yacía un niño desnudo de pocos meses entre los matorrales, al tomarlo en sus manos se hizo el milagro, pues el pequeño niño quedó transformado en el mismo que vemos hoy en día en el Convento ubicado en Tacubaya. Se dice que al mismo tiempo, brotó un manantial de agua en la hacienda “San Juan de Dios” Tlalpan, al cual se le dio el nombre desde entonces de “Ojo del Niño”. Los sacerdotes al ver que el Santo Niño era una maravilla y un caso insólito al estar unido a una calavera que le sirve de almohada, fueron a presentárselo al Ilustre Señor Arzobispo Don Francisco de Lizana Beaumont, “que al recibirlo con mucha devoción, quedó estático y dijo: ¡Oh misericordia de Dios! ¡De cuántas maneras te muestras a los hombres y cuán grande es tu bondad; puestas unidas la naturaleza divina con la humana.”[1]
El primer pensamiento que le vino a la mente al Arzobispo fue donar esta aparición a las Religiosas del Convento de la Purísima Concepción, sin embargo, al consultarlo con el Cabildo, convinieron en que se rifara para que fuera el propio Santo Niño quien escogiera a cuál de todos los Conventos quisiera ir. De la suerte echada debe su nombre. El primer Convento que salió en la rifa fue el de San Bernardo. Sin embargo, el Señor Arzobispo pidió que se repitiera nuevamente el sorteo y volvió a salir San Bernardo. El Arzobispo pidió que se volviera a realizar la rifa sacando de la caja, la papeleta donde venía escrito el de San Bernardo, debido a la suma pobreza en que se encontraban las religiosas de ese Convento y por esa razón pensaba que era mejor que el Santo Niño fuera a dar a manos de otra Comunidad que pudiera darle sustento con menos problemas económicos. Pero, otro milagro más confirmaba el suceso de la aparición del Santo Niño, pues al hacer por tercera ocasión la rifa, salió con letras doradas: “Bernardo.Viendo el Prelado que por tercera ocasión y de manera tan prodigiosa, decidió mandar la figura con las religiosas de ese Convento, no sin antes entregarles diversas Indulgencias. Las Religiosas Bernardas recibieron este tesoro “como un don del cielo” y llenas de gratitud han procurado sostener su culto con el mayor empeño. Basta con visitar su morada para apreciar el gran esfuerzo y la dedicación que las madres del Convento realizan para que la gente pueda visitarlo.

Actualmente, son menos de 30 las “madres contemplativas” que habitan la antigua casa de Tacubaya. Su labor principal es cuidar al Santo Niño de las Suertes –el cual ha estado con ellas por más de dos siglos- y que su particularidad a decir por la Madre Teresa es que a diferencia de “las otras órdenes religiosas, las cuales se encargan de hablar al hombre de Dios, ellas en cambio -a través de la oración-, le hablan a Dios del hombre”, a eso nos dedicamos desde 1540, cuando se estableció en México el convento de la Concepción, el cual fuera el primer convento de clausura en toda América Latina. Para subsistir, tienen una pequeña tienda con veladoras, estampas del Santo Niño, milagritos, rompope, buñuelos, nueces garapiñadas, nueces con chocolate, y muchas otras delicias de Convento. Con eso, apenas logran mantener la casa que habitan, la cual por los años cada vez requiere de mayor atención. Durante años han estado ahorrando para edificar una digna iglesia para el Santo Niño y un nuevo Convento cerca de Xochimilco. Su idea es vender su actual Casa-Convento en Tacubaya para poder sufragar los gastos que representa realizar el otro proyecto.
Para nosotros como tacubayenses, nos gustaría que el Santo Niño no se fuera de aquí y las hermanas tampoco. Uno se acostumbra a que las cosas no cambien de lugar y las personas tampoco. Sería ideal que pudieran mantener ambas propiedades y nos dieran el privilegio de seguir conservando al Santo Niño y verlo dormir apaciblemente mientras sigue haciendo milagros.

Diciembre 2009.

[1] Pequeño panfleto que realizaron las religiosas del Convento del Dulce Nombre de María y Bernardo. Av. Observatorio No. 72, Tacubaya, México, DF.

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La revolución y la paz

CASA DEL PARQUE LIRA, 1930. De la Fototeca del Instituto nacional de Antropología e Historia.
MARÍA BUSTAMANTE HARFUSH
Cronista de la Delegación Miguel Hidalgo
maria_tau@prodigy.net.mx

Algunos meses previos a 1910, solían reunirse las familias de abolengo y aquellas con altos puestos del gobierno de Porfirio Díaz para planear las festividades y los proyectos que se desarrollarían -como hoy en día- para la celebrar el Centenario de la Independencia Nacional.

Una sociedad vestida a todo lujo, se reunía en las exclusivas mansiones y casonas con mansardas, pináculos y grandes portones para organizar nuevos eventos y negocios en torno al tema de la Independencia, incluso dejaban de viajar al extranjero con tal de cumplir con el deber de estar presentes en las fiestas del Centenario.

Uno de estos importantes proyectos se quería desarrollar en Tacubaya, específicamente en la propiedad del Parque Lira, información poco conocida, la cual quedó impresa en un pequeño boletín promocional -obsequio de un querido compañero y Cronista de Churubusco- y en donde se narra todo el proyecto para un nuevo Club Nacional de México.

En el folleto destaca una página en donde dice “De no menor importancia que el fin social es el moral y patriótico que anima al Club. Se propondrá celebrar las grandes festividades nacionales como uno de sus fines patrióticos. Aproximándose el Centenario de la consumación de la independencia, nada más apropiado para la solemne conmemoración de ese acontecimiento glorioso que presentar a la faz del mundo y a la de la patria en particular, un espectáculo de unión, de solidaridad y de concordia de los mejores elementos de nuestra sociedad. Para entonces, la obra del Club, tanto social como materialmente, habrá llegado a su pleno desarrollo y ninguna ocasión mejor que ésta para hacer su solemne inauguración.”  Sin embargo, todo esto no llegaría a materializarse ni social, ni físicamente, la Revolución Mexicana había estallado y coartado todo intento de celebración. En Tacubaya como en el resto del país, 1910 fue un año de reflexión más que de festejo.
IMAGEN DEL FOLLETO DE PROMOCION. Circa 1909.
Del Archivo del Cronista de Churubusco, Lino Lebrija

El proyecto quería desarrollar en ese hermoso espacio un hotel con todas las comodidades modernas como “baños, calefacción, teléfono”, etc. el cual ocuparía la antigua casa -hoy demolida- del Conde de la Cortina en los terrenos que hoy conocemos como el Parque Lira con sus seis hectáreas, desde donde se podía observar en “lontananza el prodigio del valle de México y los volcanes majestuosos al oriente”; se edificaría un teatro de verano, un boliche, bungalows, invernaderos, mesas de lawn tenis, cenadores, salones de baile, restaurante, lagos, fuentes, estanque, miradores, cuevas y grutas para el juego de los niños.

Además, ofrecerían servicios como “peluquería, peinadoras, masage (con ‘g’), manicuras, etc. Los hombres de negocio podrían enviar correspondencia postal, telegráfica e inalámbrica para todas las partes del mundo y estar al corriente de las cotizaciones de Bolsa de cualquier centro financiero, y habrá un cuerpo de taquígrafos y mecanógrafos para quienes deseen.”

El hotel, sin servir precisamente de sanatorio, tendrá condiciones inmejorables para el recobro de la salud alterada por la fatiga y por tráfago de la vida de negocios, para aquellas convalecencias que pidan aire libre y emociones gratas, al mismo tiempo que un ambiente social exquisito.”

Para acceder al parque desde la Ciudad de México, se promocionaban servicios de auto-camiones propios del Club y también recordaban la existencia de trenes eléctricos que tenían un ramal hasta la entrada principal. Y anunciaban el arreglo y la pronta terminación de dos calzadas para automóviles.

En el salón de lectura se encontrarían los periódicos y las revistas de todo género del país y del extranjero.” Y también procuraban todo un plan para la cultura física a través de gimnasios, una academia de equitación, una escuela de tiro, natación, golf, patines, botes y canoas. Y para las damas sugerían actividades más acordes como la floricultura, avicultura, apicultura, piscicultura, hortalizas, etc.

El folleto se imprimió con el fin de llevarlo a cabo para conmemorar el año de 1910 y es un proyecto que quedó suspenso como muchos otros que hubo.

La revuelta poco a poco se comenzó a encender. Para algunos, sólo sería una “llamarada de petate”, “una tormenta que no tardaría en amainar” y que la paz o al menos “el regreso de Don Porfirio Díaz parecía inevitable” hasta que la Revolución Mexicana se hizo inminente y los grandes planes que se estaban fraguando de último momento tuvieron que ser suspendidos.

Las noticias que llegaban a la Capital del incendio de algunos  ingenios, del descarrilamiento de un tren en Zacatecas, la inminente presencia de los revolucionarios acechando cada vez más cerca la Capital y el exilio de Díaz a Francia hicieron que muchas familias del Gabinete Presidencial emprendieran solidariamente la huida. Algunos a Europa, otros a Estados Unidos, pero todos con la idea de pasar tan solo unos días en sus casas de campo en otros países. Se creía que sería algo pasajero y que pronto volvería a restablecerse la paz; que retomarían sus puestos políticos y empresariales nuevamente, pero no fue así. Los “huarachudos y sombrerudos” como clasificaban a los campesinos en lucha, fueron tomando al país.

Como lo relata Carlos Fuentes en su libro “La región más transparente” las familias de abolengo fueron perdiendo sus tierras, sus haciendas pasaron a otras manos, pero mantenían la esperanza de volver y retomar sus puestos dignos, con la misma clase con la que habían dejado su tierra. Años después, cuando la calma había vuelto, algunas familias buscaron regresar a México en los años veinte y treinta y volvieron a sus casas de ensueño. Algunas estarían tal cual las dejaron al cuidado de sus sirvientes, otras estarían completamente en ruinas, deshabitadas o transformadas.

Ahí mismo, Doña Lorenza Díaz de Ovando –personaje de la novela- dice que “las casas de sus conocidos se habían transformado en pastelerías, las caballerizas estaban en ruinas y la de Don Rodolfo era ahora un Centro Social Español. Sus conocidos son ahora contadores, comerciantes, agentes viajeros y al que bien le va es profesor de historia”.

La casa de Los de Ovando y de tantas otras familias de abolengo se fueron fraccionando, “primero el jardín, para que construyeran unos libaneses sus apartamientos; luego la caballeriza, para unos abarrotes; por último la fachada de la casa, lo salones, la planta baja, para una tienda de modas.” Cuatro piezas o habitaciones es todo lo que les queda…

Ahora bien, sí hubo proyectos para celebrar el Centenario de la Independencia de México, que llegaron a finalizarse e incluso a inaugurarse en días previos al 15 de septiembre ya que con gran antelación, por mandato del entonces Presidente Porfirio Díaz, se comenzó la edificación de diversos Palacios de Gobierno, de Comunicaciones, Educación y Cultura e importantes Pabellones que nos distinguían en las Ferias Universales.

Dentro de las construcciones menos conocidas, está el edificio del Servicio Sismológico Nacional en su Estación Sismológica Central, inaugurado el 6 de septiembre de 1910 por el Secretario de Estado y del Despacho de Fomento, Colonización e Industria a un costado del Observatorio Astronómico Nacional,[1] ambos ubicados en las Lomas de Tacubaya. (Ver imagen en Galeria de Fotos)

Estos edificios de equipamiento impulsados durante el periodo porfirista, marcaron una nueva época de investigación y civilización. El Sismógrafo de Tacubaya es único en su tipo y todavía a finales del siglo XX su fina máquina alemana seguía funcionando a la perfección, registrando los sismos que aquejaban a la Ciudad de México. 

A partir del sismo de 1985, se edificó una nueva central en la UNAM y la Estación de Tacubaya pasó al abandono, sólo una persona sabía cómo arreglar la máquina -Don Alonso Ibarra Trejo-, quien vivió y resguardó el recinto hasta la fecha de su muerte. Actualmente el edificio original está siendo restaurando para convertirlo en museo de sitio, lo cual representa una gran oportunidad para apreciar su arquitectura, instrumentos e historia.

Antes de 1910, había una cierta paz, los jardines, las casas, los carruajes y vestidos, todo era fiesta y algarabía; con la revolución nuestro país, nuestra ciudad, sus casas y Tacubaya cambiaron.

Al terminar la lucha, regresó nuevamente la paz, pero las casas, las personas ya eran diferentes. Hoy en día estamos celebrando 200 y 100 años respectivamente, nuestro país está en paz, pero todo lo demás está revuelto. ¡Que viva Tacubaya! ¡Que viva México!

[1] Observatorio construido en las Lomas de Tacubaya en 1884, el cual estuvo considerado a la altura de los mejores del mundo y donde quedaron registrados eclipses lunares, solares y distintos planetas. También en 1920 se fijó que desde ahí se emitiera la hora nacional (tomando como base la de la Capital) y fuera transmitida telegráficamente a todos los Estados de la República. Ésta sede permaneció hasta 1963 cuando debido a la visibilidad del cielo se planteó su reubicación a la Estación en Tonanzintla, Puebla.) Pocos años después se levantaría en su lugar la actual “Prepa 4”.
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EL CASO DE TACUBAYA

PORTAL DE LAS FLORES. Fue demolido al ampliar la Avenida Revolucion a 8 carriles.
Fotografía Archivo de la Fototeca del Instituto Nacional de Antropología e Historia.
MARÍA BUSTAMANTE HARFUSH
Cronista de la Delegación Miguel Hidalgo
maria_tau@prodigy.net.mx

La zona de Tacubaya es uno de los casos más dramáticos en la historia de nuestra ciudad. De ser una zona paradisíaca e idílica, a donde la gente iba a refugiarse por gozar de mejor clima y de todas las fortunas de la tierra: agua, ríos y cascadas, árboles, frutos, vegetación, lagos, casas de campo, una de las mejores vistas de la cuenca de México, en tan solo veinte años sufrió una gran devastación.

Desde los años sesenta comenzó la cuenta regresiva de su deterioro.  Se demolió sin ton ni son, el Portal de Cartagena, edificación localizada en la Plaza del mismo nombre.  En su lugar se hicieron las modernas salidas del Metro Tacubaya, sin conservar el mas mínimo trazo y aquellas características que por siglos le habían dado identidad y se había reconocido como el centro de la población.  Fue como una gran bomba que se expandió y de la cual aun no se ha podido recuperar.

Se demolió el Portal de las Flores, que a su vez marcaba el acceso a la Alameda de Tacubaya.  En su lugar quedo la expansión a ocho carriles de la Avenida Revolución.

Se demolieron los Portales de San Juan y de La Magdalena a donde la gente iba a tomar el agua desviada del río de Tacubaya.

Se tiraron los árboles de fresno que grandes se alzaban en la Calzada Real, y que llevaban de la Capital hacia Toluca y Michoacán.  Hoy es la avenida Jalisco.  Físicamente no queda ni rastro de lo que era, ni el nombre se salvo.

Los lagos artificiales que tenían las grandes casas y propiedades privadas se fueron rellenando para construir sobre estos, y el que queda en el Parque Lira, esta seco desde hace muchos años. Uno sirve para jugar ‘a las trais’ y el otro tramo sirve de pista para los ‘patinetos’.

De todas las grandes casas que había en las Lomas de Tacubaya, se cuentan con los dedos de la mano las que quedan en pie.

En 1997, el Gobierno del Distrito Federal a través de la SEDUVI, comenzó una catalogación de los monumentos históricos y artísticos que había en la zona.  Una zona delimitada erróneamente por algunas principales avenidas.  Ahí, tuve la oportunidad de participar y resultaron 284 edificaciones con valor patrimonial.  Sin embargo, tras 10 años de esto,  ni siquiera esta catalogación ha servido para frenar la destrucción constante de casas y edificios que forman parte de la historia de Tacubaya y de nuestra ciudad.  Por mencionar tan solo un par de ejemplos, cito una edificación de gran importancia y originalidad como la Casa de los Perros en la calle de José Ceballos que fuera una de las pocas casas que conservaba su torreón mirador y una fachada única en toda la ciudad; y otras de menor factura como la ubicada en Observatorio 52 fueron prácticamente destazadas, dejando solas, las fachadas vacías y mutiladas. 

Por otra parte, recientemente se hizo la revisión al Programa Delegacional de la Miguel Hidalgo y en el había al menos dos importantes colonias que no estaban consideradas como Zonas Patrimoniales: San Miguel Chapultepec (SMCH) y Polanco. Esta revisión nos dio la oportunidad de trabajar una propuesta para que se consideraran ambas Zonas Patrimoniales debido al gran número de edificaciones con valor arquitectónico, histórico o artístico. En SMCH mas de cien edificaciones lo confirmaban y en el caso de Polanco mas de trescientas.

Aun la Asamblea Legislativa no ha autorizado la versión final, y por lo tanto no se han aprobando estas dos modificaciones, sin embargo, mientras no sean consideradas Zonas Patrimoniales correrán aun mayor riesgo de transformarse ante la demolición constante de su patrimonio construido.
OBSERVATORIO 52. Casa demolida por completo en su interior. Solo se conservo la fachada principal.
Fotografía tomada por la Cronista en Mayo de 2008.
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La Arq. María Bustamante Harfush, Cronista de la Miguel Hidalgo, Tacubaya, nos invita a ver los siguientes videos en www.youtube.com

El triángulo de Tacubaya, Historia del cine Hipódromo Condesa
Video del Instituto Mora sobre el Edificio Ermita. Arquitectura e historia.

Proyecto Luis Barragán
La Casa Gilardi. Bellas imágenes de esta casa única, ubicada en San Miguel Chapultepec.
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MARÍA BUSTAMANTE HARFUSH
Cronista de la Delegación Miguel Hidalgo
maria_tau@prodigy.net.mx

MOLINO DE SANTO DOMINGO. El primer molino de trigo en América.
Fotografía tomada por la Cronista en 1997.
Debido a los caudales de los ríos que bajaban del Desierto de los Leones y de Santa Fe y sobre todo a las caídas de agua del río de Tacubaya, se hizo posible el establecimiento de más de siete molinos de trigo en sus lomas. Los torrentes de agua movían las grandes ruedas de piedra que molían el trigo.

El camino hacia los molinos se daba por la actual avenida Observatorio, calle principal de Tacubaya. Por ese camino de tierra y piedras, los vecinos iban con sus mulas y carretas cargadas de trigo para llevar a la molienda.

Hacia 1524 “fue el propio Hernán Cortés quien se adjudicó por primera vez las lomas de Tacubaya, instalando las más antiguas moliendas de trigo al aprovechar las ‘heridas del molino’ (caídas de agua), que había en las barrancas de ese lugar y que formaban el río que se llamó después de Santo Domingo”[1]

Sin embargo, al marcharse Cortés a España en 1528 por mandato real, los oidores de la primera Audiencia encabezados por Nuño de Guzmán, ocuparon todos los molinos montados por el conquistador.

Existen diversos documentos que confirman que la construcción de estos molinos perjudicó mucho a los pobladores de Tacubaya, ya que tuvieron que trabajar arduamente en su construcción y provocó el despojo de agua para el poblado, con la cual vivían y regaban sus sembrados.

Para 1571, Nuño de Guzmán contrae una gran deuda con la Caja Real y se vio obligado a vender su molino y las tierras cercanas a los religiosos del Convento de Santo Domingo, nombrándolo así desde entonces.

Para fortuna de los Dominicos, el establecimiento del Convento de Santo Domingo al pie de las Lomas de Tacubaya y la compra de los Molinos  se da prácticamente en los mismos años, siendo para ellos una gran oportunidad para mantener y proveer sus diversos conventos edificados como el de Azcapotzalco, Tacubaya y San Ángel. Y confirma la teoría de que al establecer un convento buscaban la manera de hacer una industria agrícola o de otra índole, dependiendo de las características del sitio para arraigarse entre la población y mantener sus conventos.

Una vez dueños de esas tierras, “los padres dominicos construyeron otros molinos, como el de San José, agrandaron el Del Portal (luego conocido como Molino Grande), edificaron las trojes de Santa Rosa y de San Cristóbal, y la capilla (que a la fecha existe), plantaron olivos y un jardín: construyeron también varios depósitos de agua.”[2]  Todavía se siguió utilizando el molino con una rueda Pelton, hasta que fue suspendido en 1952 por el entonces Jefe de Gobierno (Regente) Uruchurtu.  A pesar de los diferentes propietarios que tuvo posterior a los Dominicos, los “linderos, bardas y cuartos de las diferentes dependencias de la finca eran los mismos hasta 1970.”[3]

Desafortunadamente hoy en día no queda ninguno de los molinos de Tacubaya en funcionamiento. Los que quedan en pie están ocupados por otras dependencias y tienen otros usos y ninguno quedó como museo o simplemente como un espacio abierto al público que magnificara la importante empresa que se llevo a cabo en Tacubaya por más de cuatro siglos.

Varios fueron demolidos con el paso del tiempo y otros como el de Belén de las Flores lo ocupa todavía el Ejercito para guardar uniformes; el de El Rey lo ocupan como oficinas del Gobierno Federal; el de Santo Domingo lo compraron algunos particulares para hacer ahí sus espectaculares residencias haciendo un exclusivo conjunto difícil de visitar. De esta manera, estas importantes edificaciones son hoy en día prácticamente desconocidas para la mayoría de los ciudadanos.

Yo los invito a conocer los espacios que nos legaron los Dominicos que vinieron a México hace ya casi cinco siglos; a que nos acerquemos más a nuestra historia y a que la valoremos.

[1] Desentis y Ortega, pp.4, citado dentro del articulo de Martha Delfin de Sáez titulado: EL MOLINO DE SANTO DOMINGO EN TACUBAYA, en la revista Tacubaya Vieja, Vol. 2, No. 16, mayo-junio de 1994, pp.4-5.[2] Desentis y Ortega, Op. Cit., p. 5.[3] Desentis y Ortega, Op. Cit., p. 6.
TROJE DE SANTO DOMINGO. Actualmente existe un proyecto para convertirlo en viviendas exclusivas.
Fotografía tomada por la Cronista en 1997.

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MARÍA BUSTAMANTE HARFUSH
Cronista de la Delegación Miguel Hidalgo
maria_tau@prodigy.net.mx

CONVENTO DE SANTO DOMINGO. uno de los conventos mas antiguos de America, ubicado sobre Av. Revolucion, frente a la Alameda de Tacubaya.
Del Archivo personal de la Cronista; Fototeca del INAH
LOS DOMINICOS LLEGAN A LA NUEVA ESPANA

Los primeros en llegar fueron los Franciscanos en 1523, pero para 1526 llegaron los frailes predicadores de la Orden de Santo Domingo y finalmente en 1533 los Agustinos. Este lapso de dos años fue determinante para que los Franciscanos ocupasen los mejores territorios de la Nueva España, pues no tenían ninguna otra orden con la cual “competir”.

Los primeros frailes Dominicos llegaron a la Nueva España en 1526 y desembarcaron en el puerto de San Juan de Ulúa. Desde 1508 habían querido enviar a algunos frailes pero los superiores de los conventos no los querían dejar partir porque creían que el número de miembros de sus conventos se vería fuertemente disminuido.  En 1510 vinieron únicamente tres frailes provenientes del Convento de San Esteban en Salamanca y años más tarde llegaban cinco frailes más.

Los Dominicos primero se hospedaron con los Franciscanos, pero al poco tiempo se trasladaron al terreno donde edificarían el Convento de Santo Domingo en lo que hoy es el Centro de la Ciudad de México. De los dieciséis frailes que llegaron, cuatro murieron por enfermedad al poco tiempo y varios más se quisieron regresar a España pretextando enfermedad. Así tres frailes dominicos dieron inicio a tan grande empresa: Domingo de Betanzos, Gonzalo Lucero y Vicente de Las Casas.

Siendo tan sólo tres no era fácil comenzar a evangelizar y sobre todo a dispersarse. No llegaban los refuerzos de frailes e inclusive les dieron el hábito a varios españoles para poder incrementar a sus integrantes.

En España los prelados dominicos se rehusaban a enviar más frailes a América, por los peligros y las necesidades.  Sin embargo en 1527 se otorgó el permiso para que los frailes vinieran a América y hubo una gran demanda  de religiosos que solicitaban venir. Tras extensos viajes, enfermedades y malas condiciones sólo algunos alcanzaban a llegar.  Para 1531, contaban ya con cincuenta  religiosos Dominicos.

En una primera etapa, las diversas órdenes se reunieron para organizar sus planes de acción y eligieron los lugares para la fundación de sus conventos, la cual se dio inicialmente de manera desordenada y posteriormente se fijaron condiciones de distancia entre conventos para evitar problemas de jurisdicción.

LOS DOMINICOS SE ESTABLECEN EN MEXICO

Al principio, los Dominicos se concentraron en la región central del país: México, Puebla y Morelos, después fue necesario ubicarse más lejos para no competir con otras fundaciones religiosas. Establecen conventos en la región Mixteca, en los Valles Centrales, en la Sierra de Oaxaca, zonas que administraban de manera exclusiva. Posteriormente se establecieron en Chiapas, Guatemala y Nicaragua.

En menos de setenta y tres años, los Dominicos establecen cincuenta y ocho conventos. En lo que hoy conocemos como la Ciudad de México establecieron siete: el de la Ciudad de México (1526), Coyoacán (1528), Azcapotzalco (1540), Tláhuac (1554), Mixcoac (1562-1578), Tacubaya (1578) y San Ángel (1599).

LOS DOMINICOS EN TACUBAYA

Fue de esta manera como la dominación novo hispana estuvo fuertemente ligada a la fundación de pueblos bajo el poder de los religiosos llegados de España: Agustinos, Franciscanos y Dominicos principalmente. La repartición del territorio se realizó con fines evangélicos, siendo los Dominicos, los encargados de adoctrinar a los indígenas de Tacubaya.

En 1548 se expide una cédula en donde se requería de la construcción de monasterios en los pueblos de indios “…así hubieren tres religiosos en la zona se llegaban a hacer, humildes y moderados”[1] siendo los mismos religiosos quienes dirigían las obras y los indígenas quienes las realizaban.

A pesar de la gran magnitud de estas obras, es de notar que no había arquitectos en toda la Nueva España.  Las construcciones se hacían conforme a planos y dibujos elaborados en España y en dos años ya se habían realizado, por parte de las tres órdenes, más de setenta conventos.

A pesar de la existencia de dichos planos, los elementos naturales del sitio eran los que establecían las reglas para la construcción de dichos monasterios: “Ocasionalmente cuando los frailes deseaban urbanizar poblaciones localizadas a orillas de grandes depósitos de agua, la tradicional traza de parrilla, con su rigurosa centralización y extensión radial, resultaba inoperante.”[2] Tal es el caso de Tacubaya, en donde la plaza y convento central, quedaron totalmente aislados por el paso del río Tacubaya y las construcciones siguieron el curso de este.

Esto nos indica claramente que “…con el propósito de crear una comunidad cristiana, los frailes construían no solo una iglesia, sino todo un núcleo urbano, con sus dependencias y una actividad agrícola e industrial acorde con la población del área.”[3]

El primer establecimiento de los dominicos se dio al iniciar la construcción de la Parroquia de la Candelaria en 1556, sobre las ruinas de un antiguo templo consagrado a la Diosa Hihuacóatl, de donde viene el nombre de Xihuatecpa, que quiere decir: ‘el Palacio de la Señora’. Su fundador, Fray Lorenzo de la Asunción –quien también edifico el Convento de Azcapotzalco y el de Yautepec-, no solo cristianizó el lugar respetando su significado original, sino que  levantó otro palacio a la Reina del Cielo en su misterio de la Purificación,”[4].

Como en la mayoría de los pueblos indígenas del Valle de México, este antiguo templo se encontraba al centro de la población, en la intersección de las calzadas. Por lo que la disposición urbana indígena se consideró bastante adecuada, y por lo tanto, más fácilmente adaptable que los modelos europeos contemporáneos. Poco a poco los indígenas fueron levantando sus chozas alrededor del templo y con el tiempo, abandonaron ‘los altos de Tacubaya’ en el sitio conocido como Coamacatitlán, conformando así  lo que mas tarde seria la Villa de Tacubaya.

Las épocas que comprenden de 1560 a 1570, así como de 1590 a 1600, son consideradas como las de mayor actividad constructora de los padres dominicos en Tacubaya.  Esto se explica debido a que en 1570 llega una segunda doctrina dominica a San José de Tacubaya. “…y antes del fin del siglo se habían fundado dos más: Santo Domingo Mixcoac y San Agustín de las Cuevas.”[5] Finalmente, dos siglos después, en 1752, fueron secularizados todos los monasterios de la Nueva España, con excepción del de Tacubaya, el cual quedó en manos de los dominicos hasta 1756.

El convento de Santo Domingo es uno de los más antiguos de América y uno de los más bellos ejemplos de arquitectura religiosa.  Su distribución es similar a muchos de los que edificaron en el país. Sin duda se basaban en los mismos planos y tenían como antecedente los conventos que habían estado construyendo.  Todos cuentan con su claustro, hermoso patio de bellas proporciones, la capilla generalmente orientada de oriente a poniente con su coro. Todas sus construcciones presentan un mismo sistema constructivo.

Sus fachadas eran de una gran elegancia y simpleza. Son poco decoradas, sin embargo, igual se pueden encontrar piedras de cantera finamente decoradas con la fecha de construcción y los barrios indígenas que participaron en su construcción como se puede observar en las esquinas de los arcos del claustro en Tacubaya o en conventos en el estado Morelos.

Sorprende que habitantes de la ciudad y aún más, que residentes de Tacubaya no conozcan este espacio. ¿Cuántos hemos circulado a su costado, ya sea caminando o en auto por la Avenida Revolución y no sabemos de su existencia?

El convento con su iglesia y atrio, esta frente a la Alameda de Tacubaya poco antes del Viaducto. Así escondido, sigue conservando por siglos su arquitectura y sus tradiciones como el día de la Candelaria en donde cada 2 de febrero se reúnen cientos de Niños Dios, vestidos de diversas formas, para recibir la bendición año con año, acompañados de tamales y flores que tapizan la banqueta.
[1] De Gante, Pablo C., LA ARQUITECTURA DE MEXICO EN EL SIGLO XVI, Editorial Porrúa, SA., 2ª. Edición, México, 1954, p.23.[2] Kubler, George, ARQUITECTURA MEXICANA DEL SIGLO XVI, Traducción por Roberto de la Torre, Graciela de Garay y Miguel Ángel de la Torre, México, Fondo de Cultura Economica, 1984, p. 93.[3] Kubler, George, Op. Cit., p. 90.[4] Romero, Fray Fernando, Notas sobre la fiesta del Templo de la Candelaria en Tacubaya, TACUBAYA VIEJA, Ano 1, No. 4, febrero 1993, p. 10.[5] Gerhard, Meter, MEXICO: 1742, Geografía Histórica de la Nueva España 1519-1821, Traducción de Stella Mastrangelo, UNAM, Instituto de Investigaciones Históricas e Instituto de Geografía, VI, México, 1986, p. 103.
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MARÍA BUSTAMANTE HARFUSH
Cronista de la Delegación Miguel Hidalgo
maria_tau@prodigy.net.mx

Fotografia: Archivo personal del Arq. Manuel Berumen Rocha,
Cia. Mexicana Aerofoto, S.A. 5949.

Al principio, todo era nomás puro campo, plano y tendido. Un par de ríos se deslizaban por sus costados y una suave loma se alzaba al fondo, allá por donde se esconde el sol. Por el otro lado, a lo lejos, la ciudad de México parecía flotar sobre un gran espejo de agua.

Solo se escuchaba el viento, un gallo perdido, el trinar de los pájaros escondidos en las copas de los árboles, grillos invisibles cantando sin cesar y se intuía el pasar de algunos habitantes a través de parajes de tierra, piedras, plantas silvestres y arbustos acomodados al azar. Riachuelos corriendo y saltando aleatoriamente por los bordes de tierra zigzagueantes que les iban indicando su destino.

Ahí, donde todavía no había nada construido, se fueron estableciendo poco a poco tejavanes, ranchos, haciendas y molinos de diversos propietarios que acabarían por bautizar con su propio nombre a las futuras colonias como “Anzures”, “Polanco” y “los Morales”.

Ya había quién cuidara la tierra y poco a poco fueron domando su paisaje. Sobre el campo, se fueron trazando nuevos cuadros de colores con distintos cultivos, como si fueran colchas con distintas texturas entrelazadas. Le dieron de beber a la tierra fértil encauzando los ríos existentes a través de canales rurales y les dieron un nombre: al del lado Norte se le llamó “San Joaquín” –hoy Circuito Interior- en honor al Templo de los Carmelitas Descalzos ya establecidos a su lado desde el siglo XVI y al del lado Sur se le conoció como el “de Polanco” o de “los Morales” –hoy Campos Elíseos- en honor a sus antiguos propietarios del siglo XVII y XVIII.

Se comenzaron a trazar caminos de tierra para acceder a los sembradíos de alfalfa, trigo y maíz, y se plantaron a sus costados árboles de eucalipto, sauces llorones, cedros y pinos que aún podemos ver en avenidas como: Ejército Nacional, Masaryk y Horacio respectivamente. Sin embargo, difícilmente podían haber imaginado en lo que se convertirían “las tierras de los Morales”.

El campo acababa de adornarse con una bellísima hacienda con molino y capilla. Vacas, gallos, puercos, todos convivían privilegiados por estar ahí.

A mediados del siglo XIX y principios del siglo XX, se vislumbraba ya un importante cambio en la propiedad de la tierra. Se intuía ya un crecimiento forzoso de la Ciudad de México sobre todo hacia el poniente.  El aumento de la población, los nuevos medios de transporte, los planes porfiristas de expansión y desarrollo hacían evidente el cambio drástico que sufriría el paisaje de los alrededores y la excelente oportunidad de negocio que existía al fraccionar en lujosas y modernas colonias los terrenos de cultivo.

Así como La Condesa, La Teja y Nápoles, la hacienda de Los Morales vendió una primera sección en 1938, y tuvo un éxito tan rotundo, que en pocos años se desarrollaron cinco secciones más a su alrededor. El paisaje se transformó en una forma increíblemente rápido, como una olla de palomitas reventando. Al mismo tiempo se iban rellenaban los predios con casas excelsas, modernos edificios residenciales e importantes fábricas de la ciudad de México: La Colgate-Palmolive, Chrysler, Grupo Modelo, etc. haciendo una curiosa combinación entre el campo, la ciudad, las fábricas y los panteones. Más allá, no había mas nada. Así el Polanco que hoy conocemos, había surgido.
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MARÍA BUSTAMANTE HARFUSH
Cronista Delegación Miguel Hidalgo
maria_tau@prodigy.net.mx

CASA EN CAMPOS ELISEOS 69. La cual fue demolida para construir un edificio.
Fotografía proporcionada por Fernando Cruz.
Polanco destaca por su ubicación, singular traza urbana y arquitectura. Los mismos fraccionadores de la “Hipódromo Condesa”, Raúl A. Basurto y José G. de la Lama vieron el potencial de desarrollar una exclusiva colonia sobre los terrenos de cultivo de la Hacienda de Los Morales. Por convenio con el Ayuntamiento de Tacubaya –hoy Delegación Miguel Hidalgo-, debían de ceder el 55% por ciento del terreno libre para espacios de embellecimiento y proveer de todos los servicios de infraestructura y equipamiento, con lo cual dejaron constancia de unas de las mejores propuestas de urbanismo que tenemos en la ciudad de México.

Sus límites naturales han sido el Bosque de Chapultepec al Sur, dejando como borde natural entre ambos el río de “Los Morales” –hoy Campos Elíseos y Darwin-; al Norte un paseo para cabalgar –hoy Ejército Nacional-; al Poniente el “Ferrocarril a Cuernavaca” y la loma de la colonia “Lomas de Chapultepec” y al Oriente la propiedad de “Anzures” y la calzada que conectaba Azcapotzalco con Tacubaya –hoy Mariano Escobedo-.

Su traza surgió del respeto a la naturaleza, siguiendo los caminos que ya dividían los campos de cultivo, bautizando las calles con nombres de importantes filósofos, escritores y políticos. Dejaron los árboles de eucalipto ya centenarios y los sauces llorones que tapizan el campo mexicano. Plantaron nuevas líneas arboladas con pinos y le dieron dignidad a los caminos de tierra, haciendo avenidas con camellón al centro como “Horacio”.

Aunque existen 3 parques, destaca el parque central -hoy Lincoln-, mejor conocido como parque “Del Reloj” o de “Los Espejos” donde se destaca la torre del reloj, los espejos de agua tan socorridos para las regatas de veleros a escala, la pajarera y un extraordinario escenario al aire libre que lleva el nombre de “Ángela Peralta”. Pero también, se diseñó especialmente el mobiliario urbano para toda la colonia. Se construyeron bancas con jardineras y letreros en placas de cemento, tabique y mosaicos de Talavera anunciando el nombre de la calle o educando a los habitantes el amor y el respeto a su entorno.

Al inicio, se estableció un Reglamento con todas las premisas para el diseño de las casas en un mismo estilo conocido como “neo-barroco” o “colonial californiano” por ser una mezcla entre el barroco existente en el Centro Histórico y las casas norteamericanas de los años veinte en California. Se pretendía tener un mismo código para crear la armonía que tuvo en un origen y funcionó.

En todas las casas prevalecían los mismos elementos: jardín alrededor, barda baja y decorada, torreones con techos de teja, balcones y ventanales con cantera y herrería sumamente elaborada, pórticos de entrada y escaleras espectaculares al interior. Las casas que estaban en torno al parque parecían gemelas, primas, hermanas. Durante décadas éste fue el estilo predominante y parecía una gran escenografía que reflejaba el auge económico que vivía el país.

Fue tal el éxito de venta de la primera sección de Polanco que se desarrolló aun antes que “Lomas de Chapultepec” -la cual había iniciado su desarrollo años antes-, y pronto se fraccionó en 4 secciones más, sobre todo el terreno que quedaba libre.

Se podría contar su historia a través de su arquitectura, ya que más de 500 obras de importantes arquitectos del siglo XX están aquí, en Polanco, terreno fértil también para que se construyeran entre 1940 y 1960 las casas y los edificios más modernos y funcionales. Por poner tan solo algunos ejemplos cito a Vladimir Kaspe quien construyó casas y edificios significativos para la historia de la Arquitectura en México como el edificio en Wallon 433; Mario Pani con el Conservatorio Nacional de Música y bellísimos edificios como el que se encuentra en Privada del Bosque; Francisco Serrano con el “Pasaje Polanco” sobre Masaryk y más de 40 edificios habitacionales como el de Emilio Castelar 107; Abraham Zabludovsky con varios edificios habitaciones siguiendo las nuevas tendencias europeas, como el edificio en Campos Elíseos 199 y Horacio esquina Schiller.

El urbanismo y la arquitectura son sin duda los que le han dado un carácter único a Polanco, el cual debe de ser difundido y protegido. Todavía en el 2008, no se ha logrado delimitar como Zona Patrimonial digna de preservarse, lo cual ha provocado una fuerte destrucción de su entorno. Durante los primeros años del siglo XXI, se registró la demolición más grande de casas que tenían un especial valor histórico y arquitectónico, las cuales han sucumbido ante la presión inmobiliaria, la falta de cultura arquitectónica y la poca apreciación de nuestro patrimonio. Pero sabes qué? Todavía tenemos un Gran Patrimonio en Polanco, conservémoslo.
Escrito por publicarse en el libro Polanco: Mosaico de Memorias a cargo de Margareth Djaddah y Mónica Unikel.
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HUGO A. CARDOSO VARGAS
Cronista de Festividades
hugov@servidor.unam.mx

ARBOL DE LA NOCHE TRISTE EN LA CALZADA DE TACUBA EN POPOTLA, 2007.
Fotografía de María Bustamante Harfush
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El paso del tiempo, así como la inexis­tencia de fuentes documentales fidedignas, propician que entre la historia y la leyenda se obscurezcan los fronteras. Uno de los ejemplos donde es­tos elementos se entremezclan es justamente el que se refiere al célebre Árbol de la Noche Triste. Porque una es la tradición y otra la verdad; por lo menos en lo que se refiere al sitio en que se supone lloró Hernán Cortés la derrota del 30 de junio de 1520. 

Hernán Cortés abandonó México-­Tenochtitlán el 20 de mayo de 1520 para enfrentar a Pánfilo de Narváez, enviado del gobernador de Cuba y dejó a Pedro de Alvarado al frente de las huestes españolas y sus aliadas indígenas. Cegado por su visión europea y, tal vez, azuzado por los tlaxcaltecas, Alvarado vio como un inminente peligro para la seguridad de sus soldados el que en el Templo Mayor se empezara a concentrar gran cantidad de indígenas. Lo que en reali­dad sucedía, era que los mexicas y demás grupos se preparaban para participar en los festejos relativos a Toxcatl, dei­dad correspondiente al quinto mes del calendario civil indígena. Casi al finalizar la celebración, Alvarado no sopor­tó más y cometió uno de los más grandes genocidios que registre la historia. 

Después de esa artera agresión, los espa­ñoles se refugiaron en el Palacio de Axayácatl, aposento donde estuvieron des­de su llegada a México. Desde ese día, el Palacio fue motivo de constantes ataques por los aztecas. 

A Cortés se le informó de lo que sucedía en el Anáhuac, pero como no terminaban las negociaciones con Narváez debió detenerse más de lo previsto en Veracruz. Por fin, llegó a la ciudad de México el do­mingo 24 de junio. La aparición de Cortés en el Palacio debió ser impactante. Con el gran espíritu que le caracterizó para sacar provecho aún en las situaciones más adversas, redobló las me­didas de seguridad y buscó romper el cerco; sus varios intentos fracasaron por la persistencia de los indígenas. 

En tales condiciones, Cortés empezó a preparar la salida por la Calzada de Tlacopan para llegar a tierra firme y se­guir hasta Tlaxcala, donde esperaba ser recibido y auxiliado por sus aliados. Decidió huir la no­che del 30 de junio de 1520. Los mexicas sabían que la salida más próxima al Palacio de Axayácatl era por la Calzada de Tlacopan o Tacuba; por ende, desde el inicio del sitio destruyeron varios de los puentes o canales que en distintos sitios inte­rrumpían la calzada. Sabedor de las cualidades de la calzada –como única vía de escape- y de las pre­tensiones de los indígenas de cortarles el paso, Cortés se dedicó a construir con la madera del palacio, puentes portátiles que vendrían a sustituir esos cortes. Así, el camino que recorrería por la Calzada lo salvaría porque no ten­dría ninguna interrupción. 

En tanto, Cuitláhuac –gran tlatoani y jefe supremo del ejército azteca-, apoyado por Cuauhtémoc, (no son las estaciones del Metro) planeó rendir a los espa­ñoles por medio del hambre y la sed, Incluso llegado el caso, pensaba exterminarlos en un com­bate definitivo. Tan pronto oscureció ese 30 de junio, la actividad en el palacio fue febril Cortés daba órdenes para terminar los puentes portátiles y todo lo que se llevarían sin olvidar organizar al ejército español (a su cargo) y sus aliados indígenas. 

Una vez concluidos todos los dispositivos, Cortés dispuso que la caravana estuviera dividida en tres cuerpos. La vanguardia, con los puentes y las armas, al mando de los capitanes Gonzalo de Sandoval y Diego de Ordaz y su misión consistía en restaurar las condiciones del camino y evitar el asedio de los indígenas. La parte central, donde se concentraban los tesoros y demás bienes materiales, estaba custodiada por el propio Cortés, ayudado por Alonso de Ávila y Cristóbal de Olid, mientras que la reta­guardia, que se encargaría de rechazar cualquier ataque de los indígenas, estaba al mando de Juan Velázquez de León y Pedro de Alvarado.

Pasaron sin problemas los primeros tra­mos, pero cuando la retaguardia logró salvar el primer corte o canal llamado de Texpalzinco, colocado en el cruce de las actuales calles de Tacuba y Eje Central fueron descubier­tos, se afirma, por una mujer que dio la voz de alerta. Al poco tiempo, la retaguardia fue atacada sin cuartel por los mexicas. El combate se prolongó hasta el siguiente corte, denominado de los Toltecas, que correspondería a la calle de Zarco y Paseo de la Reforma, donde la lentitud de la marcha y la prisa por salir del sitio, provocaron que se diera el más fiero de los combates. Las pérdidas de ambos lados fueron elevadas. 

Cuando llegaron a la altura de la actual avenida de Buenavista, la desorganización era evidente. Las órdenes no se respetaban, todos querían salvarse. Así pues, la tropa continuó su marcha pre­cipitada. Desde luego que aún en los límites del lago, los cuauhtlis y sus co­rreligionarios, dirigidos por Cuitláhuac y Cuauhtémoc, continuaban su persecu­ción propinando bajas entre los fugados. 

En tales condiciones se ha aceptado, sin ninguna prueba, que el sitio donde está el sabino conocido como "el Árbol de lo Noche Triste" en el antiguo barrio de Popotla, cerca de la villa de Tacuba, fue el lugar en que Hernán Cortés lloró la cruel derrota. Pero no es posible esta situación, por las siguientes razones: En primer lugar, cómo explicar que los efectivos de Cuauhtémoc y Cuitláhuac hayan suspendido su per­secución. Sin duda el ejército indígena no podía olvidar la muerte de tantos aztecas, de sus parientes y amigos caídos en manos de los españoles La actitud debió ser, en este caso, no sólo de coraje sino de verdadera indignación, que reclamaba lo venganza y sólo podría concluir con la muerte de los asesinos. Por eso, no pa­rece coherente un retiro prematuro a sólo 5 mil 700 metros de distancia del sitio del que salieron los españoles. 

En segundo lugar, el que Cortés deci­diera reposar en este sitio representaría un grave error estratégico, porque aparte de los que le perseguían desde México-Tenochtitlán, sin duda, los indígenas que se encontraban en Tacuba y Azcapotzalco, se iban a unir en contra de los españoles. Por lo que el exterminio era evidente, cosa que no sucedió. En tercer lugar, de acuerdo a las fuentes históricas se menciona que Cortés llegó a un sitio elevado y la pregunta inmediata es dónde hay en Popotla un cerro o cualquier otra elevación natu­ral o artificial (claro la Iglesia no cuenta). La respuesta es definitiva: no existió ni existe. En cuarto lugar, el sitio denominado por los cronistas como Otoncapulco, sin poder ser localizado definitivamente, está muy le­jos de ser ubicado en la zona de Popotla. Ante esto, la conclusión se hace evidente. No está a 5 mil 700 metros del Templo Mayor, o del Zócalo actual, el Árbol de la Noche Triste.

Pero, entonces, ¿dónde está el verdadero árbol de lo Noche Triste? La respuesta se hace evidente: en Naucalpan, y concretamente en los límites del pueblo de San Juan Totoltepec. El sitio exacto es, según la conseja popular del lugar, el lado derecho del llamado Río Chico de los Remedios, en una vértice complementado por la bar­da de la escuela primaria y la calle que lleva al pueblo, o la derecha del módulo de policía que está colocado en la glo­rieta del lugar. Las razones para esta afirmación, que no se agotan en la tra­dición oral del lugar, obedecen a las siguientes argumentaciones. En primer lugar, el hecho de que entre el Templo Mayor, o Zócalo, y este lugar existan un poco más de 14 kilómetros explicaría el por qué los mexicas abandonaron la persecución. La gran distancia, los constantes asedios al Palacio, la vigilancia día y noche y la inevitable confrontación noc­turna, hacen suponer un agotamiento de los aztecas. Pero no puede ser una razón suficiente para no haber atacado a los fugados de la ciudad. Además, algunas fuentes dicen que en Tacuba los mexicas fueron relevados por voluntarios de Tenayuca y Atzcapotzalco, cuyo ardor e interés por exterminar a los europeos no era similar al de los mexicas. 

En segundo lugar, está el hecho de que esta zona, la de San Juan Totoltepec era dominio de los otomíes, seguramente los mexicas y sus aliados no deseaban enfrentarse ya no sólo a los europeos y sus seguidores; sino además a los otomíes al invadir sus territorios. 

Hay que recordar que en San Juan Totoltepec se encontraba la frontera entre los integrantes de la Triple Alianza y sus tributarios los otomíes. Esto se comprue­ba, además, porque fueron los otomíes los que proporcionaron ayuda a los españoles por medio de sus caciques. Gracias a esta ayuda, se facilitó la salida con rumbo a Tlaxcala, donde se hicieron preparativos para el ataque final contra la capital del Imperio Mexica. En esta zona de San Juan se encuentra una elevación que correspon­de al llamado Cerro de los Remedios, en cuya cima se localizaba un adoratorio que además servía de observador desde el cual se veía la frontera entre otomíes y aztecas. Con el Cerro de los Remedios se inicia uno serie de elevaciones que dividen el Valle de 'México del Valle de Toluca; además existe la corriente de agua que debió refrescar a una maltrecha y sedienta muchedumbre. 

Para finalizar, debe recordarse que con­forme a la tradición, en este sitio fue donde Juan Rodríguez Villafuerte guardó la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe, que había acompañado a los europeos en su recorrido por tierras de Mesoamérica. Imagen que más tarde dio origen al santuario de Nues­tra Señora de los Remedios, santa, venerable y patrona de la ciudad de México. 

Por ende, sólo se puede llegar a una conclusión: el Árbol de lo Noche Triste está en San Juan Totoltepec y no -como se supone- en Popotla.

 
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