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Francisco Cázares Alvarado
Cronista de Iztacalco

Cuenta la tradición que corría el año de 1555-1560  cuando se estaba terminando de construir la iglesia y el exconvento Franciscano en este pueblo, venían por lo que fue el Canal de la Viga que antes era la acequia real, una trajinera con un grupo de personas, que llevaban  un bulto cubierto con un lienzo, que resultó ser una escultura del apóstol San Matías Apóstol, lo llevaban al centro de la Nueva España para repararlo, pero sucedió que al llegar frente a la iglesia y convento que se estaba construyendo en este lugar se desató una fuerte tormenta con bastante viento que obligó a ese grupo de navegantes a parar  su embarcación y bajar la imagen que traían a toda prisa para introducirlo a la iglesia.

El fraile que estaba al cuidado de dicha iglesia y convento, les franqueó el paso y colocaron su imagen abajo del altar. Cabe aclarar que esa iglesia y convento  iba a ser bajo la advocación del Sr. San Joaquín, que por cierto estaba en las primeras gradas del altar.
Cuando terminó la tormenta, el grupo de personas que traían al santo San Matías Apóstol  dieron las gracias al fraile por su hospitalidad y procedieron a llevar su imagen para proseguir su camino, pero grande fue su sorpresa cuando trataron de moverla y no fue posible, porque se hizo mucho muy pesada, tal pareciera como si estuviera pegada al suelo,  por mas intentos que hicieron no pudieron moverla.
El fraile que estaba a su lado quedó por unos momentos pensativo y le dijo a un vecino de dicho lugar que procurara levantar la imagen, inmediatamente dicho vecino con mucho esfuerzo logró levantarla, no bien había dejado la imagen en el suelo cuando las personas que traían la referida escultura se abalanzaron sobre ella para tratar de levantarla, pero no fue posible por su gran peso nuevamente adquirido.

El buen fraile le dijo a estas personas que traían la escultura que era una señal divina de que ella quería quedarse en ese lugar, que ya no hicieran ningún intento por llevársela de nuevo porque podría sobrevenir alguna consecuencia mala.
De inmediato el franciscano ordenó que se pusiera al nuevo santo en las gradas del altar y que como había un milagro en ese momento, iban a dedicar esa iglesia y convento a San Matías Apóstol bajando de inmediato a San Joaquín, ocupando su lugar el nuevo San Matías Apóstol y así fue como quedó  San Matías Apóstol como patrono del pueblo de Iztacalco.  

Como acotación mencionaremos que el pueblo hermano de Iztacalco es Zacatlalmanco, dedicado a Santa Anita como santa patrona, por lo que es conocida como Santa Anita Zacatlalmanco Huehuetl.  Santa Anita, esposa de San Joaquín, ambos padres de la Virgen María.

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Beatriz Ramírez González
Cronista de Iztapalapa
cronistabrg@msn.com


Son muchos los testimonios sobre el paseo de Viernes de Dolores en el Canal de la Viga, uno de ellos de Madame Calderón de la Braca, de 1840; otro de Luis González Obregón, de 1922, por ejemplo. Pero para recordar esa festividad en Santa Anita, reproduzco aquí la nota periodística que al respecto se publicó en 1925:

“Fue una fiesta de flores, de hermosuras, de sol y de folklore, la de ayer en la popular y tradicional Santa Anita. ¡Lástima que las disposiciones del Departamento de Tráfico hayan hecho deslucir los desfiles de automóviles, llenos de mujeres vestidas con sus trajes de Primavera! La alegría fue inusitada, intensa, y se inició, como es costumbre, desde mucho antes que amaneciera. Ya es tradicional que cuando el sol sale, el Viernes de Dolores, se encuentra en Santa Anita, todo lo que brilla de noche en los centros de alegría comprada, allá en el arrabal. En esos momentos, primeros del amanecer, tiene el pueblo legendario, matices y coloridos fuertes y muchas veces tristes. Van y vienen gentes trasnochadas que llevan en la cara huellas fortísimas de la última visita.

Por fortuna a las siete comienza el éxodo, la gente que no durmió va en busca del reposo y la verbena toma otro aspecto. La ciudad va volcando sobre la húmeda ribera del canal a la gente que vive más normalmente; por lo menos la que no se desvela. Sólo el esfuerzo del Ayuntamiento viene sosteniendo, de algunos años a la fecha, el entusiasmo por Santa Anita en estas épocas de las primicias primaverales.
La desaparición del canal, desde La Viga, ha contribuido poderosamente a matar la belleza de esta fiesta típicamente mexicana. Por fortuna, al reclamo de la Comuna, anunciando la celebración de concursos, respondió el entusiasmo juvenil y se pudieron ver sobre las aguas negras del canal algunas trajineras adornadas con flores y con banderas y que ocupaban gente alegre y mitotera que daba la nota de la fiesta por todos los sitios por donde pasaba. Y así fue como vimos las trajineras del Teatro Lírico y la del Sindicato Nacional de Autores.

Ocho o diez trajineras más, con algunas complicaciones de adornos y una serie de pequeñas canoas de alquiler, con sus toldos de petate y sus colgajos de papel de china multicolor. La nota, desde luego, la dieron las artistas del teatro de Medinas, era natural que así sucediera. Las chicas iban vestidas con los veinticinco centímetros de tela con que se cubren durante las representaciones nocturnas del “Ra-Ta-Plan”.
Y desde el puente de La Viga, hasta la tribuna que mandó construir el Ayuntamiento, para que la ocuparan los jurados, había sobre los bordes del canal, compacto grupo de gente, presenciando aquel desfile. Y naturalmente, la novedad, la clamorosa agitación de todos los espectadores y la corte de pequeñas trajineras que seguían a la mayor, determinó que el premio ofrecido por el Ayuntamiento se otorgara a las artistas del teatro aludido.
Sobre la carretera no se pudo obtener una nota de impresión. Solamente se vieron durante toda la mañana, automóviles, en su mayor parte desvencijados, trayendo a la gente cansada, asoleada y cubierta del polvo que regresaba del paseo. Los misterios de las disposiciones del Departamento de Tráfico, asesinaron la belleza de la fiesta, condenando a peatones y concurrentes en vehículos a no poder verse; los condenaron a no formar los grupos pintorescos y bellos que anualmente constituyen la verdadera fiesta de Santa Anita. Los del tráfico se excedieron también en el trato a las personas y escuchamos una continuada protesta contra las disposiciones y contra el léxico florido y perfectamente gendarmeril de los agentes y de sus oficiales.

Sólo en el corazón del pueblecito, donde la romería tomaba por momentos detalles de encantadora variedad, los paseantes pudieron juntarse a ratos. Muchas bandas militares establecidas desde la florida Jamaica, hasta Santa Anita, tocaban sin cesar. En Santa Anita el mitote y la alegría eran completas. Chinas, charros, mujeres “bien”, pueblo, turistas, paseantes vulgarones, vendedores de refrescos y de golosinas y de chucherías, todo formaba allí la nota de la fiesta.
Las amapolitas rojas morían quemadas por el sol, en las cabezas femeninas coronadas, como un homenaje... Bajo las sombras de los sauces reverdecidos, se establecieron, como antaño, los vendedores ofreciendo alelís, pensamientos, margaritas, claveles y la rica variedad de la flora de Xochimilco. Lechugas, apios, rábanos, cebollines y todo lo que en verduras producen las fértiles chinampas. ¡Había hasta mesas de ruletas y carcamanes, como en los buenos tiempos de la tolerancia del juego! -¡Grandes y chicos! ¡Mientras no venga el siete, todos ganan! ¡Pasen muchachos y muchachas! –gritaban los carcamaneros echando sobre el hule brillante de sus mesas, los dados sospechosos de “plomados”.

Corrió el pulque en todas direcciones, como un río desbordado; había músicos de todas clases, jaraneros, guitarreros y violinistas indígenas, tocando sus interminables melodías. Cantadores de fiestas enronquecidos y borrachos, desde la víspera. La policía iba y venía discretamente. Y todo aquel gentío interminable y multicolor, paseó bajo el sol quemante de la época, que descomponía su luz en mil tonos, a través de los colgajos de papel que cruzaban las calzadas, desde los Indios Verdes, hasta el arcaico Mexicaltzingo.

Los concursos no revistieron gran importancia. El concurso de charros no fue propiamente de hombres de a caballo, sino de hombres que se echaron encima elegantes blusas estilizadas y llenas de notas femeninas y pantalones ajustados. Había excepciones, naturalmente. Había hombría en los grupos, vistosos y elegantes y había gente bien sentada sobre magníficos caballos. Yo, de haber sido Jurado, habría dado un premio al general Gonzalo Escobar. Pues hasta este desfile de charros resultó con una lucidez de tono menor, debido al servicio que el Departamento del Tráfico organiza.
La señorita María Luisa Rule, que vistió el traje nacional juntando dos bellezas en una, ganó el primer premio. Otra señorita, Beatriz González, que iba con un traje de capricho y que concursó, obtuvo la recompensa correspondiente. La trajinera del Teatro Lírico, recibió el primer premio en el concurso de canoas, adjudicándose el segundo al sindicato Nacional de Autores. No hubo premios para el concurso de canciones, y en cuanto al de bailes, lo obtuvieron los niños Francisco y Sara Santamaría, quienes bailaron deliciosamente el Jarabe Nacional”.
(Nota publicada el sábado 4 de abril de 1925 en El Universal).

¿A quien no se le antoja haber estado en Santa Anita un Viernes de Dolores de antaño?


 
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