Fotografía proporcionada por Edgar Anaya Rodríguez
En junio de 1942, durante la Segunda Guerra Mundial,
las tropas nazis habían invadido Checoslovaquia. El día 10, en la aldea
de Lídice, situada a 20 kilómetros de Praga, la capital, concentraron a
todos sus habitantes -unos 500- separaron a hombres, mujeres y niños; a
los hombres -alrededor de 200- los fusilaron, a las mujeres y a muchos
de los niños -los que no podían ser reeducados y germanizados- los
enviaron a campos de concentración para su exterminio. La aldea de
Lídice fue dinamitada, desaparecieron casas, escuela, iglesia,
cementerio y carretera, e incluso desviaron el arroyo y borraron el
nombre del pueblo de los documentos y mapas alemanes. Acabaron con todo
vestigio, en venganza porque los checoslovacos habían matado a balazos
a Reinhard Heydrich, uno de los principales dirigentes nazis, jefe de
las policía secreta y representante de Hitler en Checoslovaquia.
Tan
pronto se conoció la noticia en el mundo, Lídice se convirtió en un
símbolo de la lucha contra el nazismo. En nombre del presidente de los
Estados Unidos, el secretario de Marina envió un mensaje a los nazis
cinco días después: “... no han exterminado ustedes Lídice, le han
dado vida eterna, le han dado un nombre que siempre vivirá en los
corazones y en las mentes de la gente libre. Lídice vive y vivirá de
nuevo...”.
Posteriormente, periódicos y revistas de los
Estados Unidos iniciaron una campaña entre sus lectores para que de
alguna forma renaciera el pueblo destruido. Se decidió entonces cambiar
el nombre de la población de Stern Park, Illinois, por el de Lídice. Varios países siguieron el ejemplo, entre ellos México.
Dos
meses y medio después de la masacre, el 30 de agosto de 1942, se
realizó una ceremonia en la escalinata de la Escuela Superior de
Guerra, ubicada en el pueblo de San Jerónimo, delegación Contreras. El
entonces secretario de Gobernación, Miguel Alemán, en representación
del presidente Manuel Ávila Camacho, agregó Lídice, para perpetuar en México la memoria de la pequeña aldea borrada del mapa. Desde entonces se llama San Jerónimo Lídice.
En la ceremonia se escuchó a control remoto, desde Washington, la voz
de Henry Wallace, vicepresidente de los Estados Unidos, quien expresó
felicitaciones por el hecho.
El entonces regente de la Ciudad
de México, Javier Rojo Gómez, hizo una declaratoria: “Hoy, 30 de agosto
de 1942, en el corazón mismo de la patria mexicana, la pequeña ciudad
de Lídice renace. De acuerdo con los poderes que las leyes mexicanas
conceden, declaro que el nombre de la Villa de San Jerónimo, D. F., es
adicionado a partir de hoy, con el de Lídice, que en los idiomas checo y eslovaco se traduce como casa del pueblo. ¡Viva Lídice!”.
Cada año se recuerda en San Jerónimo Lídice
al pueblo exterminado de la entonces Checoslovaquia (se han hecho
películas acerca de este hecho) con una ceremonia que se realiza en una
plaza de unos 15 por 20 metros, situada a una cuadra de la Escuela
Superior de Guerra, inaugurada en 1975 y conocida como plaza Lídice,
Rosedal de la Paz, que se ubica en el cruce de las calles Corregidora y
Magnolia.
Se nombra Rosedal porque el parque que se
une al sitio donde se ubicó la aldea de Lídice con la población actual
del mismo nombre lo convirtieron en un hermoso jardín de rosales
enviados por gente de todo el mundo. El museo de Lídice, es un
monumento dedicado a las víctimas, la Flama de la Paz y una galería de
arte se encuentran ahora en el lugar de la tragedia.
En la
pequeña plaza Lídice de la Ciudad de México hay dos placas que
recuerdan el hecho; la inferior, hecha con azulejo pintado, dice:
“Lídice, lugar donde están sembradas vidas, de cuya sangre nacieron
rosas, las que con sus perfumes ahogaron el fuego de las más cruentas
armas. A cuarenta y tres años de distancia. México, D. F., 22 de junio
de 1975”. La placa superior, metálica, dice lo mismo pero agrega
después un párrafo aclaratorio: “Con esta placa se propone la
permanencia del mensaje abajo inscrito. Delegación Magdalena Contreras,
10 de junio de 1993”. Una placa ovalada de “Talavera” que dice “Plaza
Lídice” está colocada sobre el muro del fondo. La barda que delimita y
la jardinera circular están hechas con piedra negra volcánica. Entre
este muro y la jardinera están dos astas para banderas, la de México y
la de República Checa. La jardinera, circular, está inclinada, con su
lado norte más alto que el opuesto, con rosales sembrados en su
contorno y una escultura de alambre grueso en el centro que representa
a un ser humano alzando su brazo izquierdo y volteando la cabeza hacia
el cielo. Hay además en esta plaza con piso de adoquín tres jardineras
con jacarandas en las esquinas y un mural alusivo al tema de Ariosto
Otero, quien ha realizado varios de para colocarlos en diversos puntos
de la delegación.
Esta plaza solitaria cada 10 de junio a las
diez de la mañana se llena de gente y de vida. En el templete principal
se ubican el embajador en turno de la hoy República Checa y el delegado
en Magdalena Contreras, con sus respectivas esposas, funcionarios de la
embajada y de la delegación. Las mamás de los niños participantes y
algunos vecinos ocupan la sillería.
La ceremonia comienza con
los himnos y el izamiento de las banderas de ambos países, intervención
de la banda de guerra y el coro infantil, la escolta de alguna
secundaria -como la llamada “Lídice”-; enseguida los discursos, la
guardia de honor, el minuto de silencio por las víctimas y los números
artísticos: poesía coral, declamaciones, música. La Orquesta Infantil
de Percusiones de la delegación Magdalena Contreras (fundada en 1975),
toca desde 1984 en esta ceremonia canciones checas y mexicanas, y como
rúbrica “El barrilito”, pieza checa popularizada en México que hermana
a ambas naciones.