ANA MARÍA CASTRO Cronista de Barrios y Pueblos de Coyoacán marazul2909@hotmail.com
Santa Catarina es uno de
los ocho barrios ubicados dentro del perímetro de
la delegación Coyoacán. Se levanta sobre un antiguo asentamiento prehispánico
denominado Omac, -topónimo que
significa “camino en o entre dos aguas”, en algunos antiguos documentos aparece
mencionado como Omaque- en cuyas inmediaciones
existía un páramo de roca volcánica, producto de las fases eruptivas del volcán
Xitle, el cual poco a poco se fue transformando, gracias a los beneficios de
las filtraciones acuíferas provenientes de la Sierra del Ajusco, en un fértil terreno.
El barrio se localiza entre
las calles Guillermo Pérez Valenzuela, Francisco Sosa y Melchor Ocampo al
Norte; al Sur con la avenida Miguel Ángel de Quevedo; La calle Tres Cruces, al
Este y al Oeste con la Avenida Universidad.
Durante el Virreinato, la
vida social y política se asentaba en el centro de la Villa de Coyoacán, por lo que
el barrio permaneció distante y es recordado sólo como el camino que enlazaba
al pueblo de Chimalistac, hoy San Ángel, con el de Churubusco.
En efecto, a lo largo de la
única calle que contaba con un trazo más o menos regular, denominado “Camino
Real de Santa Catarina”era
común ver transitar a los arrieros con sus animales de carga transportando de
un lado a otro flores, mercancías y
alimentos, base de su intercambio
comercial y de sustento.
Cuando el movimiento armado
que desembocó en la promulgación de la Independencia de México y posteriormente con la
invasión del Ejército de los Estados Unidos de América a nuestro país, debido a la inseguridad que
rodeó a gran parte de la zona quedó prácticamente en el abandono. Es a finales
del siglo XIX y principios del XX,
durante el gobierno de Porfirio Díaz, que Coyoacán empieza a recuperar su
antiguo esplendor e inicia la vertiginosa vida sociocultural que le distingue hasta el día de hoy.
En ese contexto y debido a la importancia de su ubicación
geográfica, en el barrio de Santa Catarina empiezan a levantarse grandes y
hermosas quintas veraniegas, propiedad de familias de renombre e importantes personalidades
del porfiriato.
Especial relevancia
adquirió cuando a la casona ubicada en el número 38 de la antigua calle Juárez
se le identificó como “la
Atenas de México”, por ser el centro de reunión de intelectuales
y científicos, cobijados por la anfitrionía del historiador
yucateco-campechano, avecindado en
Coyoacán desde 1885, don Francisco Sosa, quien por aquellos tiempos fungía como
Prefecto Político de la jurisdicción. Por cierto, en reconocimiento a su labor en
beneficio de la historia y la cultura coyoacanense, la calle en donde vivió los
últimos años de su vida, lleva su nombre desde 1951.
Eran los tiempos en que, a
indicaciones del Presidente Díaz, se buscaba afanosamente insertar al país en
un proceso modernizador y vanguardista, a la usanza del viejo Continente; en
ese contexto en Coyoacán inicia la venta de lotes de su primer fraccionamiento,
en 1890, nombrado como colonia El Carmen, diseñado y distribuido en amplias y
bien trazadas calles a manera de “damero”, es decir cuadrangulares con senderos
y boca calles definidas.
Un par de décadas después, previo
al movimiento revolucionario de 1910, la zona no permaneció ajena al imparable
proceso de cambio de propietarios de muchos de los predios que conforman a la
colonia y que, dicho sea de paso, serían base del proceso de especulación inmobiliaria
y de uso de suelo que caracteriza principalmente al centro histórico
coyoacanense hoy en día.
Sus inmediaciones debían
corresponder a dicho trazo, por lo que específicamente el barrio de Santa
Catarina se vio envuelto en la vorágine de obras públicas y de ampliaciones y
apertura de nuevos caminos en los que participaron, los ingenieros Miguel Ángel
de Quevedo y Guillermo Pérez Valenzuela, así como el inmigrante alemán Segismundo
Wolf, entre otros vecinos, quienes iniciaron una serie de donaciones y cambios
de terrenos para lograr tal cometido.
Este movimiento
revitalizador parece que tomó por descuido no sólo a las autoridades de
Coyoacán y al gobierno capitalino en general sino, incluso, al federal; hecho
que se refleja en los libros de Actas de Cabildos de las primeras décadas del
siglo XX, en donde se asienta la recepción de documentos como el emitido por la Secretaría del Estado y
el Despacho de Hacienda y Crédito Público en septiembre de 1908, mediante el
cual se pide a las autoridades regionales se informe acerca del terreno que
aparentemente fue donado por el señor Wolf en abril de 1903 para la apertura de
una calle que comunicaría a la
Calzada de San Pedro con la Calle Real de Santa
Catarina[1].
En ese mismo mes también se
recibe en el Ayuntamiento coyoacanense otro oficio en donde se requiere
información acerca de cuál es la ‘nueva colonia’ en cuyas
calles se obligó este Ayuntamiento a establecer
alumbrado y ejecutar obras de pavimentación al aceptar una cesión que hizo el señor
Miguel Ángel de Quevedo del terreno para la apertura de una calle en la ‘Quinta de Panzacola’ en diciembre de
1891.[2] Días después, el Séptimo
Concejal del Cabildo, Adolfo Barreiro, informó que tal fraccionamiento se pidió
para la Quinta
Panzacola, propiedad del citado ingeniero; también especifica
que en 1906 se empedraron por cuenta de la Dirección General
de Obras Públicas las dos calles que se encuentran en dicha propiedad, siendo
también alumbradas con tres focos de luz incandescente[3],
obra que, sin duda, constituyó un verdadero privilegio, ya que sólo unos años
atrás se había iniciado el tendido del cableado eléctrico., por lo que pocas
eran las propiedades que contaban con tan moderno servicio.
Otro aspecto que definiría
la imagen urbana que caracteriza al barrio está relacionado con el sistema de
drenaje, la introducción de agua potable y el tendido de vías que realizaba la Compañía de Tranvías
Eléctricos para la expansión del servicio de transporte que prestaban los
diminutos y pintorescos transportes conocidos por su simpática forma como “pambacitos”
y que habrían de comunicar a Coyoacán con San Ángel y Churubusco y de ahí con
el centro de la ciudad.
A manera de ejemplo,
citemos las medidas que sugirió el Director de Obras de la jurisdicción en la
minuta del 10 de julio de 1907, para resolver el peligro que representa los
constantes desbordamientos de aguas negras que ocurrían en la zona:
1ª. Devolver a su antiguo cauce, en
el tramo comprendido entre la
Casa de ‘Alvarado’
y el ‘Jardín de Santa Catarina’ el caño de riego que actualmente sigue la vía pública a la orilla de la banqueta.
2da. Aprovechar la oportunidad de
que la Compañía
de Tranvías Eléctricos está cambiando
durmientes para que modifique la
pendiente de sus líneas de acuerdo con
el perfil que debería tener la calle.[4] Esa calle es la que
actualmente lleva por nombre Francisco
Sosa y es la vialidad principal del barrio, la misma que en otros tiempos
además de Avenida Juárez también ostentó los nombres de “Paseo de las Damas”
y “Paseo de Iturbide”; se trata de un
hermoso camino que inicia a la altura de la Arcada del Jardín Centenario y concluye en el
puente de Panzacola. Durante mucho
tiempo fue recorrido por el ferrocarril de vapor que venía de Tacubaya y
posteriormente por el tranvía que comunicaba al barrio de San Ángel con el de
Churubusco, arrastrado primero por mulas y más tarde impulsado eléctricamente.
Dentro del Programa de Desarrollo Urbano para Coyoacán, esta vialidad está
clasificada como:
El Eje
Patrimonial Arenal-Francisco Sosa-Coyoacán; circulación organizada sobre lo que fue una de las calzadas más
importantes de la época virreinal pues unía a las
Villas de San Ángel y Coyoacán; esa vía sobre la que se alzan destacados ejemplos de arquitectura civil y religiosa
(…).[5]
Sin embargo, al lado del
espíritu de renovación que pretendió envolver al barrio, éste conservó en gran
medida su aspecto semi rural y la práctica de actividades comerciales primarias
como lo fueron la venta de leche proveniente de los establos que abundaban en
la zona; de forraje y semillas para alimentar a los cerdos, gallinas, vacas,
burros, caballos y conejos que eran criados por los lugareños; de carbón y de
la piedra que se extraía de las canteras que existían a unos cuantos metros del
barrio, ahí en donde empezaba lo que aún se conoce como Los Pedregales:
inmensos páramos de roca volcánica, y de la fabricación de ladrillos, por sólo
citar algunos ejemplos.
Al iniciar la década de
1910 los habitantes originarios del lugar así como los recién avecindados
empezaron una serie de denuncias de tierras mostrencas o baldías en busca de su
adjudicación. Los libros de actas de
Cabildos de la entonces Prefectura de Coyoacán registran las peticiones que se
realizaron sobre predios con nombres o sobrenombres como:”La cabrería”, “San
Marcos”, “Torresco”, “Tlapancalco” y “Pintolco”, entre otros.
De igual modo esos mismos libros
asientan la recepción de varios ocursos de vecinos que solicitan autorización
para colocar placas a calles y callejones que permitieran su identificación
oficial y, al mismo tiempo, sirvieran para indicar la dirección de los comercios
ahí existentes. Las autoridades solían responder que estaba en estudio la
nomenclatura de la población con motivo de los trabajos del censo que tendría
lugar en 1910, por lo que por mucho tiempo continuaron siendo conocidos en
referencia al nombre de los propietarios de los predios identificándolos con
algún elemento representativo como “calle del panteón”, o “Santa Rosalía”, por
ejemplo.
Un aspecto del diario
devenir en Santa Catarina lo vemos reflejado en el documento sin pie de
imprenta denominado Semblanzas de mi Barrio, en donde Ricardo Hernández Tapia,
nativo del lugar, nos ofrece una significativa descripción del lugar de los
años 30 del siglo pasado:
Tratemos de volver atrás,
imaginariamente, algo más de medio siglo: es el mes de marzo… es tiempo de escardar y preparar los terrenos de
sembradura, las tierras son
fértiles y húmedas. La cosecha de maíz, fríjol
y diversas legumbres, así como manzanas,
higos, chabacanos y membrillos es suficiente para el consumo familiar y para llevar a vender al tianguis de los
viernes en el centro de Coyoacán.[6] Ese afán por conservar su
aspecto apacible y bucólico todavía pervivía hasta hace unas cuantas décadas
atrás, muestra de ello es lo publicado por el periodista Eduardo Moyssén en el
diario El Nacional, hoy ya fuera de circulación, un artículo al que
significativamente tituló “Los callejones se visten con grandes casonas y muros
cubiertos de enredaderas”, en él que describió al barrio de la siguiente
manera:
Por un momento se tiene la impresión de que el
tiempo se detuvo. Pareciera que las viejas carretas y carrozas
coloniales se desplazan dañando sus ejes sobre las arterias empedradas, mientras los peatones transitan en las
angostas banquetas. Sólo el lejano rumor
del tránsito vehicular nos vuelve a la realidad: a 1988.[7] El citado Programa
Delegacional de Desarrollo Urbano, vigente para Coyoacán asienta que:
Los barrios del Centro Histórico de
Coyoacán y los alrededores del mismo han constituido
por décadas, la transición entre lo patrimonial y las colonias de fines de siglo.
En estos lugares se guarda un enorme bagaje cultural que aún hoy en día es conservado por los habitantes de los
mismos, constituyendo su rasgo distintivo del
resto de la delegación”[8]
Elemento fundamental de ese
bagaje lo constituye, sin duda alguna, la fiesta patronal del barrio; festejo
que durante mucho tiempo fue el pilar de la vida social y tradicional del
barrio hasta que fue decayendo debido al constante movimiento humano que
identifica al lugar: nativos que vendieron sus propiedades al fallecer sus
padres y la llegada de nuevos vecinos, generalmente intelectuales, funcionarios
gubernamentales, representantes políticos, artistas, en fin, gente poco afecta
a la fiesta popular, a la convivencia vecinal, a la conservación de las
tradiciones.
No obstante, un aire
renovador iniciado por un grupo de personas interesadas en la revitalización
del festejo patrono del barrio, lo ha tomado en sus manos para impulsarlo y
reinyectarle la dinámica que había perdido, de tal forma que, poco a poco,
vuelve a tener el otrora esplendor que solía caracterizarlo.
Para este año, el Comité
Organizados de las “Fiestas de Santa Catarina Omac 2011”,
ha preparado el siguiente programa:[9] Viernes
29 de abril
8:00 hrs. Mañanitas a Santa
Catalina de Siena (Capilla del mismo nombre, ubicada en Plaza de Santa
Catarina, entre Melchor
Ocampo y Francisco Sosa) 15:30 a 17:30 hrs. Festejo
del “Día del Niño”: dos horas gratis en los juegos mecánicos (a un costado del
atrio)
18:00 hrs. Audición Banda Sinfónica de Coyoacán
Sábado
30 de abril
(Plaza y atrio de Santa
Catarina)
12:00 hrs. Baile folclórico mexicano
13:00 hrs. Rocío Jaramillo (cantante
versátil)
14:00 hrs. Participación del tenor, don
Gabo
15:00 hrs. Obra de Teatro. Grupo teatral
de la Casa de
Cultura “Jesús Reyes
Heroles”.
16:00 hrs. Ana Salina (cantante versátil)
17:00 hrs. Víctor Pacheco (baladas)
18:00 hrs. Trio “Esencias”
19:30 hrs. Armando Hernández, imitador
del intérprete de música de Banda Norteña, Lupillo Rivera
20:45 hrs. Grupo “Katari” (folclore
latinoamericano)
21:00 hrs. Baile popular
Domingo
1º de mayo 8:00 hrs. Mañanitas a Santa Catalina
de Siena (con mariachi)
8:30 hrs. Misa acompañada con
mariachis 10:00 hrs. Salida de la Capilla de San Antonio
Panzacola (Francisco Sosa y Avenida Universidad) de la Procesión de la Santa Patrona
por las principales calles del barrio, acompañada por grupos de Chinelos y Banda de Viento.
12:00 hrs. Cuenta cuentos de Santa
Catarina
13:00 hrs. (Plaza y atrio de Santa
Catarina) Silvina y su grupo “Paz y Bien”
13:30 hrs. Misa solemne en honor a Santa
Catalina de Siena
14:00 hrs.
A 18:00 hrs. Exhibición de bailes finos de
salón, danzas árabe y polinesia, danzón y bailes regionales, con los
talleres de la Casa
de Cultura
“Jesús Reyes Heroles”.
18:30 hrs.
A 20:30 hrs. Grupo de Rock and Roll “Tercera
llamada”
20:45 hrs. Quema de Castillo y juegos
pirotécnicos
21:00 hrs. Participación de Marcos (ex
integrante de La Academia)
[1] Acta número 19 del 23 de septiembre de 1908. Serie Libro de
Cabildos. Sección Coyoacán. Fondo
Municipalidades del Archivo Histórico del Distrito Federal.
[2] Idem
[3] Idem
[4] Op. Cit. Minuta 31 de Julio 10 de 1907.
[5] Programa Parcial de Desarrollo para Coyoacán 1997.
6] Documento mecanografiado. Proporcionado por Don Manuel Chávez
Navarro, vecino del Barrio de San Francisco.
[7] Moyssén, Eduardo. “Los callejones se visten con grandes casonas y
muros cubiertos por enredaderas”. En El Nacional. 13 de junio de 1988.
[8] Op.Cit.
[9] Cartel proporcionado por la señora Maripaz García Castro,
integrante del Comité.
ANA MARÍA CASTRO Cronista de Barrios y Pueblos de Coyoacán marazul2909@hotmail.com
Emblema de las Obras de la Cruz
Con
el estallido de la guerra civil iniciada en 1939, España no sólo vio avasallada
su democracia y los elementales derechos humanos de su población, también perdió
toda una generación de hijos honestos, destacados y prolíficos representantes
del vasto mundo humanístico, artístico y científico, quienes –en una diáspora
de horror y amargura- salieron al mundo no sólo a gritar su dolor y vergüenza,
sino también a compartir el imponente caudal de arte y conocimientos que corría
por sus venas.
Con esa terrible pérdida para la península ibérica el mundo, sin
duda, salió ganando.
México
no fue la excepción ya que muchos de esos hombres y mujeres preclaros
recibieron cálido abrigo dentro su territorio, gracias a las gestiones
realizadas por Lázaro Cárdenas, presidente de la República de 1934 a 1940, quien con ello
contribuyó a que, aún lejos de su terruño, esos personajes no cesaran en su
empeño creador sino que lo acrecentaron movidos, tal vez, por las nostalgias
del destierro.
Cándela
en tierra de coyotes Por
extensión, Coyoacán (“lugar de coyotes”) también recibió los prodigios de esos
afanes; ejemplo de ello son los proyectos en los que participó Félix Candela (1910-1997),
estructuralista innovador de la arquitectura e ingeniería funcionalista, a
quien el mundo entero rinde homenaje en este año al conmemorarse el primer
centenario de su natalicio.
Víctima
del régimen totalitario impuesto por el dictador Francisco Franco, Candela fue
el más joven de más de medio centenar de ingenieros y arquitectos que
participaron en el éxodo español; llegó a México en 1939 y permaneció en el
país hasta 1970, para después partir hacia Estados Unidos de Norteamérica. De
ambos países adquirió la respectiva nacionalidad.
Aquí,
aseguran los analistas de su obra, vivió su plenitud creadora y alcanzó fama
mundial con sus estructuras conocidas popularmente como “cascarones”, por su
estructura de mínimo espesor.
Al
tiempo que fungía como profesor en la Facultad de Arquitectura de la Universidad Nacional
Autónoma de México (UNAM), el “arquitecto de los paraguas”, (como también se le
conocía en el medio por sus diseños de planta poliangular), ejecutó una gran
cantidad de obras, varias de los cuales hoy son orgullo coyoacanense, como el “Pabellón de Rayos
Cósmicos” que proyectó, al lado de Jorge González en 1951 y que se ha vuelto un
referente arquitectónico del campus
de la Ciudad
Universitaria asentado sobre territorio coyoacanense y declarado Patrimonio Cultural de la Humanidad en el 2007, trabajo
con el que obtuvo fama internacional.
Otros
de sus trabajos son la Capilla de las Hermanas de la Caridad de San Vicente de
Paul, es un hermoso trabajo que se localiza dentro del convento de dicha orden
religiosa ubicado en el barrio de Santa Catarina Omac y el mercado de Coyoacán que junto con Pedro Ramírez Vázquez y
Rafael Mijares, planeó en la colonia Del Carmen (otros 15 inmuebles del mismo
tipo se levantaron en otros tantos puntos de la ciudad).
Destaca, de igual manera, su
importante colaboración con los arquitectos Enrique de la Mora y Fernando López Carmona
para el diseño y edificación en 1955 de un par de hermosas capillas
coyoacanenses de mediados del siglo XX: la de “Nuestra Señora de la Soledad”, declarada monumento
artístico el 7 de diciembre del 2007, por su “valor estético relevante digno de
ser preservado”.
Un
hombre congruente en su pensamiento y acción
Candela
regresaría muchos años después a la
España liberada y, seguramente, en sus ojos brilló con gran
fuerza su irreductible convicción republicana ya que, aunque era un hombre de
pocas palabras y sencillo pero de firmes convicciones, de las cuales dio claro ejemplo
al rechazar enérgicamente el indulto decretado por el dictador Franco, así como
cualquier posibilidad de regresar a su tierra natal, mientras el sátrapa mantuviera
su ensangrentada bota sobre ella.
Reforzaría
esa actitud el 8 de junio de 1961, durante el discurso pronunciado con motivo del homenaje que le
rindió el Ateneo Español de México, aquélla ocasión manifestó: “los que vivimos
fuera de España tenemos una situación de privilegio, puesto que no nos hemos
visto forzados a una serie de pequeñas claudicaciones personales que,
individualmente, no parecen tener importancia pero que, en su conjunto, tienden
a producir el envilecimiento de la vida colectiva”.
No
obstante, es casi seguro que, al pronunciar ese emotivo discurso, en su rostro
se profundizó el gesto de tristeza que le acompañó gran parte de su vida: aquel
que suele ser producto, junto con la lejanía, la ausencia, la impotencia y la
rebeldía, de todo destierro.
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Belleza e innovación
Como decíamos en la entrega anterior
Félix Candela realizó una importante contribución a la arquitectura moderna
coyoacanense, dentro de ella destaca su participación, (junto con Fernando
López Carmona), en el proyecto del arquitecto Enrique de la Mora y Palomar en la obra
concluida en 1958, por su belleza y funcionalidad la Capilla de la Virgen de la Soledad que se encuentra
abierta al público en general y en ella se pueden apreciar la mayor parte de
las innovaciones constructivas de Candela, en especial los diseños
poliangulares y las finas capas que forman su estructura.
Edificado
sobre el casco de lo que fuera la Hacienda
El Altillo, el Centro de Espiritualidad “San José del
Altillo”, en el número 1700 de la Avenida Universidad,
Barrio de Santa Catarina Omac, es un centro religioso que alberga a la Orden de Misioneros del
Espíritu Santo. En sus orígenes sólo tenía uso como seminario para la formación
de nuevos sacerdotes, más tarde -al iniciar la segunda mitad del siglo XX-
abrió sus puertas a la comunidad católica en general por lo que la pequeña
capilla de uso interno desapareció para dar surgimiento a un nuevo inmueble de
mayores proporciones: la
Capilla de “La
Soledad.
La capilla de “La Soledad” se localiza
dentro de ese espacio, en el Barrio de Santa Catarina. Se trata de un inmueble
de corte modernista, proyecto asignado a Enrique de la
Mora y Palomar, quien a su vez invitó al arquitecto-ingeniero
español Félix Candela, artífice de su cubierta tipo “cascarón”.
Se distingue por ser uno de los
primeros inmuebles católicos con altar desplantado de cara al público -“versus
populum”- (de acuerdo a los nuevos lineamientos marcados por el II Concilio
Vaticano, cuya preparación inicio en 1959 y se desarrolló de 1962 a 1965) y por su
riqueza en bienes muebles, dentro de la que destacan los policromos vitrales
diseñados por Kitzia Hofmann y la obra escultórica de su esposo, Herbert
Hofmann -especialmente la escultura de la Virgen de La Soledad- y la obra plástica, conocida como “El
Apostolado”, conjunto de doce cuadros que representan a otros
tantos apóstoles, atribuida al pintor José Luis Rodríguez Alconedo (siglo XIX),
además de sus criptas y jardinados espacios abiertos.
Altar desplantado de cara al pueblo
Un
detalle a destacar es que los restos mortales de doña Concepción Cabrera de Armida,
descansan en un sitio especial dentro de los nichos del lugar, en
reconocimiento a que fue fundadora de las Obras de la Cruz, autora de una extensa
bibliografía religiosa y reconocida por la cúspide eclesiástica por sus
virtudes teologales y cardinales: Fé, Esperanza y Caridad; Prudencia, Justicia,
Templanza y Fortaleza, respectivamente, por lo que inicialmente fue declarada
Sierva, después Beata y Venerable, el 20 de diciembre de 1999 por Juan Pablo II;
en la actualidad se estudia su probable
canonización.
Conchita Armida
Después de varios años de gestiones
realizadas por la
Congregación de Misioneros del Espíritu Santo, el inmueble
fue decretado en el año del 2009 por el Instituto Nacional de Bellas Artes como
Monumento Artístico, vía decreto presidencial que declara:
“Que se puede incluir en la
arquitectura contemporánea funcionalista, misma que promueve principalmente la
liberación del espacio interior; tesis que se materializa en el concepto
general del inmueble. Que presenta un alto grado de
innovación ya que modifica la tradición conceptual y constructiva de los
templos Católicos en México; logrando a través de una planta romboide cubierta
por un paraboloide hiperbólico un espacio impresionante e insólito debido a la
sensación que provoca la inclinación de la cubierta así como las diferentes
alturas proyectadas en el interior, el resultado al exterior debido a estas
características en un inmueble de fisonomía insólita en edificios de su tipo
[…]”.
Con esta contribución y con otras
edificaciones realizadas en México como,
por ejemplo, el restaurante “Los manantiales” en Xochimilco; el Palacio de los Deportes
en Ixtacalco o la Capilla
de la “Virgen Milagrosa”, en Monterrey, Félix
Candela Outeriño (Madrid 27 de enero de 1910-Raleigh, 1997) buscó
“regresarle a México un poco de lo mucho que me dio, puesto que yo llegué a
este país en 1939 sin ser nadie”, aseguró con humildad poco antes de partir a
Estados Unidos este “maestro total, heredero de los maestros medievales”,
según lo define el arquitecto mexicano Rubén Rocha Martínez.
ANA MARÍA CASTRO Cronista de Barrios y Pueblos de Coyoacán marazul2909@hotmail.com
¿Quién
es el Señor de La
Misericordia? Más allá de ser una devoción católica es un
convicción social. Su imagen en bulto no
sólo representa el santo protector de la mayoría de los hogares coyoacanenses;
no sólo es el “Chaparrito” que “escucha” pacientemente las peticiones
especiales de sus afligidos devotos o que parece sonreír ante las
manifestaciones de agradecimiento de los fervorosos fieles que recibieron el
“milagro” esperado.
El
Señor de La Misericordia
es, ante todo, el gran aglutinador que logra hacer no sólo de la mayor parte de
del territorio coyoacanense sino, más aún, de algunos pueblos de otras jurisdicciones vecinas, una
especie de Santuario la mayor parte del año.
En
la organización de la serie de visitas que hace a pueblos, barrios y colonias a
lo largo de siete meses; la celebración
de su “Santo”; la visita que le hace la gente de Zapotitlán, Tláhuac, en su
casa de Los Reyes, Coyoacán, y la festividad de la “Octava”, el Señor convoca
miles y miles de voluntades, de afanes, de convicciones y, en cierta medida, de
sacrificios económicos pues en cada ceremonia, por demás fastuosa, se invierte
una gran cantidad de recursos monetarios. Sin
embargo, todo pareciera ser poco: año con año los responsables de la
organización de los “recibimientos” y “entregas” de la imagen –cuyo origen de
su llegada a Coyoacán es por demás legendario-, se empeñan por superar el
esfuerzo realizado el año anterior: nada es suficiente y, mucho menos, excesivo
para venerar y agradecer a Jesús, en su advocación de Señor de La Misericordia, el
amor, la protección y los favores recibidos por él desde los antiquísimos
tiempos –tan antiguos que se pierden en la memoria aún de la gente de más edad
de Coyoacán- en que por iniciativa de un pueblo asolado por una de las últimas
pestes de cólera que tuvo lugar en la ciudad capital durante el siglo XIX, el
“Chaparrito” salió de la parroquia del pueblo de Los Reyes, jurisdicción
coyoacanense, para recorrer el territorio afectado, bendecir y brindar consuelo
a los miles de infectados y a los deudos de los que no lograron sobrevivir a
tamaña calamidad. Más
tarde su presencia volvería a ser requerida en la terrible época en que la
ausencia de lluvias sumió en el hambre y la desesperación no sólo a la gente
que se alimentaba con los productos del campo, sino que vivía de su venta e intercambio. Nuevamente el Santo Patrono, en el imaginario
religioso popular, “escuchó” las sentidas plegarias y regaló el agua necesaria
para la obtención de las magníficas cosechas que dieron fama a la mayoría de
los poblados coyoacanenses por su riqueza en manantiales, ojos de agua y
producción hortícola y floricultora.
Después,
los recorridos se volvieron una bella y longeva tradición en la que la
organización de las visitas dejó de tener un carácter meramente religioso para
volverse el crisol donde se fragua una gran y sólida red social; el pretexto para hacer desaparecer –por
momentos- las fronteras jurisdiccionales; el motivo para saldar viejas culpas;
la obligación de agradecer los dones recibidos; la oportunidad para compartir
con propios y extraños el pan y la sal; el objeto de alabanzas, música y
bailes; la inspiración de los artesanos cuyo oficio centenario se traduce en
hermosas y espectaculares portadas, andas, tapetes y pirotecnia de colores mil,
(arte que logra conjugar antiguas tradiciones de origen prehispánico, con
costumbres provenientes de Europa)… en fin, la catarsis que invita a los
congregantes a la búsqueda de una mejor forma de vida: espiritual y
materialmente significativa; religiosa y festiva; solidaria y participativa.
Todo
eso y más es para sus creyentes el Señor de La Misericordia, el
“Chaparrito” -como afectuosamente suelen denominarle- y de todo ello da cuenta
el presente texto, producto de una serie de investigaciones documentales y de
campo realizadas por vecinos del pueblo de San Sebastián Axotla, quienes se dieron a la ardua tarea de acompañar al Señor en
su largo periplo; Ricardo Enrique Ramírez y Leonardo Bastida Aguilar,
entusiastas representantes de la comunidad axotleña
contaron, además, con el apoyo incondicional de Miguel Ángel Alemán Torres quien, con verdadero entusiasmo y compromiso se
perdió entre las comunidades involucradas para oír opiniones, comentarios,
testimonios e historias legendarias en torno a la imagen más venerada de
Coyoacán y delegaciones limítrofes como lo son Álvaro Obregón y Benito Juárez. Enhorabuena por tan noble empeño; una vez más
queda demostrado que es, precisamente, de entre las comunidades de donde surge
el gran empeño por rescatar y difundir el acendrado bagaje patrimonial de los
pueblos originarios del sur del Distrito Federal.
ANA MARÍA CASTRO Cronista de Barrios y Pueblos de Coyoacán marazul2909@hotmail.com
Carlos Damián en su estudio
Carlos Torres Olivares nació el 27 de septiembre de 1932, en el número 47 de la calle Madrid, en la colonia Del Carmen. Desde muy pequeño manifestó inclinación por el dibujo; sus primeros maestros fueron el dibujante y grabador Everardo Ramírez y el acuarelista Agapito Rincón Piña, quienes lo alentaron para seguir en el terreno de las artes plásticas. Admiró y conoció a los artistas Aurora Reyes, Diego Rivera, Frida Kahlo y Ángel Ducoing, aunque por su corta edad no tuvo trato con ellos, por lo que sólo pudo verlos pintar desde lejos, en aquéllas soleadas mañanas en que paseaba al lado de sus tíos por el centro coyoacanense. De José Clemente Orozco recordaba que de niño visitó su casa, cuando “entrábamos con su sobrino nieto a comer higos de su jardín”, mientras que la imponente personalidad del ideólogo ruso León Trotsky también fue uno de los entrañables recuerdos de su niñez.
En 1949 ingresó a la Escuela Libre de Arte y Publicidad para cursar la carrera de Arte Comercial; ahí tuvo como compañeros a Luis Beltrán, Rodolfo Aguirre Tinoco y Edgardo Cogland, éste último fue quien le enseñó lo básico de la acuarela. “Un día de repente decidí dejarlo todo y dedicarme a lapintura”, solía exclamar con satisfacción; fue en ese tiempo que adoptó el seudónimo de Carlos Damián.
Plaza de Santa Catarina
El tema central de las exposiciones colectivas o de las que montó de manera individual, siempre fueron lugares típicos, pintorescos, históricos e importantes de Coyoacán, lugar donde nació y al que amó entrañablemente hasta el día de su fallecimiento, acecido el pasado 22 de junio (2009). La mayoría de los ancestrales callejones coyoacanenses fueron reproducidos por la pintura al agua y el lápiz del maestro Damián.
Desde hace más de 40 años era residente del Barrio de Santa Catarina; en la calle Pino número 24 tenía su estudio en donde no sólo impartía clases de acuarela, sino que también era el ameno contador de anécdotas, leyendas y de nostalgias de su bucólica infancia en el Coyoacán del ayer.
Su estudio en Coyoacán
Aunque lo conocí hace más de veinte años, cuando montó una exposición en el Foro Cultural Coyoacanense –hoy “HugoArgüelles”- no fue sino hasta hace una década que estrechamos vínculos amistosos, a través de cálidas charlas acerca del Coyoacán de nuestros amores. Generoso como era, siempre me brindó las imágenes que yo requiriera para ilustrar mis artículos y ponencias, e incluso mi tesis, la cual quedó pendiente.
Tampoco se logró la conclusión y publicación de un libro que él había iniciado y del cual me había pedido le ayudara a corregir y dar forma; fue un proyecto que quedó inconcluso al enterarse de que padecía cáncer. Ojalá su familia retome ese trabajo y lo lleve a buen término, como una especie de homenaje a ese hombre que amó Coyoacán como pocos.
Hoy, a tres semanas de su fallecimiento, viene a mi memoria, cubierta por un velo de nostalgia y ausencia, aquella mañana del mes de mayo cuando me lo encontré caminando por el Jardín Centenario, hará unos siete u ocho años, y le pregunté: -“¿qué pasó maestro, por qué ahora no supe nada de la fiesta del barrio?” Con una mueca que pretendía ser sonrisa y los ojos a punto de cristalizar en llanto me respondió: “Este año no se hizo nada: por fin los vecinos que se oponían a ella, lograron impedir su celebración”. Recuerdo que me conmovió su manifiesta tristeza y que le dije algunas palabras de aliento y lo animé a que no dejara que se perdiera la fiesta patronal del barrio de Santa Catarina Omac, incluso le ofrecí el apoyo que estuviera a mi alcance proporcionarle… al año siguiente, la fiesta volvió a celebrarse gracias al amoroso –y prácticamente solitario-afán de don Carlos, quien más tarde cedería la organización a otros grupos de entusiastas vecinos, quienes hoy en día se esfuerzan por reintegrarle la alegría, trascendencia y vistosidad de lejanos días.
Quede esta pequeña crónica como un tributo al entrañable Carlos Damián, cuyas cenizas hoy reposan en la parroquia de San Juan Bautista, en el Coyoacán de sus amores y de sus acuarelas.
“Antes de proyectar el edificio debía proyectarse la institución”, fue la línea general que dictó hace más de cincuenta años el Rector Salvador Zubirán al grupo de jóvenes y entusiastas estudiantes de arquitectura que habrían de emprender la titánica labor de erigir sobre la topografía agreste del Pedregal, el magnífico conjunto arquitectónico, plástico y de reserva ecológica que representa la Ciudad Universitaria.
Fotografía de Ana María Castro, 2006
Esa frase que en su tiempo pareciera utópica refleja hoy en día el espíritu que ampara al quehacer estudiantil y académico de la universidad más importante de América Latina, prototipo y ejemplo a seguir: la Universidad Nacional Autónoma de México. Lástima que algunos trabajadores administrativos no estén conscientes del orgullo que implica el portar la camiseta de la institución que los cobija.
Después de varios intentos y proyectos inconclusos para levantar un nuevo campus universitario que albergara al grueso de las escuelas y facultades que se encontraban concentradas y saturadas en el actual Centro Histórico capitalino, sería el Rector Zubirán quien realizara las gestiones definitivas para la expropiación de 733 hectáreas de suelo pedregalense.
Se trataba de una extensa área que se encontraba cubierta por la lava milenaria que arrojó el volcán Xitle durante su última fase eruptiva y que sepultó a una primitiva cultura correspondiente al periodo preclásico medio (de 1100 a 600 adC).
La empresa constructiva fue más que titánica, la topografía no ayudaba y la tecnología con que se contaba parecía no ser suficiente pero, por sobre todos los avatares que se vivían, fue más grande el corazón y el pundonor empeñados hasta que se logró que en aquél inmenso páramo resurgiera un nuevo hálito: el orgulloso espíritu universitario.
Más de cinco décadas han transcurrido desde aquél día en que los entonces estudiantes de arquitectura Teodoro González de León, Enrique Molinar y Armando Franco -comandados por el arquitecto Carlos Lazo- presentaron un proyecto inspirado en el arquitecto y urbanista francés Le Corbusier, quien aportó a la arquitectura mundial un nuevo trato de los volúmenes, las superficies planas y las curvas, experiencia que se refleja en la moderna edificación del campus universitario hermanado con el imponente paisaje pedregalense.
Una vista de la escultura “Serpiente del Pedregal”. Fotografía de Ana María Castro, 2006.
La comunidad universitaria vio coronada esa empresa El 18 de julio de 2005 al ser declarado el conjunto arquitectónico de Ciudad Universitaria como Monumento Artístico Nacional, susceptible de ser protegido por la Ley Federal sobre Monumentos y Zonas Arqueológicos, Artísticos e Históricos.
Facultad de Ciencias. Fotografía proporcionada por Francesca Torres. 2008
Expertos del Instituto Nacional de Antropología e Historia elaboraron el documento publicado en el diario Oficial de la Federación en el que destacaron que el campus poseen “un valor universal excepcional, porque la armonía de paisaje y arte moderno incorporados a los inmuebles, junto con las áreas abiertas, constituyen un logro artístico y estético único, una obra maestra del genio creativo humano”.
El 28 de junio del 2007, por su importancia excepcional para la herencia común de la Humanidad y por ser considerada paradigma de la arquitectura mundial, 176.5 hectáreas del Campus de Ciudad Universitaria, ubicados en territorio coyoacanense, recibieron la máxima distinción a que puede aspirar un bien natural o cultural a nivel mundial: el de Patrimonio Cultural de la Humanidad.
Esta categoría, otorgada por acuerdo de los 178 países adscritos a la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), con el apoyo de varias instituciones especializadas en el tema a nivel nacional e internacional, incluye medio centenar de edificios distribuidos a lo largo del primer circuito universitario inaugurado en 1952.
El conjunto estudiantil es producto del trabajo realizado por un grupo de jóvenes y entusiastas estudiantes de arquitectura, integrado por Teodoro González de León, Enrique Molinar y Armando Franco quienes, comandados por el arquitecto Carlos Lazo, emprendieron la titánica labor de erigir sobre la topografía agreste del mal llamado Pedregal de San Ángel (que en realidad debiera denominarse Pedregal de Coyoacán, por ubicarse dentro de esta jurisdicción), el magnífico conjunto arquitectónico, plástico y de reserva ecológica que representa hoy en día la Ciudad Universitaria (CU).
La zona declarada limita al poniente con el imponente Estadio Olímpico Universitario “México 68”; al sur con la zona deportiva y los frontones, al oriente con la Facultad de Medicina y al norte con las de Filosofía y Letras, Derecho, Economía y Odontología y a partir del pasado mes de junio, como cada Sitio Patrimonial, no sólo pertenece al país en que se localiza, sino que se considera, además, en el interés de la comunidad internacional y debe ser preservada y difundida para las futuras generaciones.
Facultad de Medicina. Acervo del Centro de Investigación y documentación Histórica y Cultural de Coyoacán, 2005.
En este sentido la inclusión en el selecto grupo de ejemplos culturales y naturales de la humanidad, también lleva implícito el reconocimiento del espíritu que ampara al quehacer estudiantil y académico de la mejor casa de estudios superiores de Iberoamérica: la Universidad Nacional Autónoma de México.
Sin duda uno de los reconocimientos más importantes con que ha sido distinguida la Ciudad Universitaria tiene que ver con la magnífica Reserva Ecológica del Pedregal de San Ángel, ubicada en Ciudad Universitaria, al ser incluida el 24 de noviembre del 2008 al listado de Áreas Naturales Protegidas (ANP) de México. Su extensión es de 237.3 hectáreas -lo que representa el 33 por ciento de la superficie total de Ciudad Universitaria-, y es considerada uno de los espacios de mayor riqueza y diversidad en especimenes de flora y fauna característicos de la Cuenca de México.
La más reciente distinción a que se ha hecho acreedora nuestra máxima casa de estudios es el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades 2009, otorgado el pasado 10 de junio, en reconocimiento a ser considerada como "modelo académico y formativo para generaciones de estudiantes de varios países” y por nutrir “a Iberoamérica de valiosos intelectuales y científicos y ha impulsado poderosas corrientes de pensamiento”, según lo consideró el jurado elector, el cual también ponderó su función como impulsor de “poderosas corrientes de pensamiento humanístico, liberal y democrático en América y ha extendido su decisivo influjo creando una extraordinaria variedad de instituciones que amplían el mundo académico y lo entroncan en la sociedad a la que sirven".
Los que en presencia o en esencia nos sentimos universitarios, sin duda anhelamos, -y aquí me permito parafrasear al maestro Miguel León Portilla-, que otra (naciente) pléyade de creadores ponderen la belleza del pedregal y acaricien la idea que el árbol de la Ciencia que alguna vez injertaran ahí artistas como Diego Rivera y Jesús Reyes Ferreira, arquitectos como Luis Barragán y Carlos Lazo, al igual que el poeta Carlos Pellicer, continúe siendo el Árbol del Bien que crece fuerte, frondoso no sólo sobre “territorio puma” sino, más aún, en Coyoacán, “lugar de coyotes”. ¡Gooooooya!