Escucha el programa de radio de la Coordinación de Patrimonio Histórico, Artístico
y Cultural, con la participación del cronista Alfonso Hernández Hernández, en la
dirección electrónica: http://www.codigoradio.cultura.df.gob.mx/index.php/escuchanos. En esta sesión conocerás el significado de la palabra Tepito, la historia del barrio, sus tradiciones, la identidad tan arraigada de su gente, sus costumbres y estilo de vida.
Descubre por qué Alfonso Hernández
se autodenomina cronista y hojalatero social, además disfruta un
recorrido por Tepito en compañía de nuestro invitado, contáctalo en: www.barriodetepito.com.mx
Y si aún quieres conocer más, hay un documental realizado de 1982 por Sluizer Films e incluye un capítulo sobre el libro Tepito ¡Bravo el barrio! Visita: elbarriodetepito.blogspot.com
En el barrio de Tepito, la tragedia del sismo de 1985 rebasó la tragedia del ocurrido en 1957, pues la ciudad de telúricas entrañas hizo estragos la mañana del 19 de septiembre de 1985.
La solidez de los muros de adobe de las viviendas hizo que el barrio no se paniqueara, hasta que la segunda réplica comenzó a fracturar las fachadas de las vecindades. Pasado el susto, todos observamos la fractura en cada una de las cuatro esquinas de las viviendas, que se sostenían inclinados por el peso de los techos de terrado, por el puritito poder del pensamiento, y por los rezos de las abuelas.
En Tepito, la pérdida de vidas fue mínima, lo cual movilizó al vecindario para el rescate de víctimas en la unidad habitacional de Tlatelolco, y encarar las necesidades y las emergencias propias del barrio.
Tantas vecindades dañadas, y con renta congelada, despertó la codicia de los terratenientes urbanos, quienes comenzaron a gestionar su desalojo. Lo cual dio motivo a que luego-luego el barrio y el tianguis recuperaran su cotidianidad.
Y fue así que Tepito comenzó a movilizarse dentro y fuera del barrio, para contrarrestar los reclamos de los propietarios de las vecindades, movilizándose al Zócalo para expresar su reclamo con el Regente de la ciudad. Lucha que culminó con el Decreto de Expropiación de los inmuebles afectados por el sismo, a favor de los inquilinos que acreditaran su ocupación.
Los dineros del DDF apenas alcanzaban para indemnizar a los propietarios expropiados. Y fue por ello que el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), alentó la solidaridad internacional de los países que apoyaron la reconstrucción de la ciudad de México. Y fue así que el DDF creó el Programa de Renovación Habitacional Popular (RHP), acreditando con certificado de derechos a los damnificados y promoviendo la desocupación de los inmuebles, ubicando a los inquilinos en campamentos de vivienda transitoria.
La consigna tepiteña fue: cambiar de casa pero no de barrio. Y cada comité se encargaba de supervisar los servicios comunitarios en el campamento transitorio y de atestiguar la demolición de su vecindad con el consecuente inicio de las obras. RHP convocó a todas las constructoras disponibles, las que en la mayoría de los casos utilizaron materiales de baja calidad. Aunado a que el BID impuso un modelo de la arquitectura convencional, y que el 30 por ciento del costo de cada vivienda se invirtiera en la cimentación, a modo de asegurar la resistencia de la edificación a un sismo de igual o mayor magnitud.
Con la ilusión de estrenar casa, demasiado tarde nos dimos cuenta de que la nueva tipología de vivienda resultó contraria a la vecindad, pues está diseñada para ir fracturando núcleos barriales, deteriorar la calidad de vida del vecindario, e ir tugurizando la cotidianidad.
Todo esto se dio durante los primeros diez años de haber ocupado los llamados condominios vecinales, que cumplieron su cometido como caldo de cultivo de muchas de las patologías sociales que se padecen en los barrios y colonias donde intervino el programa de RHP.
El DDF utilizó en la portada de la Memoria de la Reconstrucción, dos de los inmuebles mas emblemáticos y de mayor tamaño en Tepito: La Casa Blanca y el 40 de Tenochtitlan. Y este último, demuestra fehacientemente que el vecindario se fue colapsando, hasta que en 2006 el GDF promovió su segunda expropiación, desalojo y demolición, para que no quede huella ni vestigio del proceso que generó el programa de Renovación Habitacional Popular.
Marcelo Ebrad se hartó de decir que había desalojado y demolido La Fortaleza de Tepito, cuando en realidad se trató del 40 de Tenochtitlan, con salida al 33 de Jesús Carranza. Pues la verdadera Unidad Habitacional La Fortaleza está entre Rivero, Toltecas, Peñón y Avenida del Trabajo, con 176 departamentos que hasta la fecha son los mas amplios y mejor construidos en 1980. La otra fortaleza del obstinado Tepito está: en su estado de ánimo, en su modo de ser, en su forma de vida, y hasta en su estado mental, que nunca de los nunca le podrán expropiar.
Los cronistas buscamos y contamos historias de sitios o temas específicos, pero a veces, por una u otra razón, nos encontramos frente a otra información que, aunque “no corresponde” a nuestro ámbito, nos llama a decir algo sobre ello.
Es el caso de mis recuerdos sobre el Hotel Del Prado que estuvo ubicado en la Avenida Juárez hasta 1985. Mi padre trabajó ahí durante once años. Cuando éramos muy pequeños, quizá de entre cuatro y seis años de edad, nos llevaba al Hotel en el mes de diciembre porque regalaban juguetes a los hijos de los empleados. Tengo muy claro el recuerdo de una ocasión en que cruzamos la Avenida Juárez para llegar a la Alameda y ahí mis hermanos hicieron correr las combis de fricción que les habían regalado. Estábamos fascinados de ver cómo funcionaban (hace ya más de treinta y cinco años).
En casa de mi abuela, en ciudad Manuel Doblado, Guanajuato, hay un baúl en el que encontré, entre otros tesoros, una postal del Hotel que mi mamá le envió seguramente en un sobre, pues no tiene sello postal. Tampoco tiene fecha pero según mis indagaciones es como de 1966, cuando el Hotel tenía ya 18 años de vida.
En 1946 Diego Rivera, a sus casi 60 años, había realizado pinturas murales en veintiún sitios diferentes tanto en México como en Estados Unidos. Nuevamente fue contratado para realizar una obra mural, en esta ocasión, para el Hotel del Prado (aún en construcción). Realizó en 1947 el mural "Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central" en el restaurante Versalles del Hotel; para su ejecución contó con la colaboración de los pintores Rina Lazo, Pedro Peñaloza y del maestro Andrés Sánchez Flores. La pintura mural fue realizada al fresco, mide 74 metros cuadrados y pesa 35 toneladas. Después fue trasladada al lobby para cumplir el sueño del maestro Rivera de que todo el público pudiera observarla. Finalizada su construcción en el año de 1947, el Hotel contaba desde entonces con el Night Club Nicte Ha.
En 1948, próximo a su inauguración, la frase de Ignacio Ramírez "El Nigromante"Dios no existe, incluida en la composición mural, provocó que un grupo de personas dañaran algunos segmentos de la pintura; por esta razón, el mural fue cubierto durante ocho años, hasta que Diego Rivera, en 1956, un año antes de morir, sustituyó esta frase por "Conferencia en la Academia de Letrán, el año de 1836".
El Del Prado fue uno de los Hoteles más emblemáticos y elegantes de su época, símbolo del centro de la Ciudad de México, competía en prestigio con el Hotel Regis. Rodeado por la avenida Independencia y las calles Revillagigedo y José Azueta, su entrada principal daba hacia la avenida Juárez casi frente a la Alameda Central.
La imagen de éste pequeño edificio comprendía dos edificios gemelos unidos por la planta baja, cada edificio se componía de nueve niveles, su diseño semejaba a latas de sardina rectangulares con bordes redondos apiladas una en otra, en el piso número cuatro mostraba una terraza que daba un aspecto escalonado al diseño del Hotel.
En su época de gloria éste hotel fue uno de los más elegantes, junto con sus huéspedes fue testigo de varios acontecimientos de relevancia en la historia del siglo XX de la ciudad, presenció la trifulca ocurrida en la Alameda Central durante la elección del Presidente Adolfo Ruiz Cortines, marchas y pintas de los estudiantes así como el patrullar de los tanques y soldados durante el movimiento de 1968. En las terrazas sus huéspedes disfrutaban los desfiles deportivos y militares, el más destacado, quizás, fue el desfile en la Avenida Juárez con motivo de la inauguración del Campeonato Mundial de Fútbol México 1970.
Hacia 1985 el hotel se preparaba para recibir a huéspedes extranjeros y nacionales con motivo del Campeonato Mundial de Fútbol México 1986. Lamentablemente el 19 de Septiembre de 1985 un terremoto de 8.1 grados en la escala Richter sacudió a la capital mexicana, lo que provocó serios daños en la estructura del hotel, y llevó a su completa demolición, al igual que la del Hotel Regis y el Hotel Alameda ubicados en la cercanía de la Alameda.
Después del siniestro el mural fue trasladado al actual Museo Mural Diego Rivera en la esquina de Balderas y Colón, se emplearon las más avanzadas técnicas para que no sufriera ningún daño.
En el sitio donde se ubicaba el Hotel del Prado ahora se erige con mayor altura y mejores normas de seguridad sísmica el también lujoso Hotel Sheraton Centro Histórico, inaugurado el 26 de febrero de 2003.
El lugar del Hotel Regis fue ocupado por la Plaza Solidaridad y como testimonio de estos edificios, en el Café Trevi, frente a la Alameda, se pintó sobre uno de sus muros la Avenida Juárez con los Hoteles Del Prado, Regis y el propio Café Trevi; al fondo de la pintura se observa el Monumento a la Revolución. La imagen está reproducida de una fotografía que también se encuentra en este tradicional lugar de reunión de intelectuales.
Los académicos y los políticos hablan de
Tepito sólo cuando tiene tunas taponas. Y es que el nopal genealógico de
Tepito, lo hace padre de muchas actitudes, y madre de muchas expresiones
culturales que rolan por la ciudad. Salvador Novo, Oscar Lewis, Chava
Flores, Roberto Gavaldón, cronicaron el acontecer de la ciudad. Novo se solazó
recreando el acontecer de la clase pomadosa. Lewis mostró la cultura de la
pobreza de las vecindades. Chava Flores se convirtió en el cronista musical de
la barriada. Y Gavaldón utilizó el lenguaje cinematográfico para mostrar la
fatalidad de la bonanza urbana, con la que Mario Pani inició su proyectazo para
erradicar la “herradura de tugurios”.
El México desarrollista sigue empeñando
en hacer que la ciudad cambie de época, con un auge demográfico urbano de
crecimiento oscuro y sin oportunidades. Dejando entrever los contrastes urbanos
de la ciudad de antes, y las contradicciones de la ciudad de hoy. Mientras que la ciudad crea un sistema
que exalta el individualismo, el barrio forja un proceso comunitario germinal
tipo nopalera, con tantas espinas como defensas necesita. Es por eso que el
perfil humano de los barrios genera un alto comportamiento urbano, que se
traduce en sus propias formas de trabajo y vida, en su estado de ánimo, en su
manera de ser, y hasta en su estado mental, que nunca les van a poder
expropiar.
Por eso, más allá de su escala urbana y
de sus límites geográficos, el barrio se desborda en su deseo de ser ciudad.
Trastocando el proceso de modernización, pero, sin perder su atavismo rural ni
su tradición cultural; generando rizomáticamente el adentro y el afuera de su
esencia barrial.
Aunque la primera periferia de la ciudad
no estuvo sujeta a una normatividad urbana especulativa, y la realidad social
de los precaristas fue adecuando su derecho a la ciudad, esto fue reflejado en
el cine de Roberto Gavaldón, con guiones de José Revueltas, describiendo los
claroscuros de la vida cotidiana de antihéroes enfrentados a un sino fatal que
termina por aplastarlos. Lo cual hace necesario repasar ese discurso
cinematográfico para poder entender a la ciudad posmoderna, donde la
“fatalidad” es suprimida por una supuesta “bonanza urbana” que nada tiene que
ver con la calidad de vida del vecindario.
La primera periferia tuvo dos tipologías
habitacionales: la unifamiliar, para las familias de alto pedorraje; y las
vecindades, para el populacho, ese forjador de identidad y organización social,
hacedor efectivo de la función social del barrio, cuya escala urbana surgió de
su realidad social desbordada.
Aquí es preciso hacer una retrospectiva
histórica de lo sucedido en la Nueva España, donde había tres tipos de
fundación colonialista: la Misión, el Real de Minas, y el Real Presidio. Que
traducidos al presente: las misiones son los templos, las minas son los
comercios, y los presidios son los cuarteles de policía. Lo cual demuestra que
alrededor de la llamada “ciudad de los palacios” se fue reproduciendo un
esquema monopolizador de los espacios públicos y privados. Tan es así, que
hasta el escudo heráldico de la ciudad ostenta más elementos hispanos que
mexicanos.
La estructura fundacional de las
ciudades y villas novohispanas, repercutió en sus periferias, donde la bonanza
de los asentamientos requirió de tres organizaciones sociales
institucionalizadas: 1. la organización eclesiástica, compuesta por las órdenes
regulares y el clero secular; 2. la organización seglar civil, de la “república
de españoles”, integrada por la iniciativa privada y las autoridades
gubernamentales; 3. la organización indígena o “república de indios”. Fue así
como la tradición urbana hispánica dominó todo el país con un entretejido
espacial de control.
Consumada la Independencia de México,
fue necesario voltear a los orígenes de la mexicanidad, retomando los elementos
fundacionales de nuestra ciudad. Por lo cual es tan importante que, mas allá de
los festejos del Bicentenario, los académicos y los políticos nacionalistas
reencuentren la real y verdadera perspectiva histórica de los mexicanos-pueblo. En su tiempo, y por encargo, Guillermo
Bonfil Batalla escudriñó el México Profundo, elaborando los componentes de una
identidad estratégica para el gobierno. Y hoy, cuando la banda de la colonia
Martín Carrera necesita ir a Tepito, dice: -vamos a Texas. Significando con
ello, todas las fronteras culturales que tienen que cruzar desde el cerro del
Tepeyac al barrio de Tepito.
En vísperas de los festejos del Centenario
de la Independencia, Porfirio Díaz dispuso que no se realizara más el Paseo del
Pendón, el cual consistía en una procesión que partía del templo de San
Hipólito al Salón de Cabildos del Ayuntamiento, donde se sacaba el pendón que
sería motivo de una misa solemne en ese templo, para luego pasearlo por la
plaza mayor y devolverlo al Ayuntamiento. Llamada originalmente la capilla de los
mártires, por haber sido allí sepultados los soldados que murieron durante el
Sitio de Tenochtitlan, en 1529 el Cabildo dispuso que San Hipólito fuese
declarado el Patrono de la Ciudad, cuya fiesta patronal se celebra el 13 de
agosto, justamente el día que se consumó la conquista de Tenochtitlan. Así eran
las pachangas de entonces, que hoy conocemos como sociedad del espectáculo, con
el que el pueblo deja de serlo para convertirse en público consumidor de sus
eventos.
Hoy la primera y las tantas periferias
de la ciudad están habitadas por tribus urbanas posmodernas. Y la teoría de la
experiencia barrial, de la que se habla mucho y se sabe poco, estuvo vigente en
El Chino de Barcelona, El Cartucho de Bogotá, y en el Guarataro de Maracaibo,
en Venezuela. Y por eso a Tepito le tiran y le tiran, y nada que le atinan,
pues mientras los chilangos se andan buscando a sí mismos, la barriada sigue
siendo la misma de siempre. Y si ahora el Ángel de la Independencia
es utilizado como el emblema de la ciudad. El obstinado barrio de Tepito
continúa siendo el símbolo de la raza.
El antiguo Mercado de La Lagunilla también fue copado por puesteros, lo cual propició su demolición y desalojo, dando lugar a tres Mercados con 1,963 locales y el de San Camilito con 75 locales de comida típica en Garibaldi. Fototeca CETEPIS Año 1908
La Lagunilla, debe su nombre a la pequeña laguna que existió desde la época prehispánica, con un embarcadero cercano al tianguis de Tlatelolco donde, al decir de los cronistas hispanos, en los días de mercado acudían más de 20 mil vendedores y compradores.
Su nombre original fue Atezcapan, que quiere decir “espejo de agua”, el cual estaba entre la isla primitiva de Tenochtitlan y la de Tlatelolco. Con el crecimiento de la ciudad colonial, y a pesar de la consecuente desecación de las acequias, canales y lagunas, conservó su nombre y heredó la actividad comercial del tianguis de Tlatelolco. Desde entonces, La Lagunilla es un barrio pintoresco, que funciona como un bazar de antigüedades y sorpresas para coleccionistas de lo insólito, quienes encuentran desde una pulga vestida hasta un camello disecado.
Algunas de sus calles conservan letreros que dan testimonio de los anticuarios y artesanos cuyo oficio lo convirtieron en el museo viviente más grande de la ciudad. Junto con los grupos de filarmónicos que amenizaban cualquier evento, interpretando música tradicional, ofreciendo desde un dueto hasta una orquesta, cuya fama dio cabida a que hubiera una calle chueca, llamada del órgano, que no era precisamente referida al instrumento musical sino a una parte del cuerpo humano.
Peralvillo, es considerado el barrio padre metropolitano, cuyo nombre original fue Atenantitech, que quiere decir “bordo de piedra”. Durante la colonia, su calle principal fue conocida como calzada de Santa Ana, debido a lo concurrido de su ermita que servía de “humilladero” para los viajeros que daban gracias por llegar con bien a esta entrada de la ciudad, o que, salían de ella con destino a la villa de Guadalupe, para encomendar la protección de su vida y pertenencias en cada viaje.
Esta parroquia fue edificada con la piedra de tezontle que formaba parte del santuario a la diosa Toci, que significa “nuestra abuela”, que a su vez fue madre de Tonantzin “nuestra madre”. Y siendo Santa Ana, abuela de Jesucristo y madre de María, el sincretismo denota la importancia reverencial de este lugar.
Peralbillo, con “b”, es una palabra citada en la segunda parte de El Quijote de la Mancha, refiriendo un lugar de España, donde la Santa Hermandad de Toledo sentenciaba a muerte a los salteadores de caminos.
Corresponde a este barrio de Peralvillo, el papel de precursor del crecimiento urbano del centro de la ciudad, con casonas y palacetes para los criollos que ya no tenían cabida en la primera traza de la ciudad; y posteriormente conocido como el primer barrio con las comodidades e higiene que se estilaban en los vecindarios de Europa.
Su calle de la Parcialidad, rememora “las parcialidades de indios” que asignó Hernán Cortés para los sobrevivientes del Sitio de Tenochtitlan. Este barrio está considerado para el Corredor turístico catedral-basílica, lo cual provocará la especulación inmobiliaria en el vecindario y sus establecimientos comerciales y de servicios.
Tepito es, quizá, otro de los barrios más emblemáticos de la ciudad, debido a la fuerza, bravura y resistencia con la que defiende su solar nativo y su pedazo de cielo.
Su primer nombre fue Mecamalinco, o sea “lugar donde se tuercen las sogas” del barrio de los mecapaleros del tianguis de Tlatelolco. Para luego ser llamado Tequipeuhcan, que quiere decir “lugar donde comenzó la esclavitud”, o el tequio obligado, pues aquí fue hecho prisionero Cuauhtemoctzin, la tarde del 13 de agosto de 1521.
Fue aquí, donde Cuauhtémoc promulgó su Consigna a los mexicanos de todos los tiempos, que concluye diciendo que “hemos de seguir luchando al amparo de nuestro destino”.
Para trivializar su origen guerrero, a nuestros padres y abuelos les vendieron el cuento de los policías. Y aunque hay muchas interpretaciones de lo que significa tepito, debo mencionar que México y Tepito tienen pareadas las mismas tres vocales, por lo que quien diga lo que significa México, sabrá traducir el significado de lo que es Tepito.
Doña Miseria se ha pavoneado en Tepito hasta convertirlo en el barrio de la grifa y de las almas perdidas, donde los gandules y malandrines forjaron la leyenda negra de sus calles. Hasta que la Señora Pobreza multiplicó los oficios artesanales y la Musa Callejera dignificó las vibrencias del vecindario.
Desde su origen, “la bola y el baratillo” se convirtieron en el ropero de los pobres, donde se vendían toda clase de objetos usados, reciclados y otros con el defecto de ser mal habidos. Y hoy importante zona económica de abasto popular y para la clase media empobrecida.
Y aunque en esta ciudad caótica, un barrio sin sombra no infunde respeto. En Tepito, en Peralvillo y en La Lagunilla, el carisma del vecindario le sigue ganando la batalla al estigma delincuencial.
Y frente a quienes opinan que estos tres barrios no son un modelo a seguir, hay quienes afirman que estos tres barrios evolucionan ejemplarmente en su sobrevivencia urbana, reciclando sus propias formas de trabajo y vida.
Y por lo que se refiere a la Colonia Morelos, con la que la nomenclatura oficial ahora nombra a estos tres barrios emblemáticos, que forman parte de la cuna histórica de la ciudad, es justo que recuperen el registro de su nombre en la nomenclatura original de la ciudad. La estatua de Morelos que le dio nombre a esta colonia, fue mandada a hacer por Maximiliano, proclamado emperador de México en 1864 y fusilado en 1867. Originalmente, la estatua del generalísimo José María Morelos y Pavón estuvo frente a la casa de los marqueses de Guardiola, frente al templo de San Francisco, en la calle de Plateros (hoy Francisco I. Madero). Durante el porfiriato, fue colocada a la entrada de la colonia de La Bolsa, mutilada, sin un brazo ni el espadín.
Cuando esta parte de la ciudad dejó de ser un barrio de indios para convertirse en el primer arrabal de la ciudad, fraccionado desde la Ley Lerdo, por el presbítero Juan Violante, a quien luego el ayuntamiento le permutó el Potrero de Tepito, que hasta la fecha se ubica en el pueblo de San Bartolo Ameyalco, entre el camino viejo a Mixcoac y el antiguo camino al Desierto de los leones.
La división política delimitó en dos la Colonia Morelos una parte corresponde a la Delegación Venustiano Carranza, y la otra a la Delegación Cuauhtémoc, y queriendo borrar los nombres de los tres barrios, los identificó en la nomenclatura urbana como la Colonia Ampliación Morelos.
Hoy, con el nuevo Programa delegacional de desarrollo urbano en Cuauhtémoc, el 80 por ciento de su superficie está considerada por la Seduvi una zona típica, como resultado del reclamo vecinal para que se preserve y respete el patrimonio cultural cuya reserva histórica atesoran los barrios de La Lagunilla, de Peralvillo y de Tepito.
Alfonso Hernández H., Cronista, Hojalatero social y Director del Centro de Estudios Tepiteños CETEPIS-MMVII abcdetepito@hotmail.com
Tepito es uno de tantos barrios originales, densos y activos, asentados sobre antiguas ciénegas lacustres; que con el paso del tiempo hizo resurgir, sobre el asfalto y las banquetas, ese vestigio de nuestra cultura comercial conocido como tianguis, hermanado con cofradías artesanas y el linaje comunitario de su vecindario.
Aunque es uno de los epicentros de ésta ciudad caótica, todavía no lo alcanza la catástrofe de otros barrios citadinos, donde ronda la celeridad de la inversión inmobiliaria y la del capital que vaya eliminando los espacios concretos que no le aseguren ganancias, imponiendo la metodología de la dispersión urbana que tiende a desaparecer cualquier aspereza barrial.
Todo barrio es un territorio donde el hecho y la imaginación se fusionan inevitablemente. Pues para mejorar o empeorar, Tepito invita a rehacerlo, a definir una forma en la que se pueda vivir y convivir dignamente. Donde cada quien decida qué quiere ser, y donde la identidad de cada quien le posibilite revelarse por lo que es o rebelarse por lo que no quiere dejar de ser. Y como Tepito es una marca propia cuya patente es apócrifa, lo exhiben como si fuera el reality barrial con más alto marketing estigmatizante y sin fecha de caducidad.
Al igual que la ciudad, el barrio también es un escenario con sus propias fantasías y disfraces, donde santurrones y malandrines brincan de lo sublime a lo grotesco y convierten la vida social en una tragicomedia y hasta en un violento melodrama, sobre todo cuando no saben encontrar las salidas del laberinto; donde los sistemas que regulan el alma de la gran ciudad se están derrumbando por la violencia. Mientras que la gramática de la vida citadina se está monosilabando con expresiones superficiales que le siguen dando lugar a tanto wey.
Hoy, que la supuesta modernidad es lo efímero, lo veloz, y lo contingente; el barrio es una de las dos mitades del arte, mientras que la otra es lo eterno y lo inmutable. Hoy, pretender ser modernos es querer estar en un medio que prometa aventura, poder, goce, transformación de nosotros mismos y del mundo. Y, que al mismo tiempo amenace destruir todo lo que tenemos, todo lo que sabemos, y todo lo que somos. Pues lo único seguro de la modernidad que propagan, es su propensión a la fragmentación barrial y al caos urbano totalizante; donde los desequilibrios del nuevo orden de la aceleración tan solo buscan forjar una nueva generación deseante de la satisfacción instantánea, haciendo surgir nuevos oficios y profesiones dedicadas a piratearse todo.
Tepito continúa siendo un barrio orgulloso de su pasado, preocupado de su presente y anhelante de un futuro mejor. Pues en esta ciudad caótica, todos necesitamos de un barrio, pero lo necesitamos de otra manera a como lo necesitan quienes desprestigian su pertenencia. Y si bien Tepito nunca ha sido un barrio modelo para la ciudad, sí es un barrio ejemplar por su bravura y resistencia. Donde la reproducción de audios y videos pirata, debe entenderse como una coproducción de la cultura comercial que patrocina la sociedad del espectáculo. Porque la piratería forma parte de una política cultural que reconfigura el consumo y que propicia la vigilancia del consumidor.
Por lo cual, ante la nueva economía de la vigilancia, afortunadamente el carisma vecinal se sigue sobreponiendo al estigma delincuencial con el que espantan a los chilangos y desprestigian al aguerrido vecindario y tianguis de este barrio popular. Soslayando que a todo México ya lo convirtieron en el Tepito del mundo; y que Tepito se significa como la síntesis de lo mexicano.
La sociedad pirata mexicana está conformada por consumidores fallidos cuyo poder adquisitivo solo puede comprar las imitaciones de las marcas de moda. Todos ellos, despojados de lo único que el nuevo capitalismo vende: la marca; lo pirata brinda la única satisfacción posible en un país desigual: el precio.
Por ser el barrio una maquinaria social de engranaje multidisciplinario, en un país tan desigual, los barrios originarios tienen que ingeniárselas para protegerse contra este acelere que va sustituyendo personas, bienes, y lugares comunes, por otros más rentables , es decir, nuevos; donde desaparezca el México profundo y reine lo desconocido. Y si la Historia tiene algún sentido, ese sentido debe traducirse y definirse dentro del torbellino del cambio, un torbellino que afecta tanto los términos de la discusión como el objeto acerca del cual se discute. Ya que hasta los Canacos y Concanacos disimulan su origen generacional, abonero y barrillero, y no quieren compartir el pastel con los Ambulantenacos.
Por eso, el obstinado barrio de Tepito se sigue significando como un territorio ganado a la ignorancia urbana. Ya que en lo más hondo de la mente y el corazón del barrio, entre sus vecindades, oficios, puesteros, antojerías, bazares, y talleres emblemáticos, hemos de aprender a descubrir la esencia de su espacio vital, con su arquitectura, su ingeniería comercial, su historia, su entorno, el espíritu que genera su importancia antropológica y sociológica, los olores de sus talleres artesanales y su artificio contra el tiempo lineal.
Siendo pioneros del fusilamiento pirata, en lugar de sobrevivir, en Tepito se vive de milagro pues acá la cultura se defiende sola; lo cual hace de este barrio uno de los más generosos en cultura popular siempre enfrentando la aventura, la anomia fascinerosa y el desafío al autoritarismo. Por lo que los resortes ocultos de Tepito son los que accionan la contundencia de sus gestas y sus gestos, que generan la desconcentrancia de la suspicacia oficial, ante un barrio que simula estar quieto como un resorte, pero listo como un cerillo.
Y si Tepito se está significando como el centro de las políticas públicas contra los barrios originales de la ciudad: etiquetados como barrios lixiviados y altamente contaminantes por su potencialidad y capacidad de sobrevivencia urbana. Por eso, este barrio nuestro, que es de todos, ya no quiere saber de espejismos ni de programas que proyecten un futuro indefinido, con un hoy amorfo, informe, incoloro e imprevisible. Ya que en la estrategia política de los negocios urbanos, Tepito sigue consolidado como un burgo barrial donde su tianguis desarrolla una cadena de distribución de bienes y servicios que generan capital social, y que, sin formar parte de ningún programa de gobierno, tiene capacidad de regular el mercado de precios en la ciudad.
En el centro de la ciudad, siguen permitiendo las inversiones del gran capital para que patrocine la homogeneización de sus valores inmobiliarios con ganancias concretas. Donde la ideología del Mega Sanborn´s del Bicentenario, se está confrontando con los ideales del barrio como indicador histórico rígidamente estratificado, pero, todavía con su propia marca de distinción urbana.
Por su emporio de estilos, Tepito es un barrio enciclopédico cuyo panal laberíntico contiene redes de interacción sociocultural, orientadas en múltiples direcciones, de modo que su sobrevivencia urbana y su saber rizomático lo convierten en un editorial cotidiano. Y si nó, que certifiquen ante notario público que su tianguis todavía es capaz de competir con las tiendas departamentales y las plazas comerciales Maruchan.
Dentro de todo el complejo acontecer de la metrópoli, en Tepito hay sucesos que no dejan de causar asombro y espanto, pues este viejo barrio que estuvo fuera de la primera Traza, ahora forma parte del Centro Histórico de la ciudad; en el que se está cocinando un nuevo orden social y económico, que lo convierta en el paraíso perdido del ambulantaje nativo y mestizo; y en el paraíso recobrado al monopolio mercantil de los criollos asociados con franquicias del mercado global.
En el México mexica se resguardaban ciertos lugares que eran entradas para descender al inframundo. Y hoy, todos los días pasamos por ellos sin darnos cuenta pero, apenas nos urge, recurrimos a ellos peregrinando en los oscuros laberintos sociales donde reina Tezcatlipoca con sus más de 500 años de experiencia procurando que no nos abrochen.
Y como el asunto se sigue poniendo macabrón, una de tantas deidades de la crisis se hizo presente en las calles de Tepito, representada con la imagen de la Santa Muerte, cuya devoción se manifiesta con un rezo y un ritual transcultural, en el que no interviene la razón sino la fe, una fe que amalgama creencias, dogmas y prejuicios de quienes han dejado de creer en otras cosas; a sabiendas de que la Muerte puede ser un buen espacio para alojarse entre Dios y el Diablo. Significando alegóricamente los paros que hace esta imagen con su esqueleto en el anverso y la melancolía meditabunda en el reverso.
Por todo lo anterior, la barriada sigue combatiendo el piojo de la ignorancia de lo que ha sido, lo que es, lo que representa, y todo lo que significa el barrio de Tepito y anexas. Pues aparte de los cronistas del ayer y de hoy, a nadie más parece preocuparle cuántos barrios prehispánicos y pueblos originarios estamos perdiendo entre tantas edificaciones sin ciudad. ____________________________________________________________________
En 1919, el H. Ayuntamiento Constitucional, autorizó que la Junta de Salud y Embellecimiento de la 1ª. Demarcación, construyera una pista de patinaje, un frontón, y una biblioteca, para el fomento deportivo y cultural del vecindario en la colonia de La Bolsa y el barrio de Tepito.
La Biblioteca Jesús Urueta se ubicó en un salón de la vecindad conocida como La Casa Blanca. La pista de patinaje estuvo en la acera oriente de Avenida del Trabajo, con una fuente de sodas y nevería al centro. Y el muro del frontón de Las Águilas, fue ubicado enseguida, justo donde sobrevive hasta hoy.
El Gimnasio Gloria, ubicado en Ferrocarril de Cintura, estaba reservado no solamente para quienes podía pagar sus servicios, sino para los que se aventuraban a cruzar el infierno de las calles y el purgatorio de las pulquerías sin sentirse atrapados por ellas.
El ambiente de esa época lo plasmó Mariano Azuela (1873-1952) en su novela La malhora, publicada en 1920, por quien fue médico de enfermedades venéreas en uno de los consultorios de la Beneficencia Pública, de Rivero y Tenochtitlan.
Un párroco de San Francisco de Asís, ideó que en la fiesta patronal de cada 4 de octubre, la bravura de la barriada se demostrara boxeando en un ring colocado frente al atrio. Donde con la bendición del cura comenzaban las competencias para encontrar al campeón de la festividad, que culminaba con un bailongo en el que a cual más hacía gala de sus pasitos chéveres seguidos por su pareja.
Era un honor ser el campeón de las competencias de box y ser el bailarín más aplaudido por la concurrencia. Lo cual motivó tener que ejercitarse durante el resto del año, jugando en el frontón, entrenando en el gimnasio, y asistiendo a muchos bailes de vecindad. Para luego saber apostar en las peleas de la Arena Coliseo o rifársela con los pachuchos y tarzanes de los salones de baile. Pues cuando el Salón México tuvo una pista de baile para cada clase social, los tepiteños se la rifaban en la de cebo, manteca, y mantequilla.
En el frontón comenzaron a destacar verdaderos atletas en eso de lanzar tiros mortales, lo cual se reflejaba en el punch que tenían al contestar la bola de buche o la dura, exclusiva de los machines; lo cual fue forjando a los primeros boxeadores de Tepito. En ese entonces, en el Gimnasio Gloria ya entrenaba el afamado “Chango” Casanova. Y luego Luis Villanueva Páramo, mejor conocido como “Kid Azteca”.
En los colegios de Avenida del Trabajo, el chavo Eladio Segura, hijo de un asaltante de la zona, tenía asolados a los alumnos; pero más a Enrique Bolaños, delgaducho y pálido, con nariz larga y afilada. Hasta que un día Enrique supo el secreto de Eladio, quien dos o tres veces por semana aprendía a boxear en el Gimnasio Gloria.
El entrenador José Cortés se percató que Enrique Bolaños tenía una zurda noqueadora, por lo que en 1940, cuando apenas tenía 16 años, inició su carrera profesional. Después emigró a California, donde pronto se convirtió en el ídolo de la raza. Habría sido campeón mundial de los pesos ligero, de no haberse topado con Ike Williams, quien era conocido como el asesino del l ring. En 1947, a pesar de la cátedra boxística de Enrique Bolaños, perdió por decisión a favor de Williams.
En 1952, Raúl “Ratón” Macías fue seleccionado para representar a México en los Juegos Olímpicos, de donde regresó triunfante para convertirse en uno de los máximos ídolos del pugilismo profesional en México, pues llegó a ser campeón mundial de peso gallo. El Ratón Macías, hizo escuela en lo referente a la disciplina boxística, exigir medicina deportiva y que se pagara lo justo a los boxeadores. Y hasta consiguió que donde estuvo la pista de patinaje, se edificara el Deportivo “Ramón López Velarde”, que luego fue demolido por las obras del Eje Vial 1 Oriente. Se recuerda diciendo: Aquí estuvo el parque deportivo de El Ratón.
Otro de los grandes ídolos de Tepito, lo fue José“Huitlacoche” Medel, quien en 1952 comenzó a entrenar en el Gimnasio Gloria. Luego participó en torneos de los Guantes de Oro, y en 1955 debutó profesionalmente en la arena Coliseo. Medel se coronó Campeón Nacional Gallo derrotando a José “Toluco” López, en una pelea inolvidable, cuyo triunfo no le perdonó la afición. Estuvo en el trono 7 años y perdió el título frente a Chucho Castillo.
Octavio “Famoso” Gómez se coronó campeón del barrio en una fiesta patronal de San Pancho, y de allí saltó a los Juegos Panamericanos en Brasil. Profesionalmente contendió con los mejores pesos mosca nacionales. Luego de 18 triunfos consecutivos perdió lo invicto frente al “Alacrán” Torres, para luego incursionar en la categoría de pesos pluma.
Cuando se saturó el gimnasio Gloria y el frontón Las Águilas estaba lleno, la chaviza iba a jugar futbol al parque Calles, donde Gerardo “El Pinocho” Gutiérrez comenzó a entrenar equipos. En 1957 inauguraron los mercados 14, 23, 36 y 60, y quitaron los puestos de madera que estaban en la plazuela de Tepito, “El Pinocho” y “El Manolete” Hernández, apoyados por el Club Veteranos de la Amistad, propusieron utilizar el solar como campo de futbol y edificar un gimnasio.
Eran tal la afición en torno a los equipos San Francisco y Casa Blanca, que se formaron más equipos por categorías: infantil, juvenil, femenil, y veteranos. Además de las Gardenias de Tepito y las Amazonas de la Lagunilla. Hasta que el 27 de marzo de 1968 se inauguró el Centro Social y DeportivoFray Bartolomé de las Casas con un gimnasio modesto y una cancha a la que se le conoce como “Maracaná” de tanta afición futbolera que concurría, sobre todo en los torneos de la fiesta patronal y en cada aniversario de los mercados.
Ya con un gimnasio en el mero corazón del barrio, “El Pinocho”, Don Vera, y Villagrán se convirtieron en los tres entrenadores de la nueva camada de boxeadores, asistidos por el “Ratón” Macías, José Medel, el “Famoso” Gómez, y Rodolfo Martínez.
Por mucho tiempo, el boxeo era el modelo de ascenso social y económico individualizado, el cual fue abatido por la fayuca, convertida en el nuevo modelo de ascenso masivo, que volcó el comercio otra vez a las calles, con un tianguis cuyo nicho comercial comenzó a competir con las tiendas del centro de la ciudad. Este auge comercial redujo el número de jóvenes dedicados al boxeo, no así en el frontón ni en el futbol.
José “El Copetón” Jiménez pasó de las peleas callejeras al gimnasio “Gloria” de donde salió para debutar profesionalmente sin haber tenido una sola pelea de preparación, llegando a ser campeón nacional pluma. Clemente Muciño era tan buen futbolista que lo apodaron “Didí”, que era un jugador brasileño. Fue campeón de los guantes de oro en 1965 y ganó 7 trofeos como amateur. Su mejor combate lo hizo contra David Sotelo.
Lorenzo Gutiérrez destacó en peso mosca. Lo apodaron el “Halimí” porque su estilo recordaba al del vencedor del “Ratón” Macías, Halimí Gutiérrez. Se mantuvo invicto en 1969-70 con 20 triunfos y un empate. Pero, le dio mucho gusto al gusto, subió de peso y perdió facultades, por lo cual ya no pudo competir por el campeonato mundial.
Rodolfo Martínez siempre fue muy disciplinado, y de tarde en tarde iba al Gloria donde aprendió a boxear siguiendo el ejemplo de su ídolo José Medel. Ganó 25 combates y perdió 2,. como profesional se mantuvo invicto durante 29 peleas. Boxeaba bien, pegaba duro, y se le reconoce como boxeador ejemplar.
Tarcisio Gómez es hermano del “Famoso” Gómez, quien le enseño a boxear profesionalmente, por lo cual se le conoce cómo “El Famosito”. Enrique “ElTrapitos” García, peleó contra Octavio Gómez y llegó a ser campeón nacional pluma. José “El Plátano” Salas también salió del Gloria. Su mayor victoria fue contra el venezolano y peso pluma mundial Leonel Hernández.
Tomás Frías fue en 1969 el novato del año. En 1972 había ganado nueve combates por nocaut, diez por decisión, empató cuatro veces y perdió siete. En el torneo de guantes de oro 1972, dos tepiteños resultaron campeones: José Flores en peso gallo. Y Juan Cruz en peso welter. Y así continúa funcionando Tepito ¡cuna y semillero de campeones!
Desde 1997 hubo otro declive boxístico, pues “el deporte y la cultura quedaron en la sepultura”, ya que las autoridades no quieren que Tepito figure ni vuelva a ser semillero de campeones. Pretendiendo con ello, que el barrio se convierta en un santuario de impunidad de la delincuencia apadrinada por la corrupción policiaca.
Para los tepiteños de antes, jugar en las calles y hacer deporte en los gimnasios significó aprender las reglas básicas de la convivencia sana y la competencia justa, donde en lo individual o en equipo prevalece el respeto al contrario y la superación personal. Hoy, ya no es así, pues el sistema ha fomentado nuevos “ídolos” del barrio, que son de plastilina, que andan en motos de alto “pedorraje”, y que tienen padres alcahuetes pues no les preocupa que sus hijos se hundan en la “calabaza” o se conviertan en carne de presidio.
Si un gimnasio modesto y un barrio con mucha casta han forjado tantos baluartes y glorias deportivas, qué tiene que pasar para que el vecindario de Tepito reciba apoyo y fomento deportivo. Y aunque el gobierno usa el Ángel de la Independencia como emblema de la ciudad, el barrio bravo de Tepito seguirá siendo el símbolo de la raza que se la rifa.
La ciudad ilustrada, opulenta y cristiana, genera acusaciones genéricas con calificativos avanzados contra los barrios populares a los que estigmatiza como inmensas cloacas de infección y vicio, de crimen y de peste, cual si fueran verdaderos potreros de la muerte
La religión en su obsesiva necesidad de dominarlo todo, ha tenido por consecuencia el olvido de nuestro ser ritual, expresivo y ceremonial; cuya recuperación no implica irracionalidad, sino que, todo lo contrario, es la condición de la sana racionalidad, cuya devoción emotivamente primaria se enfrenta a la condición del hombre moderno y su ceguera; no ya para entender a los demás, sino para comprenderse a sí mismo, sin nada que opaque su propia naturaleza.
Cuando misteriosamente La Cierta se hace presente para llevarnos al otro barrio, es un hecho que no ha de trivializarse, pues tal misterio se convierte en guía. Por lo tanto, no hay que dejar al Yo (a nosotros) fuera de la figura con la que se representa a la Muerte.
El Yo es una parte fundamental de todos los elementos de esta figura. Pues lo que le da contenido y profundidad a esta, es la unión entre cada quien y Ella. Ya que entre los devotos de la Santa Muerte persiste el reconocimiento de algo que es humano y que puede manifestarse de formas bien distintas. De ahí que, para quienes no son devotos, lo siniestro de tal costumbre se considere como el miedo a la existencia y su relación con otros aspectos de la vida humana. Y en tal perspectiva, la religión, en esencia, no es sino el intento de ponerse a salvo de las inclemencias de la vida.
Se llega a decir que la religión es como un sentimiento; un sentimiento que anhela lo que no puede. Mientras que esta devoción callejera es un sentimiento que no se deja engañar por las formalidades del dogma religioso. Que no permite el reencuentro con nosotros mismos, con nuestras creencias primitivas, expectativas, valores y sentido de la existencia. Ya que sus ministros controlan todas las instancias de opinión: -Yo sé de este problema y la solución.
En estos tiempos, el proceso de evolución cultural del hombre todavía no despeja ni responde los enigmas que circundan el nacimiento y la muerte, el fin de la magia y el surgimiento de la religión. Por esto, la devoción de la Santa Muerte se ejerce de manera simpatética y homeopática.
Es simpatética porque, implica una correspondencia de influjos y reacciones entre realidades alejadas en el espacio, pero que se encuentran sumergidas en el agua de la duda. Y es homeopática porque la rige el principio de similitud, cuya probada aplicación familiar sabe que lo semejante es un remedio que alivia y cura cuando se traduce en una filosofía de la vida y el destino. Y quien se atreve a conmoverse por la majestad de la muerte, sólo puede expresarlo a través de una vida en consonancia. Esto no es, naturalmente, una explicación, sino colocar un símbolo en vez de otro. Una ceremonia en vez de otra.
De cara al espíritu de la fiesta, la naturaleza interna de la costumbre es la que nos hace atractivo lo siniestro. Expulsar la muerte o matar la muerte representada como esqueleto, como si, en cierto sentido también estuviera muerta. Nada es tan muerto como la muerte; nada es más bello que la belleza misma. Es por esto que a la filosofía actual y a las teorías pueriles les falta el aspecto infantil. Y a veces es tanta la aglomeración de opiniones en torno a esto que, no afloran porque todas quieren abrirse paso y, así, se tapan unas a otras su explicación lógica.
Lo posiblemente correcto para entender todo esto, será encontrar analogías, es decir, analogías que han de partir desde nosotros mismos. Pues entenderíamos que todo lo terrible que podemos pensar que ocurrirá, nace de lo terrible que es la vida misma. En tal caso, la devoción a la Santa Muerte viene a ser un exutorio para acabar completamente denotado por la existencia.
Tepito ¡bravo el barrio! Es un libro que acerca a entender lo que somos, a que cultura pertenecemos, y hacia adonde vamos; a partir de este territorio emblemático de la ciudad de México. Por todo esto, el barrio de Tepito asume la vigencia de su registro urbano, como una asociación de ideas y de costumbres que le permiten continuar rifándosela en la capirucha.
Este libro, con fotos de Francisco Mata, registra en todo su esplendor a los prototipos de Tepito. Y recrea en toda su valía a los personajes y arquetipos de este barrio macabrón para algunos y subyugante para otros.
Tepito siempre ha sido una referencia que marca la presencia de este barrio en los medios: la nota roja, los operativos, sus deportistas, los sonideros, su tianguis, la piratería, sus antojerías, la fayuca, su lenguaje, la identidad, y su cultura acá.
Mientras que las ciudades cada vez se parecen más unas a otras: con las mismas plazas comerciales, los mismos cines, la misma comida, y hasta la misma manera de vestir; pues forman parte de un proceso de homogeneización para terminar con la autenticidad regional de lo diferente. Sin embargo, a este barrio se le refiere cómo uno de los abrevaderos y asideros fundamentales de nuestra cultura popular.
La exoticidad de Tepito lo caracteriza como uno de los pocos barrios de convivencia social y comercial que permanece en el centro de la ciudad de México. Y lo que se entiende por ser chilango está construido en barrios populares como el de Tepito. Por lo tanto: Tepito somos todos, y Tepito es de todos.
Lo que de manera inconsciente genera y representa Tepito, es su manera de apropiarse del espacio público y privado, y viceversa; con actitudes y rasgos definidos por su arraigo a su solar nativo y la defensa de su pedazo de cielo. Cuyo singular colorido es un eco entre la estética del barrio y los propios tepiteños.
Aunque el barrio de Tepito está tatuado y marcado en todas sus calles y muros, la poca modestia que tienen los tepiteños de ser los mejores en todo, hace que les venga guanga la globalización que no se salva de ser clonada, para volver a circular con nueva etiqueta.
Para analizar y entender la cultura popular chilanga, es preciso volver la vista a Tepito, por ser una de las fuentes originales de esta. Ya que la tradición barrial de Tepito se caracteriza por el arraigo y resistencia de los migrantes que, adaptándose configuraron y transformaron las circunstancias urbanas y asumieron los retos de la ciudad.
Su largo proceso de marginación, y su manera de entender el espacio urbano, acrisoló su sobrevivencia urbana, caracterizándose como el barrio-bisagra del Centro Histórico. Con una actitud contestataria, en la que no se les da la modestia, siempre presumiendo ser los mejores en todo, y aparentando estarse quietos como un resorte pero listos cómo un cerillo.
La realidad barrial de Tepito está atravesada por múltiples discursos. Donde el imaginario local y la memoria colectiva se desbordan en su espacio público, cuya larga experiencia e innumerables diálogos hacen del barrio un personaje colectivo que ocupa, recoge, recupera, recicla y reconstruye sus espacios vitales. Trabajando, jugando, viviendo, comerciando, e imaginando la mejor manera de asumirse sin someterse.
En este contexto, el libro del fotógrafo Francisco Mata, tiende un puente para establecer un diálogo de miradas: entre la cámara y los fotografiados, entre los fotografiados y los espectadores. En el que todos se ven de frente, descontextualizando el entorno para construir el personaje con todo y su presente de indicativo. Cuyo instante congelado es reconstruido por cada espectador, quien se aventura a imaginar la historia de cada personaje caracterizando el ethos tepiteño y todo lo que representa el barrio de Tepito.
· ¿Como era la vida nocturna del Centro Histórico hace 20 o 30 años, como se entretenía el pueblo de México en la época de las películas de charros y melodramas familiares?
· ¿Qué tanto ha cambiado el panorama desde la perspectiva tradicional esta ciudad y sus costumbres?
La década de 1960 teníamos en el Centro Histórico muchos cines y teatros con una seguridad extraordinaria, había 20 o 30 cines. Por nombrar algunos en la calle de Pino Suárez, se encontraban los cines: Cairo y Rialto. A dos calles de Fray Servando: El Nacional, Atlas, Colonial, Sonoray hacia el Zócalo el Mundial.Por las calles del Carmen se encontraba el cine Goya. Por cierto les comento la anécdota de como nació la porra de la U.N.A.M.: Resulta que había un porrista (que echaba porras, no porros de los que ahora hay), de nombre Luis Rodríguez lo apodaban “El Palillo”.En el Centro en las calles de San Idelfonso, Justo Sierra y Academia se encontraban todas las Escuelas Preparatorias, entonces cuando se iban de pinta todos los estudiantes, se iban al cine Goya,todos los chavos andaban de novios o de pachanga con las muchachas y era un cachondeo que para que te cuento, en ese entonces Luis Rodríguez decía “Gooya, gooya, cachún, cachún", para no mencionar la palabra cachondear, decía “cachún”. Se juntaban los muchachos en el cine Goya y se metían en montón para no pagar, era una vacilada, pero eran muchachos sanos, ahí nació la verdadera porra de la U.N.A.M., se hizo famosa, se adoptó y se quedó. Siguiendo con los cines, en la calle de Madero existía un cine de nombre Palacio, caminando hacia la Alameda se encontraba el cine Variedades, Alameda, Palacio chino, Real cinema (estos dos últimos siguen en la actualidad funcionando, eran tan grandes que después se hicieron varias salas), por San Juan de Letrán (hoy Eje Central) se encontraban los cines Maya, Princesa, Teresa, Savoy, Avenida y Cinelandia, estos dos últimos exhibían películas de caricaturas, eran funciones para niños, en la calle de Cuba el cine Río, Venus, los cuales funcionan actualmente, la calle San Juan de Letrán se le dio el nombre de "Brodway de México".
A los diez o doce íbamos al Cinelandia que se encontraba en San Juan de Letrán. Yo vivía en las calles de Uruguay y Correo Mayor, éramos 4 o 5 chavos que caminábamos a las 21:00 hrs. con toda confianza y seguridad, no nos pasaba nada. ¿Saben qué hacíamos de travesuras? Tocábamos los timbres de los departamentos que se encontraban en nuestro camino, travesuras de chamacos, travesuras sanas.
En el Centro Histórico el Cine Florida,fue considerado el más grande de Latinoamérica, tenía un cupo para seis mil personas, se llenaba y había fila para entrar. El cine Arcadía se encontraba en la calle de Balderas, lo derrumbaron para hacer un Centro Comercial, en este cine se exhibió la película que duró 3 años en cartelera, todo México la vio, algunas personas hasta dos o tres veces, el nombre de la película fue "El último cuplé"con la actriz "Sarita Montiel".
También teníamos Teatros de Revista, recuerdo el teatro Cervantes, Colonial, Margo, este último en la actualidad lleva el nombre Blanquita, el teatroLíricoel Iris, hoy teatro de la Ciudad, el teatro "IRIS", terminó siendo de Burlesques, ahí hacían “striptis”, bailarinas con nombres exóticos, por nombrar algunos "Xtabay, Cleopatra, Gloriella, La dama del antifáz Amira Cruzat".No usaban los nombres de pila que podría ser Petra Sánchez
En la Avenida Juárez, había varios Centros Nocturnos: Capri, Impala, La taberna del greco",fueron derribados al quedar dañados en el temblor de 1985. En los centros nocturnos de “striptis”, aplaudíamos a las bailarinas para que se quitaran el brassier, (el sostén) y para seguir viendo más, gritábamos: "Pelos, pelos,pelos" y para que se quitaran el Bikini, cuando efectivamente se quitaban el Bikini, exclamábamos "Oooh”,pues apagaban la luz y no veíamos ni pelos ni nada, eso era para nosotros en aquel entonces lo máximo. Ahora los muchachos no saben ni por que dicen pelos y se fue quedando la frasecita, que era lo máximo para nosotros.
En el centro nocturno La taberna del greco un parroquiano iba todos los días, se tomaba sus"coñaquitos"y cuando pasaban las bailarinas ponía su abrigo en la pista para que pasaran sobre el, fueron varios años que lo hizo, un reportero tuvo la curiosidad de seguirlo hasta su domicilio particular, al terminar la variedad, ¡oooh sorpresa! era el curita de la Iglesia San Hipólito,hoy conocida como San Judas Tadeo, cerca del Metro Hidalgo.
Como verán, había en el Centro Histórico muchos salones de baile, cines, cabarets y antros; Ahora los muchachos usan "antro", esa palabrita también me la robaron, ahora "antro"es más elegante que en ese entonces, antes era un lugar de lo peor. Un día me dijo mi nieta Jessica: "Oye abuelito ven por mí, estoy en un antro", sal inmediatamente de ahí, exclamé y es que en mis tiempos el antro era el peor de los lugares, por eso hice esa exclamación.
Pasando ahora al cine nacional, antes se hacían 30 o más películas al año, el productor Rodolfo de Anda hizo películas de charritos, entre otras: "EL charro negro","Vuelve el charro negro", "Aguila negra", "Vuelve el águila negra",llevando de galán a Fernando Casanova, eran las continuaciones de las películas, pero a toda la gente nos encantaban, porque eran de charritos y canciones. Otro productor de nombre Juan Orol hizo otras tantas películas con las cubanas Ninón Sevilla, Rosita Fornés, María Antonieta Pons y la única mexicana Meche Barba, melodramas de bailarinas y gánster, como la película "La banda del automóvil gris".
Joselito Rodríguez se encargaba de hacer películas con Pedro Infante, Marga López, David Silva y Carlos López Moctezuma, con títulos como: "Aventurera","Mujer de la calle", "Nosotros los pobres", "Un rincón cerca del cielo", "Pepe el toro", "Campeón sin corona", "Salón México"y muchas más. Un famoso melodrama familiar fue “México de mis recuerdos” con los hermanos Soler (Fernando, Andrés y Domingo). También los productores hermanos Calderón hicieron películas de "ficheras",unos churros pues. Ahora se hacen dos o tres pelicular al año y mal hechas, antes no había tanto dinero, con poquito alcanzaba, no sé como le hacíamos pero alcanzaba, eran tres clases sociales: La baja, la media y la alta. La clase baja era la que vivía en las vecindades que había en la ciudad, la clase media vivía en la Colonia Roma o La Condesa y la clase alta, en Polanco o Lomas de Chapultepec.
En la vecindad en donde yo vivía, habitaban en las viviendas de 20 a 50 familias, cada vivienda constaba de: cuartos, cocina y baño, recámara y comedor, muy chicos. Cada familia tenía dos o tres hijos. Cuando llegaba la Navidad éramos felices por que se cooperaban todos los vecinos para alquilar el sonido que constaba de un tocadiscos para tocar discos de 78 revoluciones, llegaban con sus cajas de discos. Había posada, baile y piñatas, diariamente rompíamos 5 o 6 piñatas, en la actualidad no se rompe ni una piñata, por que los departamentos de ahora aparte de ser más chicos, ya no se puede vivir, se escucha el grito del vecino de arriba y de abajo, además la gente de antes éramos conocidos y amigables, recuerdo en una ocasión que mi padre me dijo "ve a la tienda, en Progreso Nacional, dile a Toñita que me mande un rebozo, ¿quién es Toñita? pregunté a mi padre (era una empleada que tenía 20 0 30 años trabajando en la misma tienda). Antes conocíamos a los dueños y a los hijos de las tiendas, por que los negocios iban pasando a los sucesores de abuelos a hijos o nietos, era una tradición como mi negocio, "Jugos María Cristina", la juguería más antigua del Centro Histórico, que fue de mis padres, pasó a los hijos, los nietos. Aquí trabaja mi nieto Ernesto Amador de tan solo 4 años de edad, quien esta aprendiendo y es la cuarta generación.
Menciono la Casa Boker,Sombreros Tardán, restaurantes como el Cardenal, Café Tacuba, Hostería Santo Domingo,que han pasado de generación en generación, son parte de la historia del México antiguo, ahora los viejos no podemos salir de noche, yo no conozco un Table dance, y no lo conozco porque no hay seguridad ni en la Ciudad ni en los sitios que se frecuentan. Del México del Centro Histórico les puedo platicar que en las calles encontrabas al afilador, (pasaba gritando para sacar filo a los cuchillos de las amas de casa), el plomero ofreciendo sus servicios, el ropavejero que compraba todo lo viejo o usado que ya no queríamos, recuerdo a la reparadora de medias que tenía un moldecito redondo donde ponía la media para zurcir, tenia su anuncio "Con un zurcido rápido lo arreglo, cinco minutos, cinco centavos". Todo eso ya no existe, se ha ido acabando, el Centro Histórico es un lugar lleno de gratos recuerdos y memorias aún sin contar, en fin grandes lugares, grandes personajes, grandes anécdotas que seguiré comentándoles...Y recuerde:
"SI EN EL CENTRO NO LO ENCUENTRA, ES QUE TODAVÌA NO SE INVENTA"